lunes, 11 de marzo de 2019

Salimos en el diario........

El pasado viernes se celebraron los 128 años del barrio de Coghlan, un barrio con forma de pentágono que tiene su propio Obelisco y se conecta a los barrios de Villa Urquiza, Saavedra, Nuñez y Belgrano.

Allá por 1887, Miguel Juárez Celman, presidente en ese momento, durante el mes de Octubre le entrega a Emilio Nouguier la concesión de un ramal ferroviario para ser construido entre las estaciones de Belgrano y el pueblo de Las Conchas, mejor conocido hoy en día como Tigre.
Emilio Nouguier conforma de este modo la “Compañía Nacional de Ferrocarriles Pobladores” y empieza a comprar las tierras que en ese entonces pertenecían al barrio de Belgrano, hasta llegar a un total de 30 hectáreas para 1888.
Lamentablemente las obras son demoradas durante el mes de Abril de 1889 debido a la falta de obtención de créditos para continuar con los trabajos, es por eso que se opta por vender la concesión al Ferrocarril de Buenos Aires y Rosario, pero manteniendo para sí mismos los predios linderos a las estaciones a construirse.
El primero de Febrero de 1891 se inauguró la estación Coghlan, llevando ese nombre en honor al ingeniero irlandés Jhon Coghlan que trabajó durante un tiempo para la Municipalidad de Buenos Aires y posteriormente se desempeñó como técnico de los ferrocarriles ingleses. Tras la apertura de la estación Coghlan, la Compañía Nacional de Ferrocarriles Pobladores procedió a rematar las tierras que había obtenido antes de hacer el traspaso de la concesión.
Dos años después de la inauguración, en 1893, y vendida gran parte de las tierras, el intendente Federico Pinedo mediante un decreto encarga la construcción de un hospital en lo que era en ese momento la Parroquia Belgrano. El hospital estuvo terminado recién para el 24 de Julio de 1896 y se inauguró oficialmente como “Hospital Pirovano”, Monroe 3555, en memoria del Dr. Ignacio Pirovano quien falleció el 2 de Julio de 1895.
Rodeado por los barrios de Villa Urquiza (suroeste), Belgrano (sureste), Saavedra (noroeste) y Nuñez (noreste), el barrio de Coghlan tiene una forma de pentágono y un aire a la fisionomía de la Ciudad de Buenos Aires, especialmente por tener su propio Obelisco, una torre ladrillera de ventilación de 35 metros de alto construida en 1914 para ventilar la segunda cloaca máxima de la Ciudad.
Fuente:http://www.claramenteweb.com.ar

Invitación al nuevo taller


martes, 2 de octubre de 2018

EDITORIAL


EDITORIAL
                      LA SOLEDAD Y SUS FORMAS
Llegar a casa y escuchar el silencio que indica que nadie, salvo nosotros, vive allí, se puede experimentar de maneras diversas.
En ocasiones con alegría, pues al fin llegamos a ese silencio reparador, el lugar en el cual estamos tranquilos, lejos de tanta vorágine y exigencias.
 El vaso, el florero, el libro, los platos lavados o sin lavar y el control remoto de la televisión están donde los dejamos, sin que nadie haya intervenido. Encontramos todo en donde estaba, no hay que responder a nadie, hacemos pura y exclusivamente lo que queremos y sentimos paz y sosiego.
En otras ocasiones, esa misma circunstancia es vivida con tristeza, como un frío que acongoja y donde se anhela a alguien que, aunque desordene nuestra vida traiga calor a ella.
Algunos dirán que una soledad es “buena” y otra “mala”, y posiblemente tengan razón, aunque la soledad en sí misma es lo que es, y lo bueno o no tan bueno de ella está en la manera en cómo la experimentamos.
La soledad “buena” es quizá, esa elegida una vez que hemos compartido nuestra vida, criado o no a nuestros hijos, o después de habernos desarrollado profesionalmente con éxito y sentimos que llega el tiempo del descanso, del sosiego y de la simplificación de lo cotidiano.
La soledad “mala” es quizá, esa que como un destino impuesto nos abruma en clave de nostalgia o anhelo insatisfecho, donde las presencias que alguna vez llenaron nuestra vida ya no están.
Cuando sentimos que tenemos amor para dar, pero no sabemos cómo compartirlo podemos quedar encerrados con el alma aislada en el silencio y la futilidad de una vida donde la energía no circula.
En la ciudad los edificios nos aíslan y la calle es de nadie, sobre todo, porque somos tantos que tendemos a refugiarnos en nuestra guarida, echando cerrojo al corazón por aquello de que la calle es peligrosa y estamos muy ocupados.
En los pueblos no es fácil esconderse, está la plaza, el club, la red de comadres o el vecino que nos saluda apenas salimos a la calle, si bien no es cuestión de idealizar esos pueblos, las cosas allí se viven de otra manera, menos anónima, por cierto.
Los que saben suelen hablar de la importancia de las redes de pertenencia que nos dan el contexto para sentirnos lo más plenos posibles. La soledad “mala” es aquella que aparece cuando perdemos esas redes, sean familiares, afectivas, sociales, culturales, o las que se les ocurran.
Como decía antes, el pecho duele de tanto amor para dar, pero no hay red que lo reciba. Y el deseo de escuchar al otro, ofrecer lo que sabemos y recibir lo que sepamos recibir nos hace recordar, aun con dolor,  lo humanos que somos.
Por eso cuando se rompen redes y aparecen soledades, simultáneamente también se crean ámbitos para reparar la herida. La comunidad se las ingenia a través de lo grupal, sea en el ámbito social, religioso, cultural, político…lo que sea.
En ese contexto, está el Programa de Salud Mental Barrial para ofrecer la opción de conversar, compartir la abundancia de lo que cada uno es y tiene, entre-tenerse, y disfrutar el entusiasmo de ser humano entre humanos.
No se trata de batallar contra la soledad, sino de ayudar a vivirla como opción, no como maldición.
La soledad, gracias a las redes que sabemos construir, no es un exilio, sino una situación. Siempre habrá otros que sabrán recibirnos cuando llegamos a ellos con buena fe.
 Y siempre habrá quien sepa valorar lo que tenemos genuina y generosamente para ofrecer, sobre todo cuando queremos evitar que aquello que abunda en nuestro corazón se marchite por causa del aislamiento que nos atrapa, a veces casi sin que nos demos cuenta.
                                                                                                  MIGUEL ESPECHE
                                                                                              Coordinador General

lunes, 10 de septiembre de 2018

Representando escenas de la vida y de la ficción


                                 A partir de Noviembre estamos en el 3er. piso por ascensor

A veces tristeza, depresión, cansancio de vivir

  Y sí, a veces la tristeza, señora de andar cansino y tormentoso, es la protagonista de este taller, otras veces permanece a un lado permitiendo que otras emociones salgan a escena. Es así como nos sorprendemos hablando de viajes, amigos, situaciones no exactamente ligadas a la tristeza y nos reímos. Sí, a veces también reímos producto de lo mágico del tejido de la confianza que despierta otros sentimientos como el acompañamiento, el alivio, el consuelo. Esa tristeza que nos inundaba  ya no está sola.

Les propongo imaginarnos que venimos nadando en un mar de tristeza deseando respirar pero con pocas fuerzas. Alguien nos invita a que saquemos la cabeza del agua, aunque sea por un momento, y sin quererlo mucho lo hacemos.

El taller es ese exacto momento. En esa hora y media de reunión sacamos la cabeza para tomar oxígeno, descubrimos que no estamos nadando solos, y  más aún, que cada uno lo hace a su manera, más cerca de la superficie, más en las profundidades, algunos llevan lastre muy pesado, otros, un ancla.  Metemos otra vez la cabeza y seguimos nadando en la tristeza, ahora enriquecidos no solo por el oxígeno sino por el encuentro con otros.

Tal vez, juntos, hallemos algún puerto para descansar.  
Venite a nadar con nosotros, te esperamos…

jueves 18.00 hs en el hall de traumatología Sector B. 
Hospital Pirovano, Coordina Mónica Fortuna
“A veces tristeza, depresión, cansancio de vivir”