lunes, 5 de agosto de 2013

UN CACHITO DE MUNDO

Editorial

UN CACHITO DE MUNDO

Varios años atrás, un vecino de apellido Maiuzzo, acuñó la expresión “un cachito de Utopía” al describir nuestro Programa de Salud Mental Barrial.
Es verdad: hay cosas que pasan dentro de los grupos que nos hacen percibir un área de nuestra humanidad que no siempre es tan fácil de ver en el trajín cotidiano.
 Me refiero a esos momentos en los que algo del orden de lo sagrado es atisbado a través de gestos solidarios, de palabras que se vuelcan para decir lo nunca antes dicho, de oídos y corazones que están dispuestos a abrirse ante el sentir de los otros, situaciones que solamente ocurren cuando el miedo queda de lado, al menos un rato, gracias al estilo de encuentros que nuestro programa promueve.
Ese “cachito de Utopía” sigue vigente hoy, y lo saben bien quienes transitan los talleres y ven lo que puede hacer el vecindario cuando valora su capacidad y se ofrece en la solidaridad del intercambio. La gente habla, se entrelaza, se ayuda, se acompaña, se divierte, se enamora, y se apasiona, y también, encuentra fuerza y crecimiento en los innumerables conflictos, chusmeríos, riesgos que transparentan, también, parte de lo que somos.
Es que el Programa es una parte del mundo organizada al “uso nostro”, pero que no deja de ser mundo más allá de sus particularidades. Por eso me gusta pensar que eso tan vital y lindo que vemos a diario en los talleres, es un saludable y fecundo reflejo de lo que somos como sociedad, no un espacio de excepción, ajeno a lo que somos más allá de los talleres.
Me gusta pensarlo así, entendiendo que el Programa es simplemente una lámina en la que podemos ver y vivir, con mayor claridad y cercanía,  aspectos de nuestra vida comunitaria más abarcativa. De hecho, creo que las virtudes que tenemos como comunidad abundan, solo que no encuentran cauces confiables y organizados, y tampoco láminas que las reflejen y hagan visibles con igual énfasis que las láminas que muestran nuestras cotidianas pesadillas y bajezas.
El programa, en ese sentido, no es solamente  un “cachito de Utopía” sino que es “un cachito de Mundo”. En tal sentido, es importante entender que es un espacio representativo que se “disfraza” de excepcional ya que, para el que sabe ver, las cosas que hacemos en él pasan, también, en los barrios.

Veía hace un rato un capítulo de un breve programa de TV llamado “Varieté”. Se trata de una seguidilla de documentales de diversas situaciones comunitarias que van desde una fiesta tradicional de algún pueblo a mostrar un día en la costanera porteña con sus pescadores y observadores de aviones,  pasando por reuniones multitudinarias para bailar danzas folklóricas o festejar la existencia del salame, además de otras situaciones similares en las que la gente se reúne y disfruta en comunidad.
 El programa de hoy, por ejemplo, refería a  semblanzas de hombres y mujeres que realizan oficios en la localidad de Diamante, Entre Ríos, en donde los pescadores, los afiladores, los panaderos, el sodero, eran filmados con conmovedora intimidad, en interacción con la gente de su comunidad.
Al mirar como se relacionaban, pensaba que hay redes humanas por todos lados, y que la frescura de los vecinos sigue siendo más fuerte que las oscuridades de esos mismos vecinos, que de alguna manera son un reflejo de todos nosotros.

 Lo que pasa es que las noticias y nuestra manera de relatar las cosas de la vida apuntan a la sordidez más que a este tipo de situaciones vitales que vivimos cada día.
La excepción de este documental al que refiero, que sintoniza a mi gusto de manera maravillosa con la vitalidad de las personas y de las comunidades,  no me impide decir que es muy difícil mostrar que el mundo también, y sobre todo, es potencia, es ganas, es alegría y capacidad para revertir dolores y abismos.
Pero quien sepa ver, verá que en los talleres ocurren cosas que también ocurren en otros lados, sólo que acá está más concentrado y con más fácil acceso. En esa sintonía Carlos Campelo decía que a veces el objetivo de un programa como el nuestro era el propiciar que alguien apagara la televisión y viniera a compartirse con otros, en un lugar que tiene puertas de entrada algo más anchas que otros espacios de nuestra vida social.
Es lindo pensarlo así, y es verdadero, además. Por eso el mundo se nos muestra a través de lo que hacemos en el Pirovano, y no es escaparnos de ese mundo lo que buscamos en este espacio, sino, por el contrario,  queremos encontrarnos con ese mundo en los talleres, para luego saberlo también ver en nuestra vida de cada día.


                                                                                  MIGUEL ESPECHE

                                                                                    Coordinador General

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