domingo, 6 de septiembre de 2015

Carlos Campelo, sencillo homenaje.

Difícil escribir sobre el Maestro. Se me vienen tantos recuerdos. Se me vienen veinte y tantos años de sensaciones...

Llegué al Programa casi recién salidita del horno de la Facultad de Psicología y habiendo terminado un Curso donde el último día un compañero me cuenta sobre un tal Carlos Campelo que hacía grupos. Al viernes siguiente a las 17.30 hs llegué a la reunión que se hacía en el Primer piso de la "antigua " área de Salud Mental, ahora la nueva Guardia del Hospital.  Participé en silencio, escuchando, observando, un poco asustada debo decir. No entendía nada. Al finalizar llegó el gran momento, me sorprendió un " por favor nos podría decir un comentario sobre la reunión" o algo así. Chan...No recuerdo qué contesté exactamente pero seguramente alguna "humilde interpretación" tirada de los pelos, a lo que Carlos respondió "Gracias, la esperamos el viernes próximo". Y me hizo un lugar. Yo ya tenía un lugar en la reunión. Y lo tomé, y volví, y sigo volviendo.

Él quiso, yo también.

Campelo tenía esa generosidad de hacerte lugar en su mesa. Un lugar, nada más ni nada menos! No cualquiera, uno con tu nombre y apellido en cada una de tus acciones. No fue fácil. En un principio lo sentí raro, ajeno, medio frío,  hasta que se empezó a calentar porque lo fui queriendo, porque fui entendiendo que no era solo un espacio sino que se trataba de ir construyendo un nosotros. Fui descubriendo que más allá de mi nariz había otro (otros) con el que compartir, miradas, sensaciones, emociones, y que la salud estaba ahí.  Recuerdo una vez que llegué a la reunión abrumada en silencio por una discusión que había tenido. Me senté y (como suele pasarme habitualmente) comencé a sentir que lo que se decía tenía tanto que ver con lo que me estaba pasando que me puse a llorar tratando de que no se note. Pero Campelo me vio me propuso contar lo que me pasaba. No quise. Respetó mi decisión y agregó que era un acto de generosidad compartir mis lágrimas. De la vergüenza pasé al alivio. Eso era salud.

Al Maestro lo vi amoroso como en este último gesto, enojado volcando su furia en algún compañero que desafiaba su autoridad (¡y agárrate!), asaltado por un llanto que me permitió ponerle la mano en su brazo sintetizando mi abrazo, y disfrutando como un niño el día que con Fernando Lamas y María Rosa Valle, dos compañeros, vestidos de payasos, haciendo payasadas, le festejamos su cumpleaños en el hall de ginecología del Hospital.

Sí, muchas facetas de un hombre con una sola esencia el amor por el ser humano.
Él me hizo lugar, yo le hice uno en mi corazón y allí vive.

                                                             Coordinadora Mónica Fortuna

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Dejá tu comentario aquí