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jueves, 6 de abril de 2017

APUNTES SOBRE LA AUTORIDAD EN EL PROGRAMA

EDITORIAL

APUNTES SOBRE LA AUTORIDAD EN EL PROGRAMA

En nuestro programa usamos una palabra que generalmente está mal vista por relacionársela con la palabra “autoritarismo”. Se trata, por supuesto, de la palabra “autoridad”.

El tipo de asociaciones que al respecto de esa palabra hacemos en nuestro país siempre van ligadas a regímenes autoritarios, crueldad, prepotencia, avasallamiento, abuso… es ése, y no otro, el estilo de imágenes que, lamentablemente, surgen cuando aparece esa palabra que, en realidad, es una buena palabra, sobre todo,  cuando entendemos su significado.

La autoridad es uno de los instrumentos del amor y, como tal, corresponde ejercerla cuando, por ejemplo, criamos un hijo, conducimos un auto o…cuando animamos un taller. Sin alguien que cumpla la función de autoridad la experiencia se trunca. Se pueden generar diversos sistemas de autoridad, pero no amputar dicha función sin que la cosa se aborte de la peor manera. El sistema elegido por el programa es el de animadores que tienen la “última palabra” dentro de su grupo. Esa última palabra, sabemos, no es tan última, porque continúa con la palabra del programa en su conjunto, como un aire que circula e impide el encierro de la autarquía.

En el curso-taller de ingreso a la conducción del programa, el que deben hacer todos aquellos que acceden en algún momento a coordinar un grupo, solemos abundar en el tema. Se enseña allí que nuestro programa se vincula al hospital, el hospital se vincula con el Ministerio de Salud de la Ciudad, el mismo con la Jefatura de Gobierno y, dicha jefatura, con el Pueblo, que vota en las elecciones del caso. Señalo esto para decir que todos nos debemos a algo o a alguien que está por fuera de nosotros, y que el sistema de autoridad no es un callejón sin salida (como sí lo es el del autoritarismo) sino que se “ventila” a través del hecho de que todos, pero todos, tienen que reportar a alguien o a algo al respecto de sus acciones.

Con esta salvedad, los animadores tienen una suerte de “jurisdicción” en lo que hace al ejercicio de su autoridad, que es el territorio de su taller. En el mismo, quien anima/coordina puede hacer varias cosas, generar su criterio para aplicarlo, tener cierto arte para marcar los ritmos, las cadencias, los lugares de cada uno, con ánimo de integrar y, a la vez, contextualizar la experiencia según los valores que el programa propone.

“Todo está bien siempre que estemos dispuestos a revisarlo” decía Carlos Campelo, y en tal sentido, los animadores del programa revisan lo suyo en su reunión de animadores, y los animadores de animadores lo hacen, a su vez, en el Comité de Etica y Conducción.
Este Comité, en particular el coordinador general, por su parte responde a las autoridades del hospital, es decir, no es el final de un recorrido sino un eslabón más dentro del mismo, lo que es un alivio, por cierto, porque detentar un poder autocrático, además de aburrido, es un esfuerzo narcisista sumamente estéril y poco estimulante en lo que a Salud comunitaria respecta.

En ocasiones dentro de los talleres existe lo que suelo llamar “conducciones paralelas”. Estas serían algo así como personas que, de manera metódica o solamente circunstancial, piensan que ellos, si fueran quien dirige el grupo, harían otra cosa ya que está mal lo que el coordinador está haciendo. Puede o no tener razón esa persona al respecto del proceder del coordinador del caso, pero lo que importa no es tanto el motivo del desacuerdo, sino que interesa más cómo se ubica ese participante y qué tipo de aporte hace ante esa circunstancia.  Algunos presentan batalla, se enojan, compiten. Otras manifiestan su sentir, hablan de su deseo, proponen desde el entusiasmo pero…mirando donde están, afinando su sonido respecto del sonido de los otros con ánimo de sinfonía, aceptando tiempos que no son solamente los de su impulso, escuchando con confianza lo que los otros, compañeros y coordinadores, tienen para decir.

Recién acá viene, a mi criterio, lo más interesante: el tema de la confianza. Si no hay confianza con el grupo de pertenencia y los animadores de ese grupo, habrá batalla, competencia, y no ayuda mutua. Si la hay, si se confía, habrá sentimientos, manifestación de deseos, escucha, paciencia, además de un fuego intenso, que no genera incendio, sino vitalidad en el grupo.

El deseo genuino que un participante puede traer al grupo va encontrando su camino, va contagiando, va pisando sobre el terreno que le corresponde y no sobre el que no le corresponde. Esa es la fuerza de aquellos que en nuestro programa llamamos “indios”, que son los participantes de los talleres que no coordinan, pero influyen desde la fuerza de su entusiasmo genuino.

Cada tanto sucumbimos a la tentación de plantear las cosas como conflicto de poder. Por ejemplo, en un taller puede venir alguien con propuestas al respecto de cómo debiera proceder el coordinador del caso en el manejo del grupo, y, cuando ese coordinador pone un límite y recuerda la naturaleza de la función de cada uno dentro del taller, el participante puede tener dos tipos de actitudes: señalar que ese coordinador es autoritario, desconfiando de su buena fe, adjudicando un deseo del coordinador de anularlo y “ningunearlo” para que no se le haga sombra, o, por el contrario,  puede preguntarse qué debe hacer para lograr su deseo sin avasallar al prójimo, respetando el juego y, además, qué  estarán viendo el animador y sus compañeros que él no está viendo, suponiendo que estos no le desean el mal, sino todo lo contrario.

Claro: si alguien supone que un coordinador o el grupo en su conjunto le desean el mal, el problema es otro, pero soy de la idea de que un programa como el nuestro no sobrevive tantos años con coordinadores y vecinos que le desean el mal a los vecinos, o animadores que pretenden anular toda iniciativa para generar obsecuentes aduladores sin deseo propio.

Todo lo que hacemos  en nuestro programa se revisa de manera comunitaria. Todo. Tarde o temprano se hace público nuestro proceder dentro de nuestra red, sea porque lo hablamos o sea porque percibimos los efectos de ese proceder.

Por eso, uno de los lemas del programa es “juntos, aunque no estemos de acuerdo”, porque sabemos que el hecho de estar juntos, pero no revueltos, nos ayuda a encontrar esos acuerdos que son esenciales, que a veces se ocultan tras los conflictos. Ese es, quizás, el optimismo del programa: el optimismo que cree que hay acuerdo en el deseo de pertenecer a un mismo valor y una misma vivencia comunitaria, en la cual las diferentes perspectivas, desde la buena fe, suman a la conciencia ampliada, sin tanta competencia, ya que, sabemos, nosotros somos más de colaborar que de competir, porque así es como las comunidades prosperan mejor, y nuestra salud mental también.

                                                                  Miguel  Espeche
                                                                 Coordinador  General

domingo, 8 de enero de 2017

EL PROGRAMA Y LA SALUD MENTAL PÚBLICA

Editorial

La historia del Programa de Salud Mental Barrial, en lo que hace a su contacto con la Salud Mental Pública institucional, es nutrida e interesante.

No abundaremos en ella, pero sí diremos que, si bien al inicio nuestro programa fue tomado con cierta indiferencia por las autoridades dedicadas a la tarea en Salud Mental, pasados ciertos años, la idea de los talleres como parte de una “movida” de Promoción de la Salud fue ganando en prestigio y logrando apoyos.

Tanto es así que en cierta época, a fines de la década de los 90,  se generó un importante movimiento con la Dirección de Salud Mental de la Ciudad a cargo por aquel entonces del Lic. Roberto Lo Valvo, con la que se organizaron eventos varios de mucha importancia, llegando inclusive a ser nuestro programa una referencia a la hora de la redacción de algunos párrafos de la ley  de Salud Mental promulgada en aquel entonces.

Con esto quiero significar que, más allá de los avatares que hacen a las coyunturas, en el campo de las ideas al menos, la existencia de talleres como los nuestros (y las concepciones que los sustentan) son bienvenidos por aquellos profesionales de la Salud que piensan su trabajo como algo más que un coto privado del que solamente algunos gremios profesionales son dueños. Debo decir, nobleza obliga, que esos profesionales son muchos y suelen enviar a sus pacientes a nuestros grupos, confiando en la tarea comunitaria como parte sustancial de su propia labor como agentes de salud.

Días atrás, invitado por la Dirección Nacional de Salud Mental y Adicciones a un encuentro de las autoridades de las distintas jurisdicciones que trabajan  en el área (también invitaron a algunos referentes del trabajo en SM, de allí mi presencia), me tocó presenciar el discurso del actual director de Salud Mental y Adicciones,  Dr. André Blake, quien se explayó ante decenas de profesionales de todo el país respecto de las bondades de los grupos de promoción de la salud, de apoyo mutuo, de “auto ayuda”, entre otros, a la hora de generar salud en la población.

El Dr. Blake hizo eje en los grupos de Alcohólicos Anónimos como ejemplo de esa eficacia de los grupos y talleres llevados adelante por “no profesionales”, y no le falta la razón, porque esa agrupación fue pionera en el terreno de la ayuda mutua, seguido por muchos otros grupos que, con diferentes modalidades, nutrieron el terreno de lo saludable, generando un eje solidario que fue fundamental para lograr el acompañamiento deseado.

Los grupos Renacer, los Narcóticos Anónimos y otros, además de los nuestros, claro está, son parte de la misma idea respecto a cómo generar una mejor calidad de vida, entre todos y en clave solidaria.

fortuna tuve la oportunidad de hablar en el encuentro mencionado para poner en conocimiento de los presentes  la existencia de nuestro programa en el Pirovano, pidiéndole a la Dirección de Salud Mental y Adicciones que hiciera de nexo entre nosotros y eventuales iniciativas afines que estén trabajando en otros lugares del país. Desconozco qué resonancia tendrá la cuestión, pero el solo hecho de haber sido invitado y podido hablar en ese lugar indica que crece la noción de que la Salud Mental es una tarea compartida que requiere de una concepción no individuocrática para ser realmente “pública”.

Es verdad que algunos ven a los talleres como un apoyo o complemento a la labor que se lleva a cabo en los consultorios. Sin embargo, no hay consultorio sin comunidad y, sobre todo, no hay “pos consultorio” sin comunidad, es decir, nadie se queda a vivir en un consultorio, pero sí puede vivir siempre en comunidad, desplegando potencias y generando lazos de buena voluntad. Por eso, debiéramos decir que la tarea profesional en Salud Mental es una excelente ayuda para la sociedad, pero no “es” la sociedad, y que los talleres existen como reflejo de la vida comunitaria, esa que da piso y horizonte a quienes trabajan en Salud Mental en cualquiera de sus áreas.

Que se vayan generando más puentes con autoridades y otros profesionales de la Salud Mental para lograr ofrecer el enfoque comunitario a una mayor cantidad de personas, es grato y promisorio. Esos puentes se suman a los que tenemos con el Servicio de Salud Mental de nuestro hospital y con las autoridades del mismo, que siempre nos prestan su apoyo muy generosamente.

La tarea de los vecinos promoviendo su salud desde lo solidario no es tema menor. Es una filosofía de lo que es una sociedad y de lo que es la vida saludable de esa sociedad. Por eso, que esa perspectiva sea cada vez más reconocida en diversas esferas, inclusive en la pública, como es el caso,  es algo grato y digno de nuestra alegría. Es otra de las caras del acompañamiento.

                                    MIGUEL ESPECHE
                                                                            Coordinador General

lunes, 19 de septiembre de 2016

LO QUE SOMOS Y LO QUE NO SOMOS

Editorial
LO QUE SOMOS Y LO QUE NO SOMOS
Nunca es un exceso repetir algunas de las cosas que hacen que nuestros talleres sean lo que son.
No está de más recordar que los grupos del Programa de Salud Mental Barrial no están para curar, ni para solucionar problemas. Tampoco están para definir situaciones de la vida y ni siquiera para lograr acuerdos o generar acciones de tipo político o similares que puedan ir más allá del compartir anímico.

Es más relajado tener presente lo antedicho, y eso permite, justamente, que podamos hacer lo que tenemos que hacer: acompañar, no más que eso.
Charlar, compartir, sumar perspectivas, entretenernos, curiosear en la vida de los demás para no sentir que la nuestra es una isla y que somos los únicos que vivimos algunos problemas o circunstancias… todo menos pujar por ganar una polémica, sentirnos acreedores de algún tipo de trato “profesional” o pretender tener al grupo y al programa todo como tribuna para que podamos mostrar cuán esplendorosos somos, cuánto sabemos y cuán valiosas y sapienciales son nuestras palabras. Menos todavía pensar que el programa es un espacio para desarrollar una tarea profesional que no se logra plasmar en el ámbito privado y por eso se usa el medio público para compensar, de manera indebida,  esa incapacidad.

Es verdad que en los talleres hay de todo, y está bien que así sea. Somos una muestra de lo que existe en nuestra sociedad, y en tal sentido, apuntamos a, justamente, vivir a partir de esos valores que hacen que la salud ciudadana fluya, y lo haga con la energía que suman todos, inclusive aquellos que, en principio, pueden parecer “indigeribles”.
Siempre se verá que en las editoriales o en los textos del Programa de Salud Mental Barrial se explica una y otra vez lo antedicho. Los textos, de Campelo a ésta parte, dicen una y mil veces que el programa no es terapéutico, que los que a él asisten no son pacientes y que los coordinadores no son profesionales de la salud o, al menos, no es con ese título que ejercen la función de animar un grupo de los nuestros.

La recurrencia a este tipo de explicaciones no es en vano. Es que una y mil veces existen equívocos a la hora de definir qué es el programa y sus alcances. Por ello es esencial que los protagonistas y, sobre todo, aquellos que se acercan por primera vez a los talleres, tengan muy en claro que se trata de reuniones para charlar, compartir, divertirse, curiosear, entusiasmarse, sentir las emociones y poner sobre la mesa las ideas, todo ello en clave de bien común, teniendo en cuenta a los otros, y con un mínimo de autocrítica para que la cosa fluya y no sea solamente una suerte de “polémica en el bar” de mediopelo.
Compartimos siempre en un “taller”, es decir, un lugar en el cual se trabaja para transformar entre todos los presentes la “materia prima” de lo humano, cocinándola con el afecto, el sentimiento, la ética vecinal y la buena fe, solidariamente, como corresponde a cualquier sociedad que se precie de ser tal.

A veces se nos desboca algún coordinador y piensa que con su carisma logra su cometido, en desmedro de la red que lo sostiene. Son animadores que se embelesan de su propio poder de seducir, el que en sí mismo no está mal, salvo que en algunas ocasiones ese poder seductor rompe el nexo con la red comunitaria. Alguna vez, años atrás, comparamos ese tipo de situaciones con lo que ocurre con la flor más bella, pero…puesta en el florero, sin contacto con el humus que le da vida comunitaria.
También a veces ocurre que el prestigio del programa se ve en riesgo cuando se dice en los medios de prensa que los asistentes a los grupos son pacientes, o que se “tratan” algunas dolencias en nuestros talleres. Es por eso que, dada la facilidad con la que la prensa puede equivocarse en estas cosas, es importante que, en caso de algún contacto mediático, se puntualice al respecto, con el énfasis correspondiente.

Nos pasó hace poco, por ejemplo, cuando dos medios, uno nacional y otro extranjero, publicaron que algunos de nuestros talleres existen para hacer “tratamientos”. Esos talleres a los que referían las informaciones, para colmo, tienen que ver con ese tipo de temas (astrología por ejemplo) que en nuestro programa se abordan como entretenimiento, pero ni remotamente como método sanador o una terapia legalmente válida.

 Ahora tenemos que estar explicando que no, que no se trata de que el hospital público valida ahora esa disciplinas como método sanador/terapéutico, sino  que se trata de talleres de Promoción de la Salud, que comparten ese tipo de cuestiones( tantas otras), en clave cultural o lúdica y, en todo caso, usa las imágenes que surgen de astros y cartas para proyectar, con ánimo de crecer en autoconocimiento,  aspectos de lo que cada uno es, a modo de la literatura o las artes en general.
Pero no es queja. Vale explicarlo de nuevo, nunca está de más. Es lindo saber que talleres para “entre- tener” a los vecinos viven durante décadas gracias, justamente, a la sencillez honda y generosa de su propósito primordial.

Jamás nuestro programa ha deseado ocupar lugares que no le corresponden, o utilizar al hospital para otra cosa que no sea generar hospitalidad, salud comunitaria, mejora en la calidad de vida anímica de la población y una acción protagónica por parte de los vecinos en lo que hace a su propia salud anímica. Con eso tenemos suficiente como para andar por allí queriendo ser lo que no somos, por ejemplo, curanderos o pseudocientíficos que anhelan la validación del establishment  a través de “infiltrarse” en el hospital público.

Una y otra vez diremos lo que somos, lo que hacemos, lo que queremos, para no errar en el camino. La salud es del Pueblo, pero éste se rige a través de sus representantes, también, en lo que a prácticas saludables se refiere. Y sabemos que no hay Salud sin Ley, algo que es bueno recordar, para cumplir con el marco legal como corresponde. Para las prácticas terapéuticas, los profesionales. Para la Promoción de la Salud, la generación de entusiasmo, solidaridad vecinal, entretenimiento y cultura en su más amplio sentido, está el Barrio, del que, sin dudas, somos fieles representantes.

                                      MIGUEL ESPECHE
                                                                                                      Coordinador General

martes, 3 de mayo de 2016

CIMARRONES

Editorial
CIMARRONES

Desde que emergió el Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano, allá por la mitad de la década del 80, existieron aquellos vecinos que, por su estilo, Carlos Campelo (fundador del programa) llamaba “cimarrones”.
Según el diccionario, el significado de “cimarrón” remite a lo no domesticado, o a los que, a pesar de haber conocido las reglas del juego, por diversas razones no las juegan, al menos, no en su medida total.

Es verdad que ninguna organización humana sobreviría si todos sus miembros fueran cimarrones. De hecho, no podría ni emerger un grupo de personas que solamente se rigieran por la idea de no regirse por norma alguna. Es por esa razón que suelen los cimarrones ser alejados de las organizaciones, o alejarse ellos mismos de los grupos.

En la historia del programa, sin embargo, quedamos marcados por una intuición generosa de Campelo, quien no solamente acuñó la palabra “cimarrón” dentro de nuestra red, sino que supo, con arte, y gracias a esa intuición,  interactuar con los cimarrones de modo tal que nos hizo crecer a todos. Tenía una gran paciencia y, a la vez, generosidad con los “raros”, los distintos, aquellos que se desbocaban y requerían guía, pero no siempre expulsión.

El tema es más difícil de lo que parece. En estas líneas pretendemos decir que los cimarrones son nocivos cuando se apropian de una organización o monopolizan sus energías, pero simultáneamente decimos que nos hace bien tener siempre cerca algún cimarrón que nos venga a mover la estantería, para no morirnos de perfeccionismo.

Siempre nos conviene recordar que la esencia del programa es generar acompañamiento, mas que arribar a alguna perfección organizativa. Si hubiésemos tenido en nuestro horizonte ser algo así como los “suizos” de la Salud Mental Comunitaria, aceitando mecanismos, generando pautas estandarizadas de interacción, homogeneizando el discurso “correcto” para poder generar una pertenencia discursiva a modo de la militancia política, por ejemplo, ya lo habríamos hecho hace rato, pero, creo, ya no existiríamos hoy como organización viva y palpitante de vecinos generando salud con ganas y entusiasmo.

Por eso, cuando todo parece estar genialmente organizado, aparece un cimarrón y nos complica la vida…..y habrá que agradecer que así sea.

Esa gratitud no significa otorgarle el poder, sino jugar el juego de la inclusión hasta su extremo, sin asustarnos demasiado por algún nivel de desorden que pueda, por ejemplo, significar que en un grupo alguien interrumpa, salga con un “martes 13”, venga sin bañarse, haga frente a la autoridad del grupo o tienda a pelearse con los otros, de una u otra forma.

Son ejemplo de ciertos estilos de cimarrones, quienes pueden interrumpir el fluir amable y amoroso de un grupo ya estructurado, planteando desafíos que, decimos, merecen abordarse con un espíritu de aprendizaje, no de expulsión automática o segregación inmediata.

Queda claro que la firmeza de un grupo está marcada por la profundidad de sintonía que tenga el coordinador con los valores que el programa propone. Esos valores, entre otros, son los de acompañar, ayudar de verdad sin asistencialismo, potenciar capacidades, verse como responsables de los propios actos, etc.

También queda claro que la firmeza de un grupo no está marcada por el blindaje que este tenga en su perímetro, a modo de fortaleza. Como dice el I Ching, el libro chino de sabiduría acerca del cual tenemos un lindo taller, la idea es ser firmes en el centro, para poder ser flexibles en la periferia.
Por eso los cimarrones son bienvenidos, para jugar el juego de la vitalidad que da lo que no está en el libreto. No es ser complacientes con ellos cuando son egoístas, violentos, ególatras o simplemente tontos, sino usar el viento de su presencia para navegar hacia aguas por las que no siempre podemos  adentrarnos cuando todos somos “buenos chicos” y no nos sacuden la estantería cada tanto.

Se trata de un juego paradojal. El cimarrón no es del todo salvaje, pero no está domesticado. Y su destino es andar por la periferia del programa, transitar diversos talleres, generando a veces conflictos reiterados en ellos. En ocasiones sabotean, pretenden arruinar la fiesta o, por el contrario, pretenden sumarse a ella pero sin tener en cuenta a los otros invitados.

El coordinador que recibe un cimarrón en su grupo verá qué hacer. Quizás pueda aprovechar sin asustarse de la experiencia y salir de la modorra, aunque, sabemos, si el cuidado del grupo indicara que algún vecino debe irse del mismo, se procede en tal sentido, y listo.

Pero sabiendo que el coordinar un grupo puede legítimamente ejercer el “derecho de admisión”, y con esa tranquilidad a cuestas, es interesante guardar el “ancho de espadas” para el final y extender el juego, aprendiendo, dejando de lado el “gatillo fácil” del enjuiciamiento o la expulsión para sacar el mayor provecho de la experiencia.

Vernos reflejados en aquel que viene y es “raro”, tantear los límites de nuestro enojo para que este no nos domine, entender algo de nuestra famosa “sombra”…., pero a la vez sabiendo que se tiene la capacidad de tomar las decisiones del caso de acuerdo al propio criterio.

El criterio del coordinador, sabemos,  siempre está bien y es el adecuado…si está dispuesto a revisarlo a posteriori en su grupo de animadores.

Volviendo al I Ching, recuerdo un “capítulo”(hexagrama, para los entendidos) que se llama “El Caldero” en el cual se hace referencia a lo que ocurre cuando se pone una olla al fuego. Para que la cuestión funcione hay que manejar bien la cuestión. Si se pone mucha agua, esta se derrama y apaga el fuego. Si se pone mucha leña, el fuego excesivo evapora el agua y daña la olla…., así las cosas, los cimarrones pueden ser agua o fuego, pero la clave está en cómo se relacionan dentro del grupo,  de manera tal que pueda su presencia ser algo útil para la comunidad. No se trata tanto de los elementos, sino de cómo  y en qué medida se vinculan estos entre si. Y allí está el arte de cada coordinador y su grupo para discernir.

Hemos tenido grandes y queridos cimarrones en el programa, que nos han llenado de vitalidad que, no por desbocada, dejó de hacernos bien. Es por eso que los  recordamos con gratitud y cariño. Tuvimos que marcarles la cancha, es verdad, pero ellos nos dieron (sobre todo aquellos de buen corazón) energía y vitalidad, permitiéndonos descubrir un área de nosotros mismos y de los otros que antes no conocíamos, y que hoy por la fortuna de haberlos encontrado en nuestro camino podemos conocer para no transformarnos en seres parapetados, confundiendo la salud con la costumbre nuestra de cada día. Nada hay contra la costumbre, pero un sacudón cada tanto, sabemos, no nos viene mal, y para ello están… los cimarrones.

                                                                                                       MIGUEL ESPECHE

                                                                         Coordinador General

miércoles, 2 de marzo de 2016

LA RED REAL

Editorial
LA RED REAL

Estábamos los dos en el mostrador, en la antesala del lugar en el cual nos haríamos la Resonancia Nuclear Magnética. El estaba antes que yo, pero nos dieron a ambos a la vez los formularios para el estudio, con preguntas varias sobre nuestra salud, motivo de consulta, etc.

El señor tendría unos setenta años, con pinta de haber sido medio atleta ya que se lo veía fornido y vital, una onda Hemingway bien llevada. Ibamos, uno al lado del otro, llenando los casilleros, hasta que llegamos casi a la vez al lugar en el que decía: ¿”es claustrofóbico?”.

“No se si soy claustrofóbico” dijo riéndose, “nunca me hice una de éstas y no lo sé”. Lo miré, le sonreí medio tristemente y le dije:”ya se va a enterar…por mi parte, lamentablemente ya se que lo soy, y la voy a “parir” ahí encerrado”.

Se lo dije riéndome, pero era verdad: el encierro que significa hacer una resonancia nuclear no es algo que disfrute, y tenía miedo, bastante, al ver que tenía que pasar por esa prueba otra vez, ya que anteriores veces ya había, a duras penas, pasado el trance.

Nos miramos, sonrientes, como dándonos ánimo, y el trámite siguió. Nos sentamos alejados en la sala de espera, yo al lado de mi mujer, él solo, allá a unos metros.

Pocos minutos  después el hombre pasó y fue a hacerse lo suyo, mientras que yo, con el “julepe” encima, practicaba respiraciones profundas que haría mientras la máquina me tuviera allí, encerrado durante los minutos que me tocaran.

Fue un rato bastante largo. Yo estaba en modo “espera agonizante” mientras mi mujer  acompañaba con paciencia y afecto, bancando mientras yo respiraba, meditaba y esas cosas que uno hace cuando tiene que sacar fuerzas para atravesar los temores nuevos que a veces aparecen cuando se llega a la “edad madura”.

De repente, se abrió la puerta del gabinete y salió el hombre.  Lo miré, pero pensando más en “ahora me toca a mí” que en él y  en cómo le había ido en su experiencia. Se fue acercando y, de repente, vi como su brazo me abrazaba media espalda, se acercaba a mi oído y me decía: “vos cerrá los ojos, no mires, y pensá que estás durmiendo la siesta….vas a ver que no pasa nada y se pasa volando”.

Me impactó lo repentino del hecho, su calidez inesperada y la generosidad de su decir. Me saludó y se fue, dejándome sus palabras y su compañía, que me llenó de una extraña vitalidad, algo que me puso contento…

Pasé entonces a la resonancia con esa “vibración”, me sumergí en esa suerte de extraño sarcófago, y… todo fue bien. Era como que tenía otro resto, sentía sobre mi hombro  izquierdo a mi señora, y su compañía, y sobre el derecho me quedaba la sensación de lo concreto del afecto de ese tipo que supo decir algo tan sencillo, pero con presencia real, que me permitió afrontar mis fantasmas (porque dentro del aparato sólo estábamos yo y mis fantasmas) con una entereza diferente, permitiendo que mi mente navegara durante esos largos minutos, por imágenes de amplitud y afecto, ausentes de todo temor.

Pensé que algo similar vivimos siempre en nuestros talleres. Ocurre que hay otros allí que nos dicen cosas sencillas que nos acompañan y nos fortalecen a la hora de abordar nuestras vicisitudes. Es la presencia real de los otros en clave de buena onda y en sintonía de ayuda mutua, la que nos hace bien.  Lo que sana es el acompañamiento, no la solución de un problema.

Es lindo saber que en el programa representamos esa red verdadera que habita entre nosotros, los que vivimos en este país del que tan mal se habla en ocasiones. El Programa de Salud Mental Barrial, como siempre he dicho y hoy corroboro con la gratitud que siento ante el gesto de este “Hemingway criollo”, está forjado con una red real y verdadera  de solidaridad “silvestre” que constituye la esencia de nuestros vínculos de cada día.

Nuestro programa, sin dudas, ayuda a que esa solidaridad se de dentro de los talleres, pero sepamos que somos parte de algo que nos trasciende,  y que en todos lados cobra formas de solidaridad cotidiana sencilla y “acompañadora”. Se da en forma similar a lo que viví en esa sala de espera o en tantas otras escenas que ojalá sepamos ver y valorar.

En cada taller ocurre esa suerte de iluminación sencilla pero rotunda cuando alguien, que está aislado y a la merced de sus dolores y pesadillas,  de repente recibe la presencia de otro que le dice algo así como “estamos acá, no estás solo, va todo bien…”.

De esas moléculas de amor está hecha la experiencia humana. A veces sale mejor, otras peor, pero la propuesta es generar un territorio para que recordemos que la alternativa de ayudarnos con onda está lista para ser servida.

Así las cosas, los miedos se diluyen, respiramos distinto y sabemos que somos parte de la red de nobleza que permite que los humanos sigamos haciendo nuestro camino, con el mejor combustible para continuar nuestros pasos.

MIGUEL ESPECHE
                                                                         Coordinador General

lunes, 11 de enero de 2016

JUNTOS

EDITORIAL

JUNTOS

Hace unos días leí una de esas frases que envían por Internet que decía lo siguiente:  “Estar juntos no es ser lo mismo”.

Como tantas frases que aparecen por ese medio, la dejé pasar sin más. Sin embargo,  a los pocos días, en momentos en los que estábamos en un grupo, esas palabras me vinieron a la memoria cuando  me di cuenta de que se parecían mucho a la frase que usamos en nuestro programa: “juntos, aunque no estemos de acuerdo”, si bien agrega, a la idea de “desacuerdo”, una noción de identidad diferenciada.
Es verdad que, como señala la frase de Internet,  a veces creemos que para estar juntos debemos ser lo mismo, como si el hecho de ser similares  nos garantizara la unión fraterna.

Cuando Campelo,  allá en los orígenes del programa, nos ofreció la frase “juntos aunque no estemos de acuerdo”, nos dio una referencia ética y esencial para salir de los atascamientos grupales que suelen producirse cuando lo que se desea es imponer criterios y ganar en polémicas para “homogeneizar” las cosas. La importancia de esa premisa, con el tiempo, se nos fue haciendo cada vez más clara, así como mayor es la gratitud que sentimos ante la generosidad conceptual de nuestro Coordinador General Honoris Causa.

 Tanto es así que a diario, cuando se “arma despelote” en los grupos,  pronunciamos la frase, y, al hacerlo, solemos serenarnos, saliendo del campo de batalla para atisbar que hay un “ algo”,  mayor que nosotros mismos, que “abraza” las aparentes o reales diferencias, generando un acompañamiento en el que no solamente “toleramos” al otro, sino que, en todo caso, lo valoramos como generador de una oportunidad de crecimiento, siendo que “crecer” sirve para pasarla mejor  en la vida, más allá de las durezas de la misma.

No digo que siempre nos salga bien. A veces la cuestión nos excede, nos “vamos al pasto” y pagamos las consecuencias del caso, pero son muchas las veces en las que la palabra “juntos” nos viene a rescatar de la batalla, para recordarnos nuestra condición de vecinos. Estar juntos es nuestro destino, y es por eso que llevar al máximo las alternativas pacíficas y vecinales para acompañarnos recíprocamente ayuda a la salud social y nos ahorra la mala sangre que solemos hacernos, sobre todo,  cuando  no prima el deseo de concordia por sobre el deseo de tener razón… e imponerla.

“Juntos” es una palabra que, si la sabemos entender, nos permite oler, casi de manera sutil, un aroma de cercanía que se distingue por debajo de las perspectivas disímiles y las identidades diferenciadas.
Esa palabra, que da cuenta del deseo de acompañarnos, se hace eje de referencia, una suerte de “querencia” a la que volvemos cuando nos alejamos demasiado en discusiones  en las que nos podemos perder, como aquel que nada mar adentro, sin darse cuenta de que se va demasiado lejos, corriendo el riesgo de que no le de el resto para retornar a la playa. Me hace recordar eso que suele decirse respecto de que hay frases de las que no se vuelve, lapidarias, imperdonables, absolutas…y el dolor que ese tipo de pronunciamientos suele producir, algo que, si recordamos a tiempo el “juntos”, quizás no debamos vivir porque sabremos parar a tiempo.

Estar juntos genera salud, aunque no sabríamos decir bien porqué. Es el misterio del acompañamiento, eso raro y maravilloso que ocurre cuando dos o más personas se unen para generar un estado de cercanía que involucra el deseo de hacerse bien recíprocamente.  De hecho, siempre señalamos que al sentir la presencia de los otros nos fortalecemos, inclusive cuando no se nos solucionan los problemas de cada día. Eso, a mi gusto, se debe al hecho de que lo que más valoramos es estar con otros, inclusive, por sobre la posibilidad de “tener la vida solucionada” que para muchos sería sinónimo de felicidad, pero no, no lo es.

Por lo antedicho, estar juntos es la clave, porque lo que une es encontrarnos a nosotros mismos a través del compañero de ruta, aun cuando no sea lo mismo que yo. Bueno…sí, es lo mismo, por cuanto es humano y vecino, pero de allí en más, lo que agrega valor es el “ser” diferente, otro, porque eso de andar acompañados por nuestra propia imagen en el espejo es aburrido, salvo que nuestro ego sea de esos grandotes…muy grandotes.

Juntos entonces, con eso que nos une y que no siempre sabemos nombrar, pero que se parece al espíritu de buena vecindad de cada barrio, esa solidaridad que permitió la prosperidad de la especie, más allá de todo. Juntos, en acuerdo o no, diferentes y a mucha honra, para pasarla bien en comunidad. Para eso estamos, existimos y hacemos grupos. Y así seguiremos por mucho tiempo.

MIGUEL ESPECHE
                                                                                 Coordinador General

domingo, 6 de septiembre de 2015

CARLOS CAMPELO NOS SIGUE ACOMPAÑANDO

Editorial
CARLOS CAMPELO NOS SIGUE ACOMPAÑANDO

Otro año más ha pasado desde aquel 15 de septiembre de 1997, cuando nos dejaba Carlos Campelo.
Es extraño, parece que fue hace tanto, y a la vez son tan vívidos los recuerdos de la parte de su vida que  compartió con nosotros, allá por los tiempos iníciales del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano.  

Desde aquel día, hace ya 18 años,  muchísimas personas se integraron a nuestro programa sin saber quién era aquel hombre que se nombra tanto en los talleres  y cuyas frases reales, y a veces apócrifas, nos tutelan cada día generando esa sensación  que nos sigue acompañando tras tanto tiempo de fallecido.

En general hemos sido sobrios en el recuerdo de su persona. Es que creo que es un deber priorizar la vitalidad de su legado expresado en actos, por sobre la noción “bronce” de su personalidad. A Carlos le gustaba ser reconocido, pero más le gustaba saber que su legado era una red comunitaria sustentable, que marcó y sigue marcando época dentro de lo que es la Salud Mental Pública de nuestro país. Por eso creo que la más noble y genuina memoria de Carlos Campelo se expresa en el hecho de que la red que fundó sigue vigente y saludable, en sintonía con su ética, la que ve al ser humano como un ser potente y deseante, unido a los otros de manera esencial a través de la “buena vecindad”.

Todavía cuesta imaginar desde dónde pudo sacar Carlos las fuerzas para ser tan original en su enfoque y en la puesta en práctica del mismo, dentro del paisaje de las instituciones ligadas a la salud mental en la órbita comunitaria. Para quienes nos interesa el trabajo desde la potencia ciudadana en clave de salud mental, es apasionante entender que, en un medio en el que lo comunitario muchas veces se asocia a la victimización y a la carencia, Carlos Campelo propuso hablar de lo que se puede, de lo que se tiene y, sobre todo, de lo que se quiere, a la hora de describir a una población que, aunque con problemas, no deja de ser saludable. Menos lucha, más gestación, civismo, ética, ganas, presencia, ley, amor… con esas u otras palabras similares en espíritu, Campelo generó una red que navega aun hoy  en esos valores, acumulando décadas con  gran entusiasmo.

Campelo en aquellos tiempos se las tuvo que ver también con el paradigma privatista de la Salud Mental, que veía en toda acción comunitaria un potencial  “filón” para derivar pacientes hacia consultorios individuales y pagos, como si esos nichos fueran la única manera de lograr salud. Él fue de los que prestigió el trabajo grupal y vecinal, promoviendo la salud desde un enfoque mucho más integral y abarcativo que el meramente asistencialista y profesionalista.
Demoraron los profesionales en darse cuenta de que promover la salud a través de una gesta solidaria de acompañamiento y ayuda recíproca no atenta contra nada, simplemente sintoniza con la esencia de la red anímica de cualquier pueblo, y desde allí, si alguien quiere hacer terapia, pues la hará, sin que jamás su participación en un grupo lo impida.
A la vez, como digo arriba, Carlos  navegó sin ahogarse entre voces que clamaban por lo popular, pero viendo en este concepto una lucha desde la queja y la descripción minuciosa de la impotencia, más que una acción ciudadana de solidaridad y afecto que pone en el compartir anímico la esencia de la salud comunitaria.

Campelo habló siempre de “gente pudiente”, lo que lo hizo sospechoso en los medios habituados a la condescendencia y a la victimización como rasgo de identidad de todo lo popular. Descubría el poder de la gente, ese poder cotidiano, franco, íntimo, básico, rotundo, que se ve en los grupos, en las acciones y afectos compartidos, y en la capacidad de potenciar el deseo de todos, que es lo mismo que potenciar las ganas de vivir, de crecer, de amar y trabajar para desplegar el alma en acción.
Describir a una persona o a un pueblo no es describir sus impedimentos y flaquezas solamente, sino sus deseos y posibilidades,  aun en medio del más adverso de los escenarios. Por eso creo que Carlos Campelo está todavía en vías de ser descubierto en su real dimensión, y será valorado del todo cuando no solamente se lo conozca por aquel que hizo los “talleres del Pirovano” sino como alguien que fue y sigue siendo uno de los pocos que, décadas atrás y cuando nadie promovía ese tipo de miradas, salió del discurso inteligente pero agobiado de la impotencia, para descubrir, aun dentro del dolor y la dificultad,  la semilla de salud que nos constituye.
Los que no lo conocieron, ven su obra y en ella descubren su espíritu. Lo ven también en la red de talleres, y en la vida misma, cuando ésta es percibida con los ojos del optimismo, la solidaridad, la capacidad de autocritica y la buena fe, valores del compartir que nos permiten estar juntos con entusiasmo.

Los años transcurridos nos corroboran que en ese estar juntos encontramos el sentido profundo de todo, sentido que no es una idea, sino una experiencia llena de vitalidad, sencilla, honda, cotidiana, trascendente y….linda, como un taller,  creado para compartir, pasarla bien, y oxigenar el alma al salir de la soledad,  junto a nuestros vecinos.

 MIGUEL ESPECHE
 Coordinador General

lunes, 20 de julio de 2015

EL PROGRAMA COMO UN ENTRETEJIDO DE ESCENAS

EDITORIAL

EL PROGRAMA COMO UN ENTRETEJIDO DE ESCENAS

Ellas se reúnen en una sala de la parroquia, pero el otro día, por no recuerdo qué razón, tuvieron que cambiar a otro de los ambientes del lugar. Allí, en esa sala más pequeña en la que hay un piano, se sienten más cómodas. El lugar es frío, pero ellas, las asistentes al taller que coordina Laura allá en Padua,  se sienten bien allí, al punto que una de ellas decidió llevar un calentador de ambientes y otra un mantel para cubrir una mesa y allí poner las “cositas” que llevan para compartir a modo de alimento. Es verdad que hace unas semanas hubo un paro que decidió al párroco a cerrar la iglesia, pero ellas, a la hora exacta, se reunieron en la escalinata del templo y allí, a pesar de que estaba un poco fresco, se sentaron y departieron haciendo una linda jornada de taller. 

En otro lugar, una señora se suma a un taller de teatro, pero no quiere actuar. Está allí, mira, pero no hace nada. ¿Qué la llevará a ir cada semana a compartir un espacio al que va, pero no para hacer lo que se supone que hay que hacer en un lugar así? No sabemos. Mira, a veces con rostro crítico, pero no actúa…misterio total…¿sabremos alguna vez qué la lleva a estar allí?

En otro grupo, los integrantes se enojan porque su coordinador no viene más. No saben qué pasa realmente, tironeados por las diversas versiones acerca del por qué de su partida. Lo apreciaban y no entienden qué hacen allí en el grupo otros coordinadores que aparecen para reemplazar a aquel que, por conflictos en su grupo de coordinadores, decidió partir. Igualmente cantan, porque es un taller ligado a lo musical, pero parece que, razonablemente, están enojados y no se sabe qué harán en el futuro, más allá de que ese taller posiblemente siga allí con alguien diferente que lo anime, para que siga la música. 

Las escenas que describo son eso: escenas, de las miles que habitan desde mediados de los años 80 nuestra red de talleres. Son el ADN de nuestro programa, el entretejido esencial de eso que llamamos “talleres”, la trama a través de la cual circula lo vital que habita en todo grupo de personas. El PSMB ofrece el escenario, los vecinos lo llenan de contenido.

Pero no solamente las tramas de hechos y emociones se remiten al territorio de los talleres, sino también  a los ecos que generan en las vidas de sus participantes, por fuera de la geografía “pirovanense”. 

Ejemplos personales: En el andén de la estación Callao del subterráneo una señora me increpa por causa de un conflicto en los talleres ocurrido hace más de 10 años. En una importante institución, en una reunión que nada tenía que ver con el programa, otra señora me agradece porque su madre participó de los talleres a lo largo de sus últimos años de vida, siendo feliz en ese compartir. 

En el taller de la página web un vecino se acerca para ofrecer sus conocimientos y “hospeda” nuestra página en su empresa de Internet de manera gratuita, mientras que en el grupo de prensa otro vecino, compañero coordinador, enseña a otros de qué se trata Facebook y cómo usarlo de la mejor manera para potenciar nuestros talleres. 

Una mujer encuentra sosiego en un taller en la Biblioteca Nacional, otros vecinos van a los talleres, pero no le dan bolilla real a los grupos, porque lo único que quieren es encontrar pareja, pero, como se sabe, con esa actitud es más que difícil encontrar pareja. 

El Gran Barrio es un entretejido de escenas. Miles de ellas. Duras, amables, dulces, terribles. Son situaciones que tienen un eje en común: se viven en comunidad, se transitan junto a otros, quienes testimonian ese acontecer. Nosotros, en el Programa de Salud Mental Barrial, creemos que eso es bueno.

Los grupos son eso: grupos. Pero además de serlo, en nuestro programa son parte de un cuerpo, una suerte de aldea forjada alrededor de la ayuda mutua, la solidaridad, la salud y el deseo de potenciarnos desde lo que somos. Dentro de ese cuerpo, las escenas, de a miles, forjan el día a día de todos, agregándole condimento, aventura, valor, a una vida que sería desabrida sin escenas, sean éstas del tenor que sean, para que despleguemos nuestra humanidad con ganas, tejiendo entre todos la gran novela del mundo.


                                                                                               Miguel Espeche
                                                                                          Coordinador General

miércoles, 18 de febrero de 2015

La última palabra

Cuando alguien ingresa a cualquiera de nuestros talleres, debe saber que en esa reunión el que tiene la última palabra es el coordinador.
Deberá saber que es algo muy bueno que eso así sea, porque sino todo sería un lío.

La autoridad del coordinador lo habilita, entre otras cosas,  a marcar rumbo de las temáticas del grupo, ejercer el derecho de admisión y vincularse con las autoridades del lugar con el fin de contribuir a que se guarde el buen orden dentro del grupo, el que, se sabe, es una representación de todo un programa esencialmente solidario y bastante grande e interesante, como lo es el Programa de Salud Mental Barrial.

En esa línea, la palabra del coordinador es la última. Y lo es en el sentido de que marca el punto desde el cual las cosas van a seguir dentro de la dinámica del grupo, priorizando algunos elementos por sobre otros, según el saber y su entender del que conduce la experiencia.

Nosotros en el Pirovano valoramos mucho el “saber y entender” de los coordinadores. El mismo es importantísimo, porque es la medida del éxito o fracaso (si es que el fracaso existe) de un taller. Sin un coordinador que sepa algo y entienda también algo, no iríamos a ningún lado y, si existiese un grupo con un coordinador que no se afirmara en su saber y entender para, desde allí, conectarse con la experiencia compartida, dicho grupo en breve quedaría diluído y estéril.

A veces ocurre que alguien (coordinador o participante de algún taller) confunde aquello de la última palabra con la única palabra. Cuando eso ocurre, se arma jaleo, en versión altisonante,  o versión calladita pero corrosiva.

En realidad, la última palabra es una palabra habitada, en cuyo ADN se percibe rastros inconfundibles de las palabras precedentes pronunciadas por los miembros del taller, incluyendo al coordinador mismo. Es decir: en la última palabra habita la penúltima, la antepenúltima, y así sucesivamente, en dosis y proporciones que son decididas por el coordinador.

En la única palabra, lo que se percibe en el ADN es que nada de lo que los otros han dicho habita en ella, por lo que es una palabra que suelen preferir los tiranos, los tontos y los malos, para jorobar a la gente y dominarla cual objetos que sean una extensión de sí mismos. Es que la única palabra es la palabra que no tiene prójimo, es una palabra desolada y vampírica que no tiene vecino, y es propia de aquellos que usan a los demás para tener una pared en blanco sobre la cual descargar sus pensamientos, los que se tornan estériles al no tener deseo de ser fecundados por lo que los otros tengan para decir.

La única palabra está vacía de toda curiosidad, solo quiere afirmarse a sí misma, por lo que suele ser insufrible o, en algunos casos, seductora cuando lo que se desea es que otro se haga cargo de las escenas para así evitar la propia responsabilidad de protagonía.

Por suerte, acá en el programa valoramos la última y no la única palabra. Cuando un coordinador apunta a tener la única palabra su taller se vacía de sentido y, generalmente, de gente. Cuando un participante apunta él a su vez a la única palabra, su participación es precaria, tensa y aburrida, cuando no violenta.

La última palabra,  bien pronunciada por el coordinador de un grupo, puede ser rotunda y cortar de cuajo alguna situación desmadrada. De hecho, cuando eso ocurre lo que sentimos es una sensación importante de paz, como cuando en una reunión de consorcio alguien, en uso de sus facultades, decide algo de una buena vez de manera nítida; o cuando vamos a un restaurante y vemos que un padre o madre en la mesa de al lado corta de cuajo algún llanto histérico de un hijo díscolo. En este terreno de lo metafórico, también podemos decir que la última palabra es como cuando por fin llueve, tras horas y más horas de calor, nubes y mortal humedad. Esa lluvia, generalmente precedida por un trueno de aquellos, alivia y ordena el mundo tanto como el “¡basta!” bien dicho de una madre a su alterada prole.

A no dudarlo, cuando alguien quiere licuar la autoridad de un coordinador, lo acusará de tirano. Pasa bastante. En general, los acusadores son personas que quieren tener ellos la última palabra (en realidad, la única), como cuando los hijos adolescentes nos quieren complicar la vida pero, a diferencia de éstos, que lo hacen para crecer poniéndonos a prueba, los que quieren adueñarse de la última palabra de un grupo sin ser los habilitados para ello, son los que en épocas de Campelo se llamaban “personas con problemas con la autoridad”.

Ni qué decir cuando en un grupo se arma una puja por imponer la única palabra....el clima se pone denso y dan ganas de irse: muchos argumentos en batalla silogística, pero nada de vínculo y común-unión, ausencia que, sabemos, mata el entusiasmo y las ganas de estar, y llena de bostezos las reuniones.

A los fines de ayudar a los coordinadores y, a su través, a los miembros de los grupos, lo que ocurre en el animador dentro de su grupo es revisado con sus compañeros animadores en las reuniones de coordinadores. Allí la última palabra de un taller de ayer, puede ser la palabra inicial del taller de mañana, fertilizada por el intermedio de los compañeros-pares de ese animador, quien retornará  la semana siguiente al taller que coordina nutrido por sus propias reflexiones y las de sus compañeros.
Es así que, si lo pensamos bien, la última palabra absoluta al fin de cuentas no existe, aunque podemos imaginar que en el final de los tiempos la encontraremos. Bueno, mientras esos tiempos finales van llegando (para lo cual en lo personal no tengo ningún apuro), las palabras circulan y circulan, en un juego fértil de intercambio.

En lo que a talleres respecta queda claro: la palabra final a ser dicha en ese espacio definido, es del coordinador, quien asume esa responsabilidad, ayudado por un programa que lo respalda y acompaña en su proceso.

Ordenados por esa premisa, todas las palabras tendrán su lugar correspondiente y, ¡maravilla! se abrirán las posibilidades de escuchar las palabras de otros, algo muy aconsejable por cierto, ya que no todo es decir en esta vida, sino también lo es escuchar el decir del otro que nos acompaña y nos nutre con el lenguaje de su vivencia.


                                                                            MIGUEL ESPECHE
                                                                            Coordinador General

Editorial del Coordinador General publicada en el Boletin del PSMB de Enero 2011

lunes, 22 de diciembre de 2014

LA ALDEA

EDITORIAL 

LA ALDEA 

Cada vez  que estoy en el hospital o sus adyacencias, saludo gente.
 En la vereda, en los pasillos del hospital, en los bares aledaños…  con gestos, con un “chau” o con besos y apretones de manos, ese andar se “afectiviza”, se llena de rostros de personas que, de distintas maneras, le dan humanidad y nombre a mi andar.

Algo parecido ocurre en los pueblos chicos, en donde el anonimato no existe, todos saben el nombre de todos y saludan, mucho, durante todo el día, ya que cada transeunte es un vecino que tiene nombre e historia compartida.

Verdad es que no vamos a idealizar a los “pueblos chicos”  y que eso de nunca pasar desapercibido puede ser medio pesado en ocasiones, pero la verdad es que, cuando uno es engullido por la gran ciudad, ve miles de personas por día, pero saluda menos que si estuviera viviendo en una pequeña aldea.

El Programa de Salud Mental Barrial quizás cumpla esa función…la de aldea. Quizás sea un espacio en el que podemos honrar esa cualidad aldeana que nos pide ser parte de una “red social” real, no virtual, en donde se despliegue lo que somos, y en la cual podamos encontrar afinidades, afectos, discusiones, chismerío e historias, muchas historias humanas que compartir, esas que son “la sal de la vida”.

No se trata solamente de los talleres, sino de la red de grupos, de las interacciones que se dan cuando de ser islas pasamos a formar parte de un archipiélago, como decía Thomas Merton, un interesante autor que tenía intuiciones similares a las que forjaron nuestro programa.

No es que somos todos amigos, ya que no se trata de solamente vivir lo placentero y amable,  sino que a veces pertenecer a nuestra “aldea” nos permite tener también enemigos, rivales, peleas, reconciliaciones, entendidos y malentendidos, pero siempre juntos,  para que la novela de nuestra vida sea más interesante que un campo sembrado con monocultivo.

La ciudad es, justamente, un espacio de soledades compartidas si no nos movemos para despertar a nuestra humanidad “aldeana”, esa que nos da nombre, lugar, afecto, pertenencia y la agradable noción de que existimos en un espacio que va más allá de nosotros mismos, por eso de estar en el corazón de nuestros compañeros de ruta.

Los edificios a veces son altos y fríos, las veredas a veces están tomadas por el miedo, los parientes viven lejos, la vida nos llevó por lugares nuevos y por eso quedó atrás el lugar de nuestro origen… Si lo miro desde un tinte melancólico, de cierta manera la ciudad es un espacio de exilios, porque nos llama a alejarnos del afecto, nos convoca a producir bienes y servicios sin pausa, nos parapeta, y nos hace desconfiados…

Si, ya sé, lo anterior es, como dije, una mirada un poco árida de esta ciudad de Buenos Aires, pero nadie puede decir que no es parte de lo real, si bien esa idea del exilio no honra algunas ricas posibilidades que la ciudad nos ofrece.

El programa es, justamente, una posibilidad que la gran urbe ofrece para recrear la aldea, la red de afectos, la pertenencia, la referencia que nos nombra y da sentido, sacándonos del exilio mencionado. Es un reflejo de esa Patria, que es, a la vez, el otro que está con nosotros, y el universo de nuestra interioridad, de la cual a veces huimos por eso de ser “duros” en un mundo desangelado.

Los talleres son esos fueguitos que mantienen el calor de lo comunitario, en clave intimista. Y la unión de esos talleres forja una aldea silenciosa, con gente que se conoce, con historias que circulan, con amores furtivos o no, con rencores que podrían escribirse en la más negra de las novelas a la vez que, con otra mirada, podrían formar parte de la más cómica comedia costumbrista. Y lo lindo es que nos permite ser protagonistas de eso, no solamente espectadores.

Es verdad que la ciudad tiene otros lugares que también ofrecen pertenencia. Pero éste es, a mi gusto, de los más lindos. Es una linda aldea la del Programa de Salud Mental Barrial. Al ver los rostros, los afectos, al escuchar las historias, los chismes, las epopeyas y las tragedias que habitan este territorio, me da alegría la fortuna de ser habitante de este pueblo y su peculiar trama.

Eso es salud…también. Salud espiritual, cultural, emocional, nacional, aldeana… Es reconocer la raíz aldeana de nuestra humanidad, ya que sin ella viene el antes mencionado exilio, el que nunca podrá ser compensado con teorías o devaneos retóricos.

Desde esa aldea, creceremos y haremos nuestra vida. El hospital hospitalario, el Pirovano, ofrece esa oportunidad de ser con otros…ofrece la oportunidad de saludar gente, saber nombres, tejer historias y sabernos habitantes en el corazón de otros, esos otros que, a su vez, habitan en nuestro corazón y son nuestro tesoro más preciado.


MIGUEL ESPECHE

Coordinador General

lunes, 21 de julio de 2014

LOS TALLERES COMO CEREMONIA

EDITORIAL


LOS TALLERES COMO CEREMONIA


Hace algunas semanas nos dimos cuenta que los talleres son como ceremonias. Nos percatamos de ello en el grupo de animadores de los viernes a la mañana, cuando pensábamos y hablábamos de cómo vivimos esas experiencias que, semanalmente (casi todos los talleres son de frecuencia semanal) nos reúnen en un tiempo y en un espacio determinado para compartir algo de nosotros.

Ocurre que cuando vemos al grupo como una cantidad de gente que se junta cuando logramos “manejar” las cosas de forma tal que “reclutamos” una determinada cantidad de individuos, las cosas se vuelven opacas, “técnicas” ,y todo pareciera abrir las puertas al marketing, al encontrar el título que “pegue”, a percibir la demanda y pretender satisfacerla… todo menos percibir en el grupo un espacio de vida con alma incluida, alma sin la cual no habría razón de ser para toda esta movida de los talleres.

Por eso lo de ceremonia. Es que sin duda hay algo de ritual en nuestros talleres: ubicamos las sillas, nos saludamos, confiamos en que el encuentro se realizará ese día y en ese lugar, tenemos una serie de formas que respetamos… todo en derredor de un propósito bueno, saludable, que sobrevuela por sobre esa reunión de vecinos con ganas de compartir.

 Hay un ritmo en el taller, una cadencia, una suerte de música emocional que se va forjando a medida que el grupo se afianza, las personas se conocen, tanto a sí mismas como a los que acompañan en el viaje grupal. Las ceremonias son así, una alianza entre lo predecible y lo profundo, entre el acto que se repite siempre igual, y la aventura de ahondar en las cosas humanas, compartiendo con otros.

Toda ceremonia tiene su “alma”, ese intangible que le ofrece eje y sentido. Quizás el nuestro sea el deseo de salud, de acompañamiento, de bien común… Hay un sentido profundo que entrelaza, aunque sea por esa hora y media, el destino de quienes están allí, en el taller. De hecho, ya que se confíe en que el taller está allí, en ese horario, en ese lugar, con ese coordinador y perteneciendo a esa red de salud, ya eso, digo, sana, acompaña, sosiega, durante el tiempo en el que no se está en el grupo. Es como el faro, que te guía aun cuando no estés cerca de él, aun cuando por momentos se apaga, vos sabes que existe luz, y eso ya te libera del totalitarismo de la oscuridad.

Mil veces imagino a los talleres como reuniones que se realizan en derredor de un fueguito, o de una mesa en la que se comparten  alimentos…son formas que aparecen en mi mente a la hora de imaginar eso que ocurre en nuestros grupos, aunque a veces hay gente que cree que en ellos tan solo se conversa y se “arreglan problemas”. Los talleres a veces reparan como el taller al que llevamos nuestro auto a arreglar, pero, sobre todo, se parecen más a los talleres de orfebres, aquellos que transforman el metal duro y crudo en una obra que le da a ese metal una forma humanizada.
  
Es verdad que casi todos miran a los talleres de salud mental comunitaria como espacios “técnicos” de reparación de problemas, de resolución de conflictos, de intercambio de consejos o de “contención emocional”. Como dije antes, no digo que los grupos de nuestro programa no actúen de esa manera. Pero esa mirada prescinde de una perspectiva mucho más plena, que es la que entiende a los talleres como ceremonias en donde lo que ocurre tiene una mística que le da otra luz a la experiencia.

Una ceremonia es, reitero, un ritual predecible, rutinario, y, a la vez, una ventana a la trascendencia. Como lo es, por ejemplo, la ceremonia de llevar a dormir al hijo y contarle un cuento antes de darle el beso de las buenas noches. Puede ser el mismo cuento siempre, pero no importa, es, justamente, eso lo que el chico desea: que el cuento sea igual, para sentir, paradojalmente, la plenitud del mundo…pero sin miedo.

A la hora de abrir un nuevo taller, generando toda la movida previa que requiere para descubrir el deseo que lo concibe, y la movida posterior para promoverlo, apostamos a que sea entendida la importancia del aspecto ceremonial del taller.

Esa intimidad de las ceremonias sentidas ilumina el espacio del grupo, y lo hace saludable y poderoso, aun cuando sea un grupo pequeño.

 Por eso, a la hora de andar por allí, en zonas del hospital o alrededores, cuando vea un grupo de los del programa, mírelo bien, con respeto. Es una ceremonia disfrazada de reunión de bar o de pasillo de hospital. Si lo ve así, verá de verdad y entenderá por qué hace tanto tiempo los talleres andan por acá, convocando a los vecinos para crecer en su salud con ganas y en nombre de lo mejor de nuestra comunidad.


                                                                       MIGUEL ESPECHE
                                                                     Coordinador General



martes, 27 de mayo de 2014

Presentación del libro "Al coordinador de grupos, con cariño"


Felisa nos trae en este nuevo libro, una continuación de su pensamiento expresado en su escrito anterior "El arte de la ayuda".   En este texto,  nos invita  a mirarnos cómo estamos en nuestro rol de coordinadores y promueve un camino posible para que seamos mejores coordinadores en el sentido ético-moral que corresponde. Si estamos "abiertos" a lo expresado en este libro, nuestro andar pirovanesco se verá facilitado.

No es un libro de "autoayuda" (no hay recetas) ni pretende ser un "best seller", sino que intenta sugerir caminos posibles de crecimiento de nuestro potencial como coordinadores.

La   personalidad multifacética  de la autora y su vasta experiencia en el escenario grupal nos da un testimonio de su propia "verdad" que podrá ser discutida, cuestionada, pero que debe ser reconocida por su autenticidad en la exposición de la misma a través del desarrollo del libro.

Carlos Amorin

Presentación del libro "Al coordinador de grupos, con cariño"
Autora: Felisa Chalcoff
Sábado 31 de mayo 17hs
Asociación Argentina Programa SAT
Santos Dumont 3752

lunes, 19 de mayo de 2014

EL MALENTENDIDO

EDITORIAL


EL MALENTENDIDO

Es habitual que en toda empresa comunitaria existan malentendidos. Nuestro programa no está exento de ellos, si bien permanentemente propiciamos espacios dentro de los cuales podemos apuntar a lograr claridad, acuerdo y aceptación dentro del intercambio vecinal.

Uno de los malentendidos habituales que surgen dentro de nuestro programa es respecto de sus incumbencias y obligaciones. Es esperable este tipo de circunstancia, ya que claramente nuestro programa es diferente en lo que hace a la labor hospitalaria, mayormente definida hacia el plano de lo asistencial y preventivo, mientras que el PSMB  apunta a una labor de promoción de Salud, es decir, trabaja con población sana y, por lo tanto, potente.

Lo antedicho permite entender por qué muchos vecinos se acercan al programa con una actitud de demanda que es pertinente quizás a otro tipo de tareas de salud, ya que lo que aquí hacemos no es psicoterapia, no es asistencia profesional y no remite a las habituales prácticas atinentes a servicios profesionales, dentro de los cuales se ponen en juego protocolos y obligaciones muy distintos a los que corresponden a una tarea de vecinos que tienen a la conversación como fuente de encuentro.

El  encuadre del PSMB está basado en el entusiasmo, la potencia  y la solidaridad, no en la deuda o la demanda. De allí que todas nuestras actividades apunten al intercambio desde lo que se puede, lo que se tiene, lo que se quiere, y no desde lo que falta, se necesita y se exige a modo de demanda. Por eso, ante el malentendido habitual de demandar al programa cuestiones que no hacen a su abordaje de la salud, siempre es bueno remitirse a los principios que posibilitan la existencia de una acción como la que desplegamos, a la vez que los servicios psicoterapéuticos o de asistencia general (por ejemplo, los que tiene el Servicio de Salud Mental del hospital) se hacen cargo de aquello que requiera asistencia profesional, urgencia, o acción preventiva.

En el texto de bienvenida que figura tanto en el boletín como en nuestra página web, se hace público el siguiente texto en relación a la apertura y cierre de talleres:

El Programa, a través de su  sistema de autoridad, evalúa y apuntala la apertura de los talleres, ofreciendo sostén y referente a los animadores, cuidando rigurosamente el espíritu de la tarea convocante y la ética de la misma. En los casos en los que, a través de la labor con los animadores y la autoridad hospitalaria, se perciba que algún coordinador no cumple con los requisitos éticos y operativos esenciales para ser animador, el PSMB lógicamente retirará la pertenencia a dicho animador y, eventualmente, si no fuera posible su reemplazo, cerrará el taller o lo considerará fuera de la red.  En esos casos, pocos por cierto, se les comunica a los usuarios la razón de dicho cierre y se los orienta a qué talleres dentro del programa pueden concurrir. 

Obviamente lo que decimos es que a los talleres los cuidamos, y que por eso nos podemos llamar “programa” y no somos tan sólo un “rejunte” de talleres sin un eje ético que proteja la calidad de los grupos y los asistentes a los mismos.

El programa considera sanas a las personas que asisten a los talleres, no desvalidas o impotentes. Si así no fuera, si se viera en los vecinos a seres carentes, incapaces, frágiles y tan solo víctimas del destino, no podría existir la red de talleres, ya que todos ellos deberían, en ese hipotético caso, remitirse a los servicios asistenciales que tratan la enfermedad o las de protección al desvalido, algo que, insistimos, no es el área de incumbencia de nuestro programa.

Cuando un taller debe cerrarse, por ejemplo, porque su animador no cumple con alguno de los requisitos de nuestro programa, lamentamos la circunstancia, a la vez que confiamos en que los asistentes a dicho taller podrán apuntalarse en otros grupos del programa, entendiendo que si el Comité de Conducción toma una decisión de tal magnitud (teniendo en cuenta que no es habitual que eso ocurra) buenas razones habrá para que tal determinación se haya tomado.

La tarea comunitaria se basa en la buena fe y la confianza, sin la cual la salud anímica pierde sustento. El programa apunta a garantizar esa buena fe y esa confianza, contando para ello con incontables talleres dentro de los cuales las actitudes de sus miembros se transparentan en el intercambio. Tal el caso de los Talleres de coordinadores, dentro de los cuales aquellos que tienen grupos a su cargo transparentan su deseo, su intención, su afán de integrarse a una red de prójimos o, por el contrario, su deseo de usar egoístamente esa red de prójimos con la idea de generar su propio emprendimiento individual.

Desde hace más de 20 años esta manera de compartir ha rendido excelentes frutos. El espíritu solidario y optimista de los talleres perdura gracias a que cuidamos su ética a través del intercambio permanente dentro de todos los talleres, sumando miradas y abriendo juego a la circulación de la perspectiva de todos.

Por eso, aquel malentendido acerca de lo que debe y no debe hacer el programa merece ser diluido a fuerza de claridad. Aquí no hay empleados que deban obediencia a los usuarios, no hay mala praxis profesional en los talleres porque no hay profesionales en ellos, no hay “abandono de persona” porque siempre hay grupos dispuestos a acompañar a quien lo requiera y no hay conocimiento profesional de lo que es enfermedad, porque los vecinos no tienen conocimiento técnico ni incumbencia en lo que hace a diagnóstico y tratamiento, ya que son eso: vecinos, que acompañan con buena voluntad las circunstancias de otros vecinos que se acercan a los talleres.

Entusiasmo, ganas, solidaridad, paciencia, orden, sentimientos…amor. De eso y más todavía se nutre el programa a la hora de acompañar a los que se acercan. No es poco, por cierto, y de allí que tantos hayan pasado y sigan pasando por los talleres.
Entender lo antedicho hará que se disfrute el paso por el programa, a la vez que, si se desea otro tipo de servicio, se pueda acudir al área pertinente para lograrlo, sin pedir al programa lo que no le corresponde como tal ofrecer.

El malentendido así abre las puertas al disfrutar la compañía de los otros, ofreciendo y recibiendo, en sano intercambio. Ese intercambio que nutre el amor social sin el cual nada seríamos, ya que no somos islas, sino red, y acá en el Pirovano estamos para recordar y poner en práctica esa verdad esencial que nos constituye.


                                                                                            MIGUEL ESPECHE
                                                                                          Coordinador General


VIVIR LA CASA- Presentación del libro

Es una compañera que se animó a escribir sobre "Vivir la Casa" Cómo nos refleja, situaciones vividas, infancias asociadas a algún lugar de la casa, lugares preferidos, vínculos que se tejen bajos sus techos, etc.
Animate  a pensar que  refleja tu casa de vos.


La presentación del libro se realizará conjuntamente con las autoras y la participación de Lic. M.  Espeche y Felisa Chalcoff
 Miércoles 21-05  a las 19:00 hs.
Zabala 1837  Primer Nivel Inferior.   Cap.


martes, 4 de febrero de 2014

El prestigio del Coordinador

EDITORIAL

El prestigio del Coordinador

Siempre es interesante echar a circular con nueva vida a viejas palabras que ya no se usan mucho. Es un lindo “deporte” que permite pensar las cosas a la luz de su significado primordial, despertando del sopor que producen las palabras usadas demasiado comúnmente, esas que, no por culpa de ellas sino por su mal uso, terminan vaciadas de contenido.

Una de esas palabras es “prestigio”, vocablo que me gusta utilizar a la hora de nombrar una de las características que acrecientan la potencia del animador de grupos.
Busqué en el diccionario, a ver si éste me agregaba algún elemento (suele suceder) y acá copio con qué me encontré: prestigio.(Del lat. praestigĭum).1. m. Realce, estimación, renombre, buen crédito.2. m. Ascendiente, influencia, autoridad.3. m. p. us. Fascinación que se atribuye a la magia o es causada por medio de un sortilegio.4. m. p. us. Engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan al pueblo.

En verdad, me encanta que los animadores de nuestro programa puedan sostenerse desde el prestigio. Esto me interesa más que el hecho de que se sostengan a fuerza de normativas y acciones automatizadas para encontrar su fuerza como autoridad del grupo al que coordinan.
Hay cosas que no convienen hacer si el deseo es mantener “realce, estimación, renombre y buen crédito” entre los miembros de un grupo, manera de lograr “ascendiente, influencia y autoridad” a la hora de cumplir con la tarea.

Desear estar allí donde se está, irradiando (cada uno en su estilo) entusiasmo es una de ellas.  Eso acrecienta la noción de que el grupo es querido por su fundador, lo que enaltece la reunión, tornándola rica, potente.

Otra manera de cuidar el prestigio es que el deseo de coordinar no tenga finalidades ulteriores, que el gozo por estar allí sea el pago mismo de la acción, no un “medio mediante el cual” se desea lograr otra cosa, diferente a la enunciada en el título del taller. Esto se notaba mucho, por ejemplo, cuando, en los tiempos primeros del programa, algún coordinador hacía un grupo para llevarse a sus miembros como pacientes, o cuando algún otro generaba la reunión con el fin de “conseguir chicas”, algo de muy mal gusto que ocurrió alguna vez y, transparentado, fue fulminante para el prestigio del señor del caso, quien debió partir no tanto por el hecho de salir con alguna persona del grupo (al no ser profesionales de la salud, las prohibiciones no corren en el PSMB, pero ello no implica que no desaconsejemos fuertemente que eso ocurra) sino porque se hizo visible que no quería a su grupo por lo que el grupo era convocado, sino que lo utilizaba como coto de caza, algo, insisto, letal para el prestigio del señor.

El PSMB pretende no manejarse con muchas reglas, dado que es sabido que a mayor cantidad de reglas, menos fuerza tiene el deseo entusiasta y más el automatismo reglamentarista. Eso sí, las pocas reglas que tenemos deben ser cumplidas a rajatabla.

En tal sentido, tenemos un elemento normativo esencial que hace que sea difícil que el prestigio de un coordinador se sostenga en alguna de las dos últimas acepciones de la palabra según indica el benemérito diccionario de la RAE, ligadas a la fascinación del sortilegio o al Engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan al pueblo.

La norma es que acá, en los talleres del Pirovano, todo es público. La mirada iluminada por la luz del sol impide que se expandan ilusiones “embobantes”, y se nos llene el lugar de mercachifles y prestigitadores vanos.

Cuando decimos que todo es público, señalamos que los movimientos dentro del programa están sujetos a la revisión que se dé a los mismos a la luz de algún grupo.
Al revisar el “para qué” vemos con qué intención se hace lo que se hace, y se evalúa eso, no tanto si se viola o no alguna prohibición.

Y acá vuelvo al inicio, cuando decía que el prestigio del coordinador palpita al son de su entusiasmo por la tarea. Si el animador respeta y valora sus grupos (tanto el que coordina, como el de animadores al que concurre), sin fines ulteriores, su “para qué” será bien diferente de aquel que tenga intenciones espurias. Y eso se ve, se transparenta cuando todo, tarde o temprano,  se hace público.

El prestigio no es una careta, sino un espíritu que se expande en acciones y actitudes. Tiene mil formas, pero todas ligadas al bien comunitario. Es más que una mera imagen, sobre todo, cuando el hacer es lo que genera palabra, y no cuando la palabra, sin el sustrato de la acción real,  genera embobamiento o engaño.

Sostener el prestigio, entonces, es una tarea grata, que nos mantiene despiertos, vivos, y honestos respecto de nuestras intenciones y logros. Vale tenerlo en cuenta, para que nuestros grupos sigan el camino saludable, el camino en el cual lo mejor de nosotros se ofrece a la luz pública.


                                                                MIGUEL ESPECHE
                                                                Coordinador General


Editorial del boletín Enero-Febrero 2014