jueves, 29 de octubre de 2009

LEALTAD

¿A quién somos leales? Es una pregunta que aparece en nuestra vida muchas veces y, como el programa es parte de esa vida nuestra, la pregunta también surge, y mucho, en relación a nuestras actividades.

Pensaba que la palabra que generalmente usamos como antónimo de “lealtad” es la palabra “traición”. El golpe que significa esa palabra cuando nos la adjudicamos o nos la adjudican es muy fuerte, tan fuerte como lo es la valoración de la lealtad a la hora de las decisiones importantes.
Hace un tiempo, Mariángeles, una coordinadora de nuestro programa, se pronunció en desacuerdo con Cristina, su amiga de años y compañera de grupo de animadores, quien estaba teniendo un conflicto grande en dicho grupo. Al hacerlo, recibió la furiosa mirada de esa compañera con quien había compartido años de cercanía y afecto. “Sos una traidora”, le dijo Cristina., con una furia honda y lapidaria en la mirada. Mariángeles dio un respingo. Pensaba que su amiga erraba en su manera de hacer las cosas y lo decía en el grupo, frente a los otros compañeros y el coordinador, pero no imaginaba, ni remotamente, que eso significaba traicionarla ni mucho menos.

El ejemplo vale porque muestra una de muchas escenas en las que ese tipo de valores se pone en juego, produciendo intensos tironeos y permitiendo que podamos poner en claro lo que sentimos, pensamos y deseamos en relación a cuestiones a veces duras. Es que el desarrollo de situaciones de vida, que es lo que entre otras cosas produce el programa, permite poner en escena lo que, de otra manera, nunca sabríamos de nosotros mismos.

Decimos muchas veces que hay que ser leales al programa. Eso, es claro, podría ser algo que, de inmediato, nos transforme en una secta. La “bajada de línea” se acata por lealtad vertical, y se acabó. Esa sería una lealtad que nos transforma en objetos, “obedecedores automáticos” y, en ciertos contextos, “buchones” y nada más.

Para evitar lo antedicho podemos decir que hay que ser “leales a nosotros mismos”, lo que nos sumerge en el riesgo de ser meros cimarrones, atados a nuestro propio emocionalismo, sin tener en cuenta nada que no sea “lo que nos viene en gana”, egoístas sin más…

También leales a la amistad, pero acá podemos discernir y decidir que ser leales a la amistad no es ser leal al hacer o decir del amigo de turno. Para el caso, recuerdo haber callado barbaridades que hacían “amigos” en el colegio, por aquello de no ser buchón, traicionando de esa manera mi noción de justicia. En realidad, no quería ser leal: es que no soportaba la idea de que me despreciaran los compañeros que, refugiados en esa idea “corporativa” de la amistad, me proponían, extorsión emocional mediante, ser cómplice de sus macanas.

Reproduzco en los párrafos anteriores mucho de lo que apareció en nuestros grupos cuando surgieron escenas de “lealtad” y “traición”. Esas reflexiones compartidas en el programa, me llevaron a pensar que, en verdad, si los conceptos de “programa”, “uno mismo” o “amigo” son generosos y, en vez de competir entre sí, se vinculan desde el amor, todo cambia.

Es que ser leal al programa es serlo con los vecinos y con el valor de la buena vecindad. Es que ser leal con nosotros mismos es saber que, como decimos muchas veces, allá en lo profundo de nuestro corazón habita el prójimo, porque no hay “uno mismo” sin “prójimo”. Y ser leal con un amigo es, como dice Ricardo Neves, decirle que tiene mal aliento si lo tiene, porque, dice Ricardo, se sabe que solamente quien te quiere te dice ese tipo de cosas, dado que el que no te quiere prefiere huir de la posibilidad de pronunciar esas verdades.

La lealtad automática, algo que no tengo en claro si merece el nombre de “lealtad” dado lo cercano que es ese concepto al de complicidad, genera no pocos conflictos y nos violenta a todos, sobre todo, porque nos desdibuja como personas.

Pensaba en esas madres que entregaron a sus hijos a la justicia porque éstos habían cometido un crimen. Madres leales a su función. Paridoras de hijos que se deben hacer responsables de sus actos y no cómplices de chicos que traicionan la solidaridad social.

Pensaba en la lealtad de la misma Mariángeles, cuando me decía, años atrás, que estaba muy enojada conmigo, y lo hacía frontalmente, en formal y total desacuerdo, sin perdonarme nada y sin una pizca de temor. Su mirada y su palabra de profundo enojo, allí, sobre la mesa del taller. Decía lo que su corazón dictaba, y ese corazón estaba habitado por la lealtad a un valor: el valor de la buena vecindad, por el “juntos aunque no estemos de acuerdo”, sin obsecuencias ni violencia: pura autenticidad compartida en el grupo.

Son escenas de un tema eterno. Como cuando aparecen tironeos entre la lealtad al programa versus la lealtad al taller. O entre el sentir y el pensar, o entre miembros de un grupo que desacuerdan y piden alineamientos a partir de una idea de lealtad que termina por ser extorsiva.

Seguiremos sumando escenas. El Barrio sigue su camino, tejiendo circunstancias que nos dan imagen de lo que somos, y mientras eso ocurre me pongo filosófico y pienso que quizás el programa apueste a que seamos leales al deseo, un deseo que para ser tal es con otros: los vecinos, los compañeros de ruta, sin los cuales nada vale la pena.


Miguel Espeche
Coordinador General

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