jueves, 16 de diciembre de 2010

LA "COORDINACIÓN PARALELA"

Con certeza todos lo hemos hecho alguna vez: cumplir una función en determinado lugar y querer ejercer la función de otro, que no es la  propia ni mucho menos.
 Puede ocurrir en una cancha de fútbol a la que concurrimos como expectadores, cuando, pasado cierto tiempo del partido, estamos pensando como entrenadores y, desde esa perspectiva (que no ejercemos, pero imaginamos ejercer) ya estamos queriendo hacer los planteos de juego o los cambios que el verdadero técnico no hace. En la oficina, también, suele ocurrir que pensamos como si fuéramos el jefe, algo que no somos. El problema del caso es que nos perdemos de ser expectadores plenos (en el caso de fútbol) y subalternos también plenos, en el caso del trabajo de oficina.
En el programa a eso lo llamamos "coordinación paralela". Ésta ocurre cuando alguien mira demasiado fijamente al coordinador y se la pasa pensando acerca de qué haría si ocupara el lugar de quien está a cargo de la animación del grupo. Son situaciones en las que, de una manera u otra, un integrante del grupo, miembro de base o ayudante, se la pasa haciendo y diciendo todo, pero todo, desde "lo que yo haría si fuera coordinador" y no "lo que yo hago desde mi rol en el grupo".
Este tipo de situaciones son de las más ingratas a la hora de animar un taller. Es que quien como coordinador debe vérselas con un "coordinador paralelo" no sólo debe soportar el embate de un pensamiento en eco sumamente molesto, sino que, a la vez, se pierde de tener la voz de un compañero que ocupe su lugar y, desde allí, haga un aporte que puede ser significativo y útil. Ese compañero, al querer ser imágen de lo que no es,  pierde consistencia cuando su palabra  y su sentir emerjen con el fin de superponerse a la función de conducción.
Digamos que cuando en una familia un hijo ya mayor de edad empieza a "auditar" la gestión paterna, juzgando la comida de cada día, los criterios con los que se hacen las compras, el tipo de orden que se impone a los hermanos menores de edad y cómo se están planchando las camisas, es signo de que la tarea de los padres ha llegado a buen y exitoso destino: el nene creció, ya es todo un hombre, y debe partir para ejercer esa función de conducción, (que tanto juzga en lo de sus padres), en el hogar que él se sepa conseguir. Para un padre de ley no habrá mayor placer que ver cómo ese hijo en su casa (una vez que la haya constituido) mejora lo que  sus padres supieron hacer, optimizando la gestión a partir de sus propios y lúcidos criterios. Eso sí, y se reitera: el hijo debe hacerlo en su propia casa, porque en un hogar que se precie no se podrá sostener una "paternidad paralela", sobre todo, porque  el lío que se armaría haría inviable cualquier organización mínimamente eficaz.
La analogía es obvia. En los grupos, cuando alguien se focaliza mucho en "lo que yo haría si fuera coordinador" es hora de que haga su propio taller, gestionando los pasos pertinentes para la procura de tal fin. Esos pasos pertinentes ( que sí ha realizado el coordinador del caso) tienen su mérito, y vemos que a veces, quien pretende dirigir la batuta, ni ganas de conseguirse una batuta tiene, lo que demuestra aquello de que muchos envidian lo que otros tienen, pero pocos lo que esos otros hicieron para tener lo que tienen (algo así como envidiar un título universitario, pero no querer estudiar para obtenerlo).
Ser animador de un grupo no ofrece una superioridad personal a quien tiene dicha función. Es una función diferente, pero no superior "ontológicamente". El coordinador de un taller para padres no es mejor padre que quien no es coordinador pero va a dicha reunión como integrante. Sin embargo, mucha gente cree que ser animador es "más" que no serlo, lo que explica que se pierdan el disfrute de ser un "indio" en la reunión. Como si manejar un auto fuera "más" que ir como pasajero, lo que transformaría a todos los taxistas en seres superiores a los pasajeros que llevan en el asiento de atrás.
Ha ocurrido que algunos procesos conflictivos, bien llevados, derivaron en que los "coordinadores paralelos" hicieran su propio taller, tras darse cuenta de que emergía en ellos la voluntad de tener un grupo a cargo. Sin embargo, hay ocasiones en las que ocurre que la vocación es la del "paralelismo" y no la de ser realmente protagonista de una coordinación. Algo como le ocurre al "DT tribunero" que, puesto en el campo de juego a dirigir, "arruga" y demuestra que lo que importa  es honrar el lugar que uno ocupa, en vez de andar jorobando a los otros queriendo ser una suerte de imagen en el espejo, sin la responsabilidad que implica "poner el cuerpo", dejando de imaginar ser otro para abrir juego a ser lo que uno es, en todo momento y lugar, para ofrecer lo mejor en cada situación compartida con los compañeros de ruta.

MUGUEL ESPECHE
Coordinador General del PSMB

Editorial publicado en Boletin Nro 133 de diciembre 2010

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