miércoles, 20 de enero de 2010

EL FLAN

El flan estaba allí, sobre la mesa, voluptuoso, enorme, dulcísimo. Los cafés, tes, aguas y demás bebidas se acumulaban en su derredor, mientras la joven vestida de negro los ubicaba con prolijidad. El flan, sin embargo, descollaba al punto que ni dulce de leche necesitaba para mostrarse ostentoso, francamente engordante, y a mucha honra.
La conversación del taller (era el Comité de Conducción, en el Guido Bar) se detuvo o, mejor dicho, la detuve. Es que el taller nunca se detiene dado que todo lo que en él transcurre es taller, pero sí lo puede hacer una conversación que se desarrolle en el mismo. El flujo de la conciencia fue hacia ese flan, e inmediatamente, lo imprescindible: averiguar quién lo había pedido. En estos tiempos dietéticos, saber quién había osado pedir algo que, a todas luces, nos mostraba la hondura de lo que en el programa llamamos “Ad Gaudium” (por el gozo), era, sin dudas, lo que había que hacer.
Esperé un poco a que algunos cafés fueran tomados por sus dueños. Se sabe que, para ser prolijos, lo habitual es que, cuando los talleres transcurren en los bares y llega el pedido (por su disposición, esto ocurre especialmente en el Guido Bar), no deben ser más de tres personas las que se levanten a la vez para tomar lo suyo. Pues bien, algunos se levantaron, pero el flan estaba aún allí, esperando como un Aconcagua lleno de calorías tentadoras, un monumento al paladar dulcero, una erótica muestra de arte reposteril que estallaba en medio de una reunión de Comité de Conducción, el grupo que convoca a los animadores de animadores y a los que coordinan algunos talleres clave del programa (Orientación, Prensa, Boletín, Página Web/Blog), es decir, una reunión importante en lo que hace al programa, su existencia y funcionamiento.
Por fin, no pude más. Lo dije: señalé al flan como motivo de la detención de mi conversa. Lo hice público. Señalé al culpable, transparentando admiración por sus líneas perfectas, su volumen escandaloso, su rotunda presencia sobre la mesa que habitualmente, especialmente en ese grupo, se contenta con infusiones, gaseosas, yogures, algún sanguche de miga o, cuando hay hambre de verdad, algún árabe con tomate y queso o una rica tarta.
Los compañeros me entendieron. Al ver ese flan allí, esperando su destino con tanta dignidad, supieron comprender el porqué de mi actitud, y ellos también preguntaron. “¿Quién pidió ese flan?” quería saber el pueblo pirovanense en esa reunión de mediodía.
Y era Mariángeles. Lo dijo sonriente, levantando la mano como si nada para decir “fui yo”, como si pedir ese flanazo fuera algo de todos los días, un gusto más, entre tantos, y no un orgásmico tronar de calorías alegres y gozosas.
Se paró, tomó el plato sobre el que danzaba esa maravilla, y lo mostró, llena de risa. Allí fue que recordé el celular. Recordé que hasta hace poco me preguntaba para qué esa manía de ponerle cámara de fotos a un teléfono. Y allí entendí. Desabroché la funda, extraje de la misma el aparato y saqué trémulas fotos que inmortalizarán al flan y, sobre todo, su envidiable vínculo con quien sería verduga de esa obra de arte culinario: la sonriente, flaca y exhibicionista Mariángeles, quien, ante nuestros ojos se comió todo el postre sin dejar nada.
No recuerdo qué hablamos en esa reunión. Seguramente fueron palabras en las que tratamos situaciones nuestras, de los talleres, de la vida, de la ética del programa, de lo que para nosotros tiene sentido a la hora de reunirnos como vecinos en comunión con un hospital, en un programa en el que siempre pasan cosas interesantes, de esas que hacen que, año tras año, uno siga con ganas de estar y pertenecer.
Sin embargo, todo eso que acabo de mencionar quizás se resuma en la imagen inolvidable del flan, un flan bien argentino, que como todo lo que se come sin culpa y verdadero goce, no hace mal sino que hace bien.
Y acá va, una editorial del boletín dedicado a eso que hicimos en una reunión, en la que, por un rato, tuvimos un monumento que nos representó.
El monumento no era el flan, sino la sonrisa de Mariángeles y, junto a ella, la de todos sus compañeros disfrutando al unísono ese momento, con alegría al nutrirnos de ese alimento que se reparte generosamente y que está allí, disponible para quienes lo quieran tomar, no sólo en los talleres del Pirovano, sino que en la vida misma.

MIGUEL ESPECHE
Coordinador General
Publicado en Boletín Enero 2010

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