domingo, 6 de septiembre de 2015

Leer a Carlos Campelo

       Leer a Carlos Campelo es disfrutar de ser humano, de ser-con-otros. Es mirarse en el espejo y no ver la propia imagen, sino la imagen de una comunidad viva trabajando y trabajándose con intensidad, valorando todos los espacios, las presencias, las ausencias. Significa vencer los miedos propios y comunitarios para vernos  completos, capaces de vencer nuestros propios límites, abriendo fronteras, derribando muros, dando la palabra a los silencios y a las sombras que anidan, ignorados, en nuestro interior, sin prisa pero sin pausa, con los tiempos del espíritu.
Leer a Carlos Campelo es dejarlo acercarse a nosotros, abrir los pliegues del corazón para que su presencia nos hable en libros, en la web, en los que tuvieron el privilegio y la alegría de conocerlo. Escucharlos es sentir vibrar la pasión de Campelo por un camino en el amor de una comunidad que sigue avanzando hacia un horizonte donde no faltan los obstáculos, los recodos, las contradicciones, pero también, la paciencia atenta, la persistencia renovada, la escucha inteligente, la risa compartida, la mirada que va más allá de las palabras. Por eso es tan valiosa la presencia de aquellos que compartieron esa etapa fundante del Programa, porque en ellos habitan los genes espirituales de Carlos Campelo.
Leer a Carlos Campelo es sentir nuestras potencias como personas y como comunidad, esa que él soñó, construyéndola-con-otros y que sus propias palabras la definen: “Una comunidad bien habida no es un coro homogéneo, no es un regimiento que desfila de a cuatro en fondo, un dos, un dos. Una comunidad es uno de esos mejunjes de ir y volver, de disentir y unirse, de acordar y estar enfrentados, que nos ha llevado a decir, desde aquel doloroso 18 de julio del 94, "Sigamos juntos, aunque no estemos de acuerdo". (Porque acordar, de a-cordis, significa juntar los corazones, y nosotros, en el Programa Salud Mental Barrial, si no podemos juntar los corazones juntaremos las manos, o las voces, los movimientos, o el deseo – que es uno solo siempre: crecer, y ser feliz, que es la única razón para filosofar, dice San Agustín – o las almas, que no pueden estar sino juntas, y "al sol". (Alma que no se junta con sus prójimos, y prójimos que inventan enemigos y rivales, no son almas, no son prójimos,).
       Para nosotros, "todo es común" (…)una comunidad, un lugar de comunes, un lugar en donde para ser hay que ser con otros, más allá de las cuatro paredes de mi living, un lugar en donde, cuando decimos nosotros, nosotros es nuestra mejor forma de decir yo, un lugar en el que sabemos por propia experiencia, que nadie puede ser feliz en un pueblo que no se realiza, un lugar en el que cuando alguien llora, por ese dolor sin fin que le ocupa casi toda la vida, llora para su bienestar, y con él, produce bienestar a quienes la vemos llorar, y algunos, hasta desconocidos, ya listos para acompañarla, preparan los pañuelos”.(..) Por eso reclamamos que nuestro programa de salud mental barrial sea entendido como un programa de salud y crecimiento comunitario, o de animación barrial, por eso del ánima, o el alma, ¿recuerdan?, o de cultura barrial, por lo que de cultivo y cuidado tiene la cultura. Bueno; pero lo que yo quería es decir que, contrariamente a lo que piensan muchos "trabajadores comunitarios", que creen que pueden ir a algún lugar a "hacer comunidad", la comunidad bien entendida empieza por casa, que nadie puede hacer "comunidad" desde otro si no la hace desde sí, y que no es un requisito sine qua non ser pobre de toda pobreza para hacer un proyecto comunitario. Las familias de barrios "acomodados", o de clases medias, o de buen pasar, o de "si hay pobreza que no se note", algunas de esas familias, decimos que somos una comunidad, casi tanto como los vecinos sensibles de Flores o de Palermo, esos compañeros”.

Coordinadora Elvi Palacios
Taller de Coordinadores de V.Pugnali-M.Couriel

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