martes, 4 de febrero de 2014

El prestigio del Coordinador

EDITORIAL

El prestigio del Coordinador

Siempre es interesante echar a circular con nueva vida a viejas palabras que ya no se usan mucho. Es un lindo “deporte” que permite pensar las cosas a la luz de su significado primordial, despertando del sopor que producen las palabras usadas demasiado comúnmente, esas que, no por culpa de ellas sino por su mal uso, terminan vaciadas de contenido.

Una de esas palabras es “prestigio”, vocablo que me gusta utilizar a la hora de nombrar una de las características que acrecientan la potencia del animador de grupos.
Busqué en el diccionario, a ver si éste me agregaba algún elemento (suele suceder) y acá copio con qué me encontré: prestigio.(Del lat. praestigĭum).1. m. Realce, estimación, renombre, buen crédito.2. m. Ascendiente, influencia, autoridad.3. m. p. us. Fascinación que se atribuye a la magia o es causada por medio de un sortilegio.4. m. p. us. Engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan al pueblo.

En verdad, me encanta que los animadores de nuestro programa puedan sostenerse desde el prestigio. Esto me interesa más que el hecho de que se sostengan a fuerza de normativas y acciones automatizadas para encontrar su fuerza como autoridad del grupo al que coordinan.
Hay cosas que no convienen hacer si el deseo es mantener “realce, estimación, renombre y buen crédito” entre los miembros de un grupo, manera de lograr “ascendiente, influencia y autoridad” a la hora de cumplir con la tarea.

Desear estar allí donde se está, irradiando (cada uno en su estilo) entusiasmo es una de ellas.  Eso acrecienta la noción de que el grupo es querido por su fundador, lo que enaltece la reunión, tornándola rica, potente.

Otra manera de cuidar el prestigio es que el deseo de coordinar no tenga finalidades ulteriores, que el gozo por estar allí sea el pago mismo de la acción, no un “medio mediante el cual” se desea lograr otra cosa, diferente a la enunciada en el título del taller. Esto se notaba mucho, por ejemplo, cuando, en los tiempos primeros del programa, algún coordinador hacía un grupo para llevarse a sus miembros como pacientes, o cuando algún otro generaba la reunión con el fin de “conseguir chicas”, algo de muy mal gusto que ocurrió alguna vez y, transparentado, fue fulminante para el prestigio del señor del caso, quien debió partir no tanto por el hecho de salir con alguna persona del grupo (al no ser profesionales de la salud, las prohibiciones no corren en el PSMB, pero ello no implica que no desaconsejemos fuertemente que eso ocurra) sino porque se hizo visible que no quería a su grupo por lo que el grupo era convocado, sino que lo utilizaba como coto de caza, algo, insisto, letal para el prestigio del señor.

El PSMB pretende no manejarse con muchas reglas, dado que es sabido que a mayor cantidad de reglas, menos fuerza tiene el deseo entusiasta y más el automatismo reglamentarista. Eso sí, las pocas reglas que tenemos deben ser cumplidas a rajatabla.

En tal sentido, tenemos un elemento normativo esencial que hace que sea difícil que el prestigio de un coordinador se sostenga en alguna de las dos últimas acepciones de la palabra según indica el benemérito diccionario de la RAE, ligadas a la fascinación del sortilegio o al Engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan al pueblo.

La norma es que acá, en los talleres del Pirovano, todo es público. La mirada iluminada por la luz del sol impide que se expandan ilusiones “embobantes”, y se nos llene el lugar de mercachifles y prestigitadores vanos.

Cuando decimos que todo es público, señalamos que los movimientos dentro del programa están sujetos a la revisión que se dé a los mismos a la luz de algún grupo.
Al revisar el “para qué” vemos con qué intención se hace lo que se hace, y se evalúa eso, no tanto si se viola o no alguna prohibición.

Y acá vuelvo al inicio, cuando decía que el prestigio del coordinador palpita al son de su entusiasmo por la tarea. Si el animador respeta y valora sus grupos (tanto el que coordina, como el de animadores al que concurre), sin fines ulteriores, su “para qué” será bien diferente de aquel que tenga intenciones espurias. Y eso se ve, se transparenta cuando todo, tarde o temprano,  se hace público.

El prestigio no es una careta, sino un espíritu que se expande en acciones y actitudes. Tiene mil formas, pero todas ligadas al bien comunitario. Es más que una mera imagen, sobre todo, cuando el hacer es lo que genera palabra, y no cuando la palabra, sin el sustrato de la acción real,  genera embobamiento o engaño.

Sostener el prestigio, entonces, es una tarea grata, que nos mantiene despiertos, vivos, y honestos respecto de nuestras intenciones y logros. Vale tenerlo en cuenta, para que nuestros grupos sigan el camino saludable, el camino en el cual lo mejor de nosotros se ofrece a la luz pública.


                                                                MIGUEL ESPECHE
                                                                Coordinador General


Editorial del boletín Enero-Febrero 2014

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