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domingo, 1 de septiembre de 2019

El dolor compartido

No haremos referencia a situaciones particulares, que las hubo y las habrá. No hace falta darle nombres o señalar circunstancias puntuales para compartir reflexiones  respecto de eso que en toda vida humana tarde o temprano aparece: el dolor de la tragedia.

 Es que siempre en algún momento de la vida aparece, implacable, a través de una pérdida, una calamidad que nos enluta, el desgarro o el azoramiento ante la enfermedad, la injusticia, la violencia que nos hiere de golpe, el repentino desamparo…. Nada de lo que hagamos nos salva de la llegada, en algún momento,  del penar y de la zozobra, y tampoco lo hace respecto de los misterios a veces crueles que hacen a nuestra humana condición.

Diría, sin embargo,  que los humanos estamos diseñados para soportarlo. Ese dolor enorme que implica la muerte de un ser querido, por ejemplo, parece tan grande como el Universo mismo y, sin embargo, desde nuestra pequeñez como seres humanos, muchísimas veces nos vemos capaces de soportarlo, de darle algún sentido, de convivir con él de maneras que, al principio, parecen imposibles.

Lo que pasa es que, si bien nada nos salva de la llegada de la herida en algún momento de nuestra vida, eso no nos hace impotentes, ya que podemos, sin dudas,  hacer mucho ante esa circunstancia.
Ocurre que el diseño de nuestra humanidad está forjado de forma tal que el dolor tiene que ser vivido, al menos en parte, de forma comunitaria. La fragilidad de nuestra condición como seres que pueden morir, enfermar, enfrentar calamidades, y tantas otras cosas, solo es soportable con otros cerca nuestro, otros reales o espirituales que ofrezcan una referencia, un hombro, un sentido, una vivencia de pertenencia que nos humaniza cuando nos sentimos objetos de los caprichos de un destino lleno de crueldad.

Contar con redes de familiares, amistades, compañeros, vecinos… nos hace fuertes ante el infortunio. Desde tiempos inmemoriales el ser humano se ha reunido para diluir en la comunidad esa sensación de desamparo que agobia cuando algo “malo” pasa. Siempre digo que el dolor al principio trae una vivencia de destierro, de exilio, como si la irrupción de la muerte o la enfermedad, por ejemplo, nos expulsara del reino de los semejantes, lo que duplica la pena, sin dudas.

En cambio, cuando frente a una calamidad alguien viene y de corazón dice o realiza en acto aquella vieja y sabia frase:”te acompaño en el sentimiento” algo distinto pasa, porque ese acompañamiento no evita la fuente  del penar, pero sí restituye al penante al mundo compartido, sacándolo de aquel mencionado exilio.

La vida urbana, la merma de la cotidianidad barrial, los familiares lejos o alejados, nuestras propias conductas a veces individualistas que nos dejan aislados en pos de un proyecto desapegado…todo eso atenta contra la fortaleza que podemos tener ante los momentos duros que tarde o temprano aparecen.
 Por eso, para restaurar en idea y acto esa vieja y atávica posibilidad humana de compartir, se generan redes nuevas, fraternidades antes impensadas, compañerismos que se forjan a lo largo de los nuevos caminos que se emprenden cuando uno se cansa de vivir aislado, sin hombros sobre los cuales llorar, sin nadie que alcance un pañuelo cuando aparecen las lágrimas… o nadie que nos despierte cuando nuestros propios pensamientos se oscurecen y  nos hipnotizan, tapando ese sol que, como decía la canción, siempre está, pero es eclipsado por la desesperanza que nos atrapa y nos hace creer que sus razones son más fuertes que la luz del mediodía.

El Programa de Salud Mental Barrial es parte de ese reencuentro que restaura lo mejor de nuestra especie. No inventó nada, simplemente lo re-crea. Volvernos a tenernos los unos a los otros, más allá y más acá de nuestros defectos y flaquezas. Es una forma de retornar del destierro, del aislamiento, y hacernos fuertes por ser con otros, agrandando el alma, para en ella encontrar la fuerza que hace que, siendo tan frágiles, a la vez seamos tan fuertes.

                                                                                                               MIGUEL ESPECHE
                                                                                                   Coordinador General del PSMB

martes, 2 de octubre de 2018

EDITORIAL


EDITORIAL
                      LA SOLEDAD Y SUS FORMAS
Llegar a casa y escuchar el silencio que indica que nadie, salvo nosotros, vive allí, se puede experimentar de maneras diversas.
En ocasiones con alegría, pues al fin llegamos a ese silencio reparador, el lugar en el cual estamos tranquilos, lejos de tanta vorágine y exigencias.
 El vaso, el florero, el libro, los platos lavados o sin lavar y el control remoto de la televisión están donde los dejamos, sin que nadie haya intervenido. Encontramos todo en donde estaba, no hay que responder a nadie, hacemos pura y exclusivamente lo que queremos y sentimos paz y sosiego.
En otras ocasiones, esa misma circunstancia es vivida con tristeza, como un frío que acongoja y donde se anhela a alguien que, aunque desordene nuestra vida traiga calor a ella.
Algunos dirán que una soledad es “buena” y otra “mala”, y posiblemente tengan razón, aunque la soledad en sí misma es lo que es, y lo bueno o no tan bueno de ella está en la manera en cómo la experimentamos.
La soledad “buena” es quizá, esa elegida una vez que hemos compartido nuestra vida, criado o no a nuestros hijos, o después de habernos desarrollado profesionalmente con éxito y sentimos que llega el tiempo del descanso, del sosiego y de la simplificación de lo cotidiano.
La soledad “mala” es quizá, esa que como un destino impuesto nos abruma en clave de nostalgia o anhelo insatisfecho, donde las presencias que alguna vez llenaron nuestra vida ya no están.
Cuando sentimos que tenemos amor para dar, pero no sabemos cómo compartirlo podemos quedar encerrados con el alma aislada en el silencio y la futilidad de una vida donde la energía no circula.
En la ciudad los edificios nos aíslan y la calle es de nadie, sobre todo, porque somos tantos que tendemos a refugiarnos en nuestra guarida, echando cerrojo al corazón por aquello de que la calle es peligrosa y estamos muy ocupados.
En los pueblos no es fácil esconderse, está la plaza, el club, la red de comadres o el vecino que nos saluda apenas salimos a la calle, si bien no es cuestión de idealizar esos pueblos, las cosas allí se viven de otra manera, menos anónima, por cierto.
Los que saben suelen hablar de la importancia de las redes de pertenencia que nos dan el contexto para sentirnos lo más plenos posibles. La soledad “mala” es aquella que aparece cuando perdemos esas redes, sean familiares, afectivas, sociales, culturales, o las que se les ocurran.
Como decía antes, el pecho duele de tanto amor para dar, pero no hay red que lo reciba. Y el deseo de escuchar al otro, ofrecer lo que sabemos y recibir lo que sepamos recibir nos hace recordar, aun con dolor,  lo humanos que somos.
Por eso cuando se rompen redes y aparecen soledades, simultáneamente también se crean ámbitos para reparar la herida. La comunidad se las ingenia a través de lo grupal, sea en el ámbito social, religioso, cultural, político…lo que sea.
En ese contexto, está el Programa de Salud Mental Barrial para ofrecer la opción de conversar, compartir la abundancia de lo que cada uno es y tiene, entre-tenerse, y disfrutar el entusiasmo de ser humano entre humanos.
No se trata de batallar contra la soledad, sino de ayudar a vivirla como opción, no como maldición.
La soledad, gracias a las redes que sabemos construir, no es un exilio, sino una situación. Siempre habrá otros que sabrán recibirnos cuando llegamos a ellos con buena fe.
 Y siempre habrá quien sepa valorar lo que tenemos genuina y generosamente para ofrecer, sobre todo cuando queremos evitar que aquello que abunda en nuestro corazón se marchite por causa del aislamiento que nos atrapa, a veces casi sin que nos demos cuenta.
                                                                                                  MIGUEL ESPECHE
                                                                                              Coordinador General

domingo, 29 de julio de 2018

NUESTRAS RESERVAS FRENTE A LAS CRISIS

EDITORIAL

NUESTRAS RESERVAS FRENTE A LAS CRISIS

El cuerpo tiene reservas que se activan cuando son convocadas. Cuando hay hambre o sed, cuando aparece una infección o peligro, se activan partes de nosotros mismos que estaban allí, dormidas, esperando por las dudas… En nosotros está el alimento acumulado, el líquido que hemos bebido, los anticuerpos que habitan nuestro universo celular y que, a la hora de defendernos de un intruso que viene a infectarnos, se apresta, como un soldado, a defender el territorio con recursos poderosos.
El alma también tiene esas reservas. Por ejemplo, contamos con  coraje cuando hay peligro, temple cuando las cosas se ponen feas, humildad cuando hay que repechar una circunstancia que nos mostró nuestra pequeñez, o paciencia, para las ocasiones en las que no es la épica sino el “paso a paso” lo que se requiere para salir de la mala.
Lo antedicho apunta a lo que está en nosotros, en el terreno de nuestra interioridad o, si se prefiere, dentro de nuestra mente.
Sin embargo, existen también otras reservas al momento de vérnosla con los dolores, los peligros, las crisis, los dilemas o las confusiones que forman parte de nuestra vida. Parte de esas reservas son los otros, es decir, aquellas personas que forman parte de nuestro ecosistema emocional.
Parientes, amigos, vecinos…con ellos contamos cuando nos agarra algún “tsunami”, o cuando alguna encrucijada nos lastima u obnubila.
A veces ni siquiera son personas que conocemos. En ese sentido, me suele conmover lo que pasa por lo general cuando alguien se cae en la calle, o cuando un ciego debe cruzar un semáforo que no puede ver. Si bien siempre habrá algún egoísta, por lo general en esas ocasiones aparece gente que ayuda, que da una mano. Es un ejemplo sencillo, casi obvio, pero sirve a modo de ejemplo de lo que quiero decir al nombrar aquello con lo que contamos para los momentos de dificultad, sea eso obvio o no para nuestra percepción.
Otra reserva con la que contamos es nuestra historia. Podemos apelar a la evocación de nuestros los logros como ejemplo ante los nuevos desafíos. También está la historia de nuestra familia o de nuestro pueblo, que suman nociones que nos ayudan a sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. Las tradiciones, por ejemplo,  tan vituperadas cuando salen del mero pintoresquismo de danzas y trajes típicos, son una acumulación de sabiduría que puede ayudarnos a la hora de decidir frente a lo que la vida nos pone enfrente. Sin conciencia de que formamos parte de una tradición, o que lo que los antepasados han acuñado no es todo “dinosaurismo”, nos vemos muy débiles y perdemos sostén frente a las cosas de la vida, perdiendo solvencia y calidad anímica.
Habitualmente evoco aquella frase que le escuché a Jayme Barylko que decía que “el individuo es un error antropológico”. No hace falta ser filósofo para valorar la importancia de esta frase. Significa que esa idea de que somos seres aislados y separados de nuestros prójimos o de la Tierra en la que vivimos, es un error que pagamos caro. Somos en red, en comunión con los otros y con el Mundo, formamos parte de algo que está más allá y más acá de nosotros.
Algunos pensadores apuntan al concepto de “persona” en vez del de “individuo” ya que el primero apunta a una concepción más profunda y generosa de nuestra identidad, constituida en red con los otros y con el mundo en general.
En esa línea, hace poco, para mi sorpresa, encontré en internet un discurso de Arnold Schwarzenegger, el corpulento actor de “Terminator”. El hombre criticaba la noción del “self made man”, es decir, el “hombre que se hace a sí mismo”, tan elogiado en la Individuocracia norteamericana, pero tan dañino como irreal a la hora de describir lo que somos. Enumeraba el gran Arnold  en su discurso, a todos aquellos que lo habían ayudado en el camino desde su Austria natal hasta Hollywood Eran personas sin las cuales él no habría llegado nunca a donde llegó. Nunca pensé que palabras dichas por ese actor y ex gobernador de California podrían conmoverme pero…la vida trae sus sorpresas, si dudas.
Nuestras reservas son los otros, y cuando nos quedamos solos, cuando nos aislamos de la red de prójimos, o cuando perdemos aquellos sostenes en los que habíamos confiado, estará siempre esa red de familia, vecinos, amigos, personas, que forman parte de nuestra identidad y le dan riqueza a la misma.
Cuando en la crisis del 2001 los ahorros fueron confiscados por los bancos, y los trabajos cayeron en picada, estuvo la red de vecinos llamada Programa de Salud Mental Barrial para acompañar, para cuidar, actuando como reserva frente a la dolorosa circunstancia. Es un ejemplo de lo que significa saber que formamos parte de una comunidad, no somos islas, somos red. El programa en aquellos días ayudó a que no nos identificáramos con nuestra economía, recordando que hay un capital inconfiscable: los humanos que nos acompañan en el camino de la vida, con los cuales podemos contar en los malos momentos (y en los buenos también).
A veces, por propio descuido, por las desgracias que suelen ocurrir o porque fuimos egoístas o equivocamos el camino, quedamos solitarios y a la deriva, sin nadie con quien compartir nuestro penar. Asimismo, en ocasiones, por esas mismas razones, nos olvidamos de lo que valemos, de lo que podemos ayudar, de nuestra sabiduría desconocida o dejada de lado.
Allí aparece la red de talleres, que permiten recordar quienes somos, con qué contamos, cuáles son nuestras fuerzas y virtudes, para atravesar los momentos duros. Somos la gran familia de la comunidad que se acuerda que, para existir, debe ser solidaria y organizada, pudiendo así activar nuestras potencias y nuestras reservas.
Cuando nos duele el alma, el solo hecho de compartir con alguien significa un consuelo. Sin embargo, algo pasa en nuestra cultura que ese compartir no se hace fácil, nos aislamos, nos avergonzamos o creemos en aquello del “self made man” criticado por el bueno de  Arnold, el ahora amigo de nuestro programa.
La red comunitaria nos fortalece, nos ayuda, nos da perspectiva y ganas. Son cientos o miles de pequeños milagros de amor, encarnados en conversaciones que se dan en los talleres, así, como quien no quiere la cosa.
A veces nos olvidamos de la maravilla del sencillo acompañarnos, el compartir la mesa de la emoción y la idea. Pero esa posibilidad es nuestra reserva, nuestra red, nuestra fortaleza compartida, sin la cual, sin dudas, poco seríamos, sobre todo, cuando los tiempos se hacen difíciles y se hace duro vivir a la intemperie.
                                                                            
                                                                              Miguel Espeche

                                                                          Coordinador General

jueves, 6 de abril de 2017

APUNTES SOBRE LA AUTORIDAD EN EL PROGRAMA

EDITORIAL

APUNTES SOBRE LA AUTORIDAD EN EL PROGRAMA

En nuestro programa usamos una palabra que generalmente está mal vista por relacionársela con la palabra “autoritarismo”. Se trata, por supuesto, de la palabra “autoridad”.

El tipo de asociaciones que al respecto de esa palabra hacemos en nuestro país siempre van ligadas a regímenes autoritarios, crueldad, prepotencia, avasallamiento, abuso… es ése, y no otro, el estilo de imágenes que, lamentablemente, surgen cuando aparece esa palabra que, en realidad, es una buena palabra, sobre todo,  cuando entendemos su significado.

La autoridad es uno de los instrumentos del amor y, como tal, corresponde ejercerla cuando, por ejemplo, criamos un hijo, conducimos un auto o…cuando animamos un taller. Sin alguien que cumpla la función de autoridad la experiencia se trunca. Se pueden generar diversos sistemas de autoridad, pero no amputar dicha función sin que la cosa se aborte de la peor manera. El sistema elegido por el programa es el de animadores que tienen la “última palabra” dentro de su grupo. Esa última palabra, sabemos, no es tan última, porque continúa con la palabra del programa en su conjunto, como un aire que circula e impide el encierro de la autarquía.

En el curso-taller de ingreso a la conducción del programa, el que deben hacer todos aquellos que acceden en algún momento a coordinar un grupo, solemos abundar en el tema. Se enseña allí que nuestro programa se vincula al hospital, el hospital se vincula con el Ministerio de Salud de la Ciudad, el mismo con la Jefatura de Gobierno y, dicha jefatura, con el Pueblo, que vota en las elecciones del caso. Señalo esto para decir que todos nos debemos a algo o a alguien que está por fuera de nosotros, y que el sistema de autoridad no es un callejón sin salida (como sí lo es el del autoritarismo) sino que se “ventila” a través del hecho de que todos, pero todos, tienen que reportar a alguien o a algo al respecto de sus acciones.

Con esta salvedad, los animadores tienen una suerte de “jurisdicción” en lo que hace al ejercicio de su autoridad, que es el territorio de su taller. En el mismo, quien anima/coordina puede hacer varias cosas, generar su criterio para aplicarlo, tener cierto arte para marcar los ritmos, las cadencias, los lugares de cada uno, con ánimo de integrar y, a la vez, contextualizar la experiencia según los valores que el programa propone.

“Todo está bien siempre que estemos dispuestos a revisarlo” decía Carlos Campelo, y en tal sentido, los animadores del programa revisan lo suyo en su reunión de animadores, y los animadores de animadores lo hacen, a su vez, en el Comité de Etica y Conducción.
Este Comité, en particular el coordinador general, por su parte responde a las autoridades del hospital, es decir, no es el final de un recorrido sino un eslabón más dentro del mismo, lo que es un alivio, por cierto, porque detentar un poder autocrático, además de aburrido, es un esfuerzo narcisista sumamente estéril y poco estimulante en lo que a Salud comunitaria respecta.

En ocasiones dentro de los talleres existe lo que suelo llamar “conducciones paralelas”. Estas serían algo así como personas que, de manera metódica o solamente circunstancial, piensan que ellos, si fueran quien dirige el grupo, harían otra cosa ya que está mal lo que el coordinador está haciendo. Puede o no tener razón esa persona al respecto del proceder del coordinador del caso, pero lo que importa no es tanto el motivo del desacuerdo, sino que interesa más cómo se ubica ese participante y qué tipo de aporte hace ante esa circunstancia.  Algunos presentan batalla, se enojan, compiten. Otras manifiestan su sentir, hablan de su deseo, proponen desde el entusiasmo pero…mirando donde están, afinando su sonido respecto del sonido de los otros con ánimo de sinfonía, aceptando tiempos que no son solamente los de su impulso, escuchando con confianza lo que los otros, compañeros y coordinadores, tienen para decir.

Recién acá viene, a mi criterio, lo más interesante: el tema de la confianza. Si no hay confianza con el grupo de pertenencia y los animadores de ese grupo, habrá batalla, competencia, y no ayuda mutua. Si la hay, si se confía, habrá sentimientos, manifestación de deseos, escucha, paciencia, además de un fuego intenso, que no genera incendio, sino vitalidad en el grupo.

El deseo genuino que un participante puede traer al grupo va encontrando su camino, va contagiando, va pisando sobre el terreno que le corresponde y no sobre el que no le corresponde. Esa es la fuerza de aquellos que en nuestro programa llamamos “indios”, que son los participantes de los talleres que no coordinan, pero influyen desde la fuerza de su entusiasmo genuino.

Cada tanto sucumbimos a la tentación de plantear las cosas como conflicto de poder. Por ejemplo, en un taller puede venir alguien con propuestas al respecto de cómo debiera proceder el coordinador del caso en el manejo del grupo, y, cuando ese coordinador pone un límite y recuerda la naturaleza de la función de cada uno dentro del taller, el participante puede tener dos tipos de actitudes: señalar que ese coordinador es autoritario, desconfiando de su buena fe, adjudicando un deseo del coordinador de anularlo y “ningunearlo” para que no se le haga sombra, o, por el contrario,  puede preguntarse qué debe hacer para lograr su deseo sin avasallar al prójimo, respetando el juego y, además, qué  estarán viendo el animador y sus compañeros que él no está viendo, suponiendo que estos no le desean el mal, sino todo lo contrario.

Claro: si alguien supone que un coordinador o el grupo en su conjunto le desean el mal, el problema es otro, pero soy de la idea de que un programa como el nuestro no sobrevive tantos años con coordinadores y vecinos que le desean el mal a los vecinos, o animadores que pretenden anular toda iniciativa para generar obsecuentes aduladores sin deseo propio.

Todo lo que hacemos  en nuestro programa se revisa de manera comunitaria. Todo. Tarde o temprano se hace público nuestro proceder dentro de nuestra red, sea porque lo hablamos o sea porque percibimos los efectos de ese proceder.

Por eso, uno de los lemas del programa es “juntos, aunque no estemos de acuerdo”, porque sabemos que el hecho de estar juntos, pero no revueltos, nos ayuda a encontrar esos acuerdos que son esenciales, que a veces se ocultan tras los conflictos. Ese es, quizás, el optimismo del programa: el optimismo que cree que hay acuerdo en el deseo de pertenecer a un mismo valor y una misma vivencia comunitaria, en la cual las diferentes perspectivas, desde la buena fe, suman a la conciencia ampliada, sin tanta competencia, ya que, sabemos, nosotros somos más de colaborar que de competir, porque así es como las comunidades prosperan mejor, y nuestra salud mental también.

                                                                  Miguel  Espeche
                                                                 Coordinador  General

domingo, 8 de enero de 2017

EL PROGRAMA Y LA SALUD MENTAL PÚBLICA

Editorial

La historia del Programa de Salud Mental Barrial, en lo que hace a su contacto con la Salud Mental Pública institucional, es nutrida e interesante.

No abundaremos en ella, pero sí diremos que, si bien al inicio nuestro programa fue tomado con cierta indiferencia por las autoridades dedicadas a la tarea en Salud Mental, pasados ciertos años, la idea de los talleres como parte de una “movida” de Promoción de la Salud fue ganando en prestigio y logrando apoyos.

Tanto es así que en cierta época, a fines de la década de los 90,  se generó un importante movimiento con la Dirección de Salud Mental de la Ciudad a cargo por aquel entonces del Lic. Roberto Lo Valvo, con la que se organizaron eventos varios de mucha importancia, llegando inclusive a ser nuestro programa una referencia a la hora de la redacción de algunos párrafos de la ley  de Salud Mental promulgada en aquel entonces.

Con esto quiero significar que, más allá de los avatares que hacen a las coyunturas, en el campo de las ideas al menos, la existencia de talleres como los nuestros (y las concepciones que los sustentan) son bienvenidos por aquellos profesionales de la Salud que piensan su trabajo como algo más que un coto privado del que solamente algunos gremios profesionales son dueños. Debo decir, nobleza obliga, que esos profesionales son muchos y suelen enviar a sus pacientes a nuestros grupos, confiando en la tarea comunitaria como parte sustancial de su propia labor como agentes de salud.

Días atrás, invitado por la Dirección Nacional de Salud Mental y Adicciones a un encuentro de las autoridades de las distintas jurisdicciones que trabajan  en el área (también invitaron a algunos referentes del trabajo en SM, de allí mi presencia), me tocó presenciar el discurso del actual director de Salud Mental y Adicciones,  Dr. André Blake, quien se explayó ante decenas de profesionales de todo el país respecto de las bondades de los grupos de promoción de la salud, de apoyo mutuo, de “auto ayuda”, entre otros, a la hora de generar salud en la población.

El Dr. Blake hizo eje en los grupos de Alcohólicos Anónimos como ejemplo de esa eficacia de los grupos y talleres llevados adelante por “no profesionales”, y no le falta la razón, porque esa agrupación fue pionera en el terreno de la ayuda mutua, seguido por muchos otros grupos que, con diferentes modalidades, nutrieron el terreno de lo saludable, generando un eje solidario que fue fundamental para lograr el acompañamiento deseado.

Los grupos Renacer, los Narcóticos Anónimos y otros, además de los nuestros, claro está, son parte de la misma idea respecto a cómo generar una mejor calidad de vida, entre todos y en clave solidaria.

fortuna tuve la oportunidad de hablar en el encuentro mencionado para poner en conocimiento de los presentes  la existencia de nuestro programa en el Pirovano, pidiéndole a la Dirección de Salud Mental y Adicciones que hiciera de nexo entre nosotros y eventuales iniciativas afines que estén trabajando en otros lugares del país. Desconozco qué resonancia tendrá la cuestión, pero el solo hecho de haber sido invitado y podido hablar en ese lugar indica que crece la noción de que la Salud Mental es una tarea compartida que requiere de una concepción no individuocrática para ser realmente “pública”.

Es verdad que algunos ven a los talleres como un apoyo o complemento a la labor que se lleva a cabo en los consultorios. Sin embargo, no hay consultorio sin comunidad y, sobre todo, no hay “pos consultorio” sin comunidad, es decir, nadie se queda a vivir en un consultorio, pero sí puede vivir siempre en comunidad, desplegando potencias y generando lazos de buena voluntad. Por eso, debiéramos decir que la tarea profesional en Salud Mental es una excelente ayuda para la sociedad, pero no “es” la sociedad, y que los talleres existen como reflejo de la vida comunitaria, esa que da piso y horizonte a quienes trabajan en Salud Mental en cualquiera de sus áreas.

Que se vayan generando más puentes con autoridades y otros profesionales de la Salud Mental para lograr ofrecer el enfoque comunitario a una mayor cantidad de personas, es grato y promisorio. Esos puentes se suman a los que tenemos con el Servicio de Salud Mental de nuestro hospital y con las autoridades del mismo, que siempre nos prestan su apoyo muy generosamente.

La tarea de los vecinos promoviendo su salud desde lo solidario no es tema menor. Es una filosofía de lo que es una sociedad y de lo que es la vida saludable de esa sociedad. Por eso, que esa perspectiva sea cada vez más reconocida en diversas esferas, inclusive en la pública, como es el caso,  es algo grato y digno de nuestra alegría. Es otra de las caras del acompañamiento.

                                    MIGUEL ESPECHE
                                                                            Coordinador General

lunes, 19 de septiembre de 2016

LO QUE SOMOS Y LO QUE NO SOMOS

Editorial
LO QUE SOMOS Y LO QUE NO SOMOS
Nunca es un exceso repetir algunas de las cosas que hacen que nuestros talleres sean lo que son.
No está de más recordar que los grupos del Programa de Salud Mental Barrial no están para curar, ni para solucionar problemas. Tampoco están para definir situaciones de la vida y ni siquiera para lograr acuerdos o generar acciones de tipo político o similares que puedan ir más allá del compartir anímico.

Es más relajado tener presente lo antedicho, y eso permite, justamente, que podamos hacer lo que tenemos que hacer: acompañar, no más que eso.
Charlar, compartir, sumar perspectivas, entretenernos, curiosear en la vida de los demás para no sentir que la nuestra es una isla y que somos los únicos que vivimos algunos problemas o circunstancias… todo menos pujar por ganar una polémica, sentirnos acreedores de algún tipo de trato “profesional” o pretender tener al grupo y al programa todo como tribuna para que podamos mostrar cuán esplendorosos somos, cuánto sabemos y cuán valiosas y sapienciales son nuestras palabras. Menos todavía pensar que el programa es un espacio para desarrollar una tarea profesional que no se logra plasmar en el ámbito privado y por eso se usa el medio público para compensar, de manera indebida,  esa incapacidad.

Es verdad que en los talleres hay de todo, y está bien que así sea. Somos una muestra de lo que existe en nuestra sociedad, y en tal sentido, apuntamos a, justamente, vivir a partir de esos valores que hacen que la salud ciudadana fluya, y lo haga con la energía que suman todos, inclusive aquellos que, en principio, pueden parecer “indigeribles”.
Siempre se verá que en las editoriales o en los textos del Programa de Salud Mental Barrial se explica una y otra vez lo antedicho. Los textos, de Campelo a ésta parte, dicen una y mil veces que el programa no es terapéutico, que los que a él asisten no son pacientes y que los coordinadores no son profesionales de la salud o, al menos, no es con ese título que ejercen la función de animar un grupo de los nuestros.

La recurrencia a este tipo de explicaciones no es en vano. Es que una y mil veces existen equívocos a la hora de definir qué es el programa y sus alcances. Por ello es esencial que los protagonistas y, sobre todo, aquellos que se acercan por primera vez a los talleres, tengan muy en claro que se trata de reuniones para charlar, compartir, divertirse, curiosear, entusiasmarse, sentir las emociones y poner sobre la mesa las ideas, todo ello en clave de bien común, teniendo en cuenta a los otros, y con un mínimo de autocrítica para que la cosa fluya y no sea solamente una suerte de “polémica en el bar” de mediopelo.
Compartimos siempre en un “taller”, es decir, un lugar en el cual se trabaja para transformar entre todos los presentes la “materia prima” de lo humano, cocinándola con el afecto, el sentimiento, la ética vecinal y la buena fe, solidariamente, como corresponde a cualquier sociedad que se precie de ser tal.

A veces se nos desboca algún coordinador y piensa que con su carisma logra su cometido, en desmedro de la red que lo sostiene. Son animadores que se embelesan de su propio poder de seducir, el que en sí mismo no está mal, salvo que en algunas ocasiones ese poder seductor rompe el nexo con la red comunitaria. Alguna vez, años atrás, comparamos ese tipo de situaciones con lo que ocurre con la flor más bella, pero…puesta en el florero, sin contacto con el humus que le da vida comunitaria.
También a veces ocurre que el prestigio del programa se ve en riesgo cuando se dice en los medios de prensa que los asistentes a los grupos son pacientes, o que se “tratan” algunas dolencias en nuestros talleres. Es por eso que, dada la facilidad con la que la prensa puede equivocarse en estas cosas, es importante que, en caso de algún contacto mediático, se puntualice al respecto, con el énfasis correspondiente.

Nos pasó hace poco, por ejemplo, cuando dos medios, uno nacional y otro extranjero, publicaron que algunos de nuestros talleres existen para hacer “tratamientos”. Esos talleres a los que referían las informaciones, para colmo, tienen que ver con ese tipo de temas (astrología por ejemplo) que en nuestro programa se abordan como entretenimiento, pero ni remotamente como método sanador o una terapia legalmente válida.

 Ahora tenemos que estar explicando que no, que no se trata de que el hospital público valida ahora esa disciplinas como método sanador/terapéutico, sino  que se trata de talleres de Promoción de la Salud, que comparten ese tipo de cuestiones( tantas otras), en clave cultural o lúdica y, en todo caso, usa las imágenes que surgen de astros y cartas para proyectar, con ánimo de crecer en autoconocimiento,  aspectos de lo que cada uno es, a modo de la literatura o las artes en general.
Pero no es queja. Vale explicarlo de nuevo, nunca está de más. Es lindo saber que talleres para “entre- tener” a los vecinos viven durante décadas gracias, justamente, a la sencillez honda y generosa de su propósito primordial.

Jamás nuestro programa ha deseado ocupar lugares que no le corresponden, o utilizar al hospital para otra cosa que no sea generar hospitalidad, salud comunitaria, mejora en la calidad de vida anímica de la población y una acción protagónica por parte de los vecinos en lo que hace a su propia salud anímica. Con eso tenemos suficiente como para andar por allí queriendo ser lo que no somos, por ejemplo, curanderos o pseudocientíficos que anhelan la validación del establishment  a través de “infiltrarse” en el hospital público.

Una y otra vez diremos lo que somos, lo que hacemos, lo que queremos, para no errar en el camino. La salud es del Pueblo, pero éste se rige a través de sus representantes, también, en lo que a prácticas saludables se refiere. Y sabemos que no hay Salud sin Ley, algo que es bueno recordar, para cumplir con el marco legal como corresponde. Para las prácticas terapéuticas, los profesionales. Para la Promoción de la Salud, la generación de entusiasmo, solidaridad vecinal, entretenimiento y cultura en su más amplio sentido, está el Barrio, del que, sin dudas, somos fieles representantes.

                                      MIGUEL ESPECHE
                                                                                                      Coordinador General

martes, 3 de mayo de 2016

CIMARRONES

Editorial
CIMARRONES

Desde que emergió el Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano, allá por la mitad de la década del 80, existieron aquellos vecinos que, por su estilo, Carlos Campelo (fundador del programa) llamaba “cimarrones”.
Según el diccionario, el significado de “cimarrón” remite a lo no domesticado, o a los que, a pesar de haber conocido las reglas del juego, por diversas razones no las juegan, al menos, no en su medida total.

Es verdad que ninguna organización humana sobreviría si todos sus miembros fueran cimarrones. De hecho, no podría ni emerger un grupo de personas que solamente se rigieran por la idea de no regirse por norma alguna. Es por esa razón que suelen los cimarrones ser alejados de las organizaciones, o alejarse ellos mismos de los grupos.

En la historia del programa, sin embargo, quedamos marcados por una intuición generosa de Campelo, quien no solamente acuñó la palabra “cimarrón” dentro de nuestra red, sino que supo, con arte, y gracias a esa intuición,  interactuar con los cimarrones de modo tal que nos hizo crecer a todos. Tenía una gran paciencia y, a la vez, generosidad con los “raros”, los distintos, aquellos que se desbocaban y requerían guía, pero no siempre expulsión.

El tema es más difícil de lo que parece. En estas líneas pretendemos decir que los cimarrones son nocivos cuando se apropian de una organización o monopolizan sus energías, pero simultáneamente decimos que nos hace bien tener siempre cerca algún cimarrón que nos venga a mover la estantería, para no morirnos de perfeccionismo.

Siempre nos conviene recordar que la esencia del programa es generar acompañamiento, mas que arribar a alguna perfección organizativa. Si hubiésemos tenido en nuestro horizonte ser algo así como los “suizos” de la Salud Mental Comunitaria, aceitando mecanismos, generando pautas estandarizadas de interacción, homogeneizando el discurso “correcto” para poder generar una pertenencia discursiva a modo de la militancia política, por ejemplo, ya lo habríamos hecho hace rato, pero, creo, ya no existiríamos hoy como organización viva y palpitante de vecinos generando salud con ganas y entusiasmo.

Por eso, cuando todo parece estar genialmente organizado, aparece un cimarrón y nos complica la vida…..y habrá que agradecer que así sea.

Esa gratitud no significa otorgarle el poder, sino jugar el juego de la inclusión hasta su extremo, sin asustarnos demasiado por algún nivel de desorden que pueda, por ejemplo, significar que en un grupo alguien interrumpa, salga con un “martes 13”, venga sin bañarse, haga frente a la autoridad del grupo o tienda a pelearse con los otros, de una u otra forma.

Son ejemplo de ciertos estilos de cimarrones, quienes pueden interrumpir el fluir amable y amoroso de un grupo ya estructurado, planteando desafíos que, decimos, merecen abordarse con un espíritu de aprendizaje, no de expulsión automática o segregación inmediata.

Queda claro que la firmeza de un grupo está marcada por la profundidad de sintonía que tenga el coordinador con los valores que el programa propone. Esos valores, entre otros, son los de acompañar, ayudar de verdad sin asistencialismo, potenciar capacidades, verse como responsables de los propios actos, etc.

También queda claro que la firmeza de un grupo no está marcada por el blindaje que este tenga en su perímetro, a modo de fortaleza. Como dice el I Ching, el libro chino de sabiduría acerca del cual tenemos un lindo taller, la idea es ser firmes en el centro, para poder ser flexibles en la periferia.
Por eso los cimarrones son bienvenidos, para jugar el juego de la vitalidad que da lo que no está en el libreto. No es ser complacientes con ellos cuando son egoístas, violentos, ególatras o simplemente tontos, sino usar el viento de su presencia para navegar hacia aguas por las que no siempre podemos  adentrarnos cuando todos somos “buenos chicos” y no nos sacuden la estantería cada tanto.

Se trata de un juego paradojal. El cimarrón no es del todo salvaje, pero no está domesticado. Y su destino es andar por la periferia del programa, transitar diversos talleres, generando a veces conflictos reiterados en ellos. En ocasiones sabotean, pretenden arruinar la fiesta o, por el contrario, pretenden sumarse a ella pero sin tener en cuenta a los otros invitados.

El coordinador que recibe un cimarrón en su grupo verá qué hacer. Quizás pueda aprovechar sin asustarse de la experiencia y salir de la modorra, aunque, sabemos, si el cuidado del grupo indicara que algún vecino debe irse del mismo, se procede en tal sentido, y listo.

Pero sabiendo que el coordinar un grupo puede legítimamente ejercer el “derecho de admisión”, y con esa tranquilidad a cuestas, es interesante guardar el “ancho de espadas” para el final y extender el juego, aprendiendo, dejando de lado el “gatillo fácil” del enjuiciamiento o la expulsión para sacar el mayor provecho de la experiencia.

Vernos reflejados en aquel que viene y es “raro”, tantear los límites de nuestro enojo para que este no nos domine, entender algo de nuestra famosa “sombra”…., pero a la vez sabiendo que se tiene la capacidad de tomar las decisiones del caso de acuerdo al propio criterio.

El criterio del coordinador, sabemos,  siempre está bien y es el adecuado…si está dispuesto a revisarlo a posteriori en su grupo de animadores.

Volviendo al I Ching, recuerdo un “capítulo”(hexagrama, para los entendidos) que se llama “El Caldero” en el cual se hace referencia a lo que ocurre cuando se pone una olla al fuego. Para que la cuestión funcione hay que manejar bien la cuestión. Si se pone mucha agua, esta se derrama y apaga el fuego. Si se pone mucha leña, el fuego excesivo evapora el agua y daña la olla…., así las cosas, los cimarrones pueden ser agua o fuego, pero la clave está en cómo se relacionan dentro del grupo,  de manera tal que pueda su presencia ser algo útil para la comunidad. No se trata tanto de los elementos, sino de cómo  y en qué medida se vinculan estos entre si. Y allí está el arte de cada coordinador y su grupo para discernir.

Hemos tenido grandes y queridos cimarrones en el programa, que nos han llenado de vitalidad que, no por desbocada, dejó de hacernos bien. Es por eso que los  recordamos con gratitud y cariño. Tuvimos que marcarles la cancha, es verdad, pero ellos nos dieron (sobre todo aquellos de buen corazón) energía y vitalidad, permitiéndonos descubrir un área de nosotros mismos y de los otros que antes no conocíamos, y que hoy por la fortuna de haberlos encontrado en nuestro camino podemos conocer para no transformarnos en seres parapetados, confundiendo la salud con la costumbre nuestra de cada día. Nada hay contra la costumbre, pero un sacudón cada tanto, sabemos, no nos viene mal, y para ello están… los cimarrones.

                                                                                                       MIGUEL ESPECHE

                                                                         Coordinador General

miércoles, 2 de marzo de 2016

LA RED REAL

Editorial
LA RED REAL

Estábamos los dos en el mostrador, en la antesala del lugar en el cual nos haríamos la Resonancia Nuclear Magnética. El estaba antes que yo, pero nos dieron a ambos a la vez los formularios para el estudio, con preguntas varias sobre nuestra salud, motivo de consulta, etc.

El señor tendría unos setenta años, con pinta de haber sido medio atleta ya que se lo veía fornido y vital, una onda Hemingway bien llevada. Ibamos, uno al lado del otro, llenando los casilleros, hasta que llegamos casi a la vez al lugar en el que decía: ¿”es claustrofóbico?”.

“No se si soy claustrofóbico” dijo riéndose, “nunca me hice una de éstas y no lo sé”. Lo miré, le sonreí medio tristemente y le dije:”ya se va a enterar…por mi parte, lamentablemente ya se que lo soy, y la voy a “parir” ahí encerrado”.

Se lo dije riéndome, pero era verdad: el encierro que significa hacer una resonancia nuclear no es algo que disfrute, y tenía miedo, bastante, al ver que tenía que pasar por esa prueba otra vez, ya que anteriores veces ya había, a duras penas, pasado el trance.

Nos miramos, sonrientes, como dándonos ánimo, y el trámite siguió. Nos sentamos alejados en la sala de espera, yo al lado de mi mujer, él solo, allá a unos metros.

Pocos minutos  después el hombre pasó y fue a hacerse lo suyo, mientras que yo, con el “julepe” encima, practicaba respiraciones profundas que haría mientras la máquina me tuviera allí, encerrado durante los minutos que me tocaran.

Fue un rato bastante largo. Yo estaba en modo “espera agonizante” mientras mi mujer  acompañaba con paciencia y afecto, bancando mientras yo respiraba, meditaba y esas cosas que uno hace cuando tiene que sacar fuerzas para atravesar los temores nuevos que a veces aparecen cuando se llega a la “edad madura”.

De repente, se abrió la puerta del gabinete y salió el hombre.  Lo miré, pero pensando más en “ahora me toca a mí” que en él y  en cómo le había ido en su experiencia. Se fue acercando y, de repente, vi como su brazo me abrazaba media espalda, se acercaba a mi oído y me decía: “vos cerrá los ojos, no mires, y pensá que estás durmiendo la siesta….vas a ver que no pasa nada y se pasa volando”.

Me impactó lo repentino del hecho, su calidez inesperada y la generosidad de su decir. Me saludó y se fue, dejándome sus palabras y su compañía, que me llenó de una extraña vitalidad, algo que me puso contento…

Pasé entonces a la resonancia con esa “vibración”, me sumergí en esa suerte de extraño sarcófago, y… todo fue bien. Era como que tenía otro resto, sentía sobre mi hombro  izquierdo a mi señora, y su compañía, y sobre el derecho me quedaba la sensación de lo concreto del afecto de ese tipo que supo decir algo tan sencillo, pero con presencia real, que me permitió afrontar mis fantasmas (porque dentro del aparato sólo estábamos yo y mis fantasmas) con una entereza diferente, permitiendo que mi mente navegara durante esos largos minutos, por imágenes de amplitud y afecto, ausentes de todo temor.

Pensé que algo similar vivimos siempre en nuestros talleres. Ocurre que hay otros allí que nos dicen cosas sencillas que nos acompañan y nos fortalecen a la hora de abordar nuestras vicisitudes. Es la presencia real de los otros en clave de buena onda y en sintonía de ayuda mutua, la que nos hace bien.  Lo que sana es el acompañamiento, no la solución de un problema.

Es lindo saber que en el programa representamos esa red verdadera que habita entre nosotros, los que vivimos en este país del que tan mal se habla en ocasiones. El Programa de Salud Mental Barrial, como siempre he dicho y hoy corroboro con la gratitud que siento ante el gesto de este “Hemingway criollo”, está forjado con una red real y verdadera  de solidaridad “silvestre” que constituye la esencia de nuestros vínculos de cada día.

Nuestro programa, sin dudas, ayuda a que esa solidaridad se de dentro de los talleres, pero sepamos que somos parte de algo que nos trasciende,  y que en todos lados cobra formas de solidaridad cotidiana sencilla y “acompañadora”. Se da en forma similar a lo que viví en esa sala de espera o en tantas otras escenas que ojalá sepamos ver y valorar.

En cada taller ocurre esa suerte de iluminación sencilla pero rotunda cuando alguien, que está aislado y a la merced de sus dolores y pesadillas,  de repente recibe la presencia de otro que le dice algo así como “estamos acá, no estás solo, va todo bien…”.

De esas moléculas de amor está hecha la experiencia humana. A veces sale mejor, otras peor, pero la propuesta es generar un territorio para que recordemos que la alternativa de ayudarnos con onda está lista para ser servida.

Así las cosas, los miedos se diluyen, respiramos distinto y sabemos que somos parte de la red de nobleza que permite que los humanos sigamos haciendo nuestro camino, con el mejor combustible para continuar nuestros pasos.

MIGUEL ESPECHE
                                                                         Coordinador General

lunes, 11 de enero de 2016

JUNTOS

EDITORIAL

JUNTOS

Hace unos días leí una de esas frases que envían por Internet que decía lo siguiente:  “Estar juntos no es ser lo mismo”.

Como tantas frases que aparecen por ese medio, la dejé pasar sin más. Sin embargo,  a los pocos días, en momentos en los que estábamos en un grupo, esas palabras me vinieron a la memoria cuando  me di cuenta de que se parecían mucho a la frase que usamos en nuestro programa: “juntos, aunque no estemos de acuerdo”, si bien agrega, a la idea de “desacuerdo”, una noción de identidad diferenciada.
Es verdad que, como señala la frase de Internet,  a veces creemos que para estar juntos debemos ser lo mismo, como si el hecho de ser similares  nos garantizara la unión fraterna.

Cuando Campelo,  allá en los orígenes del programa, nos ofreció la frase “juntos aunque no estemos de acuerdo”, nos dio una referencia ética y esencial para salir de los atascamientos grupales que suelen producirse cuando lo que se desea es imponer criterios y ganar en polémicas para “homogeneizar” las cosas. La importancia de esa premisa, con el tiempo, se nos fue haciendo cada vez más clara, así como mayor es la gratitud que sentimos ante la generosidad conceptual de nuestro Coordinador General Honoris Causa.

 Tanto es así que a diario, cuando se “arma despelote” en los grupos,  pronunciamos la frase, y, al hacerlo, solemos serenarnos, saliendo del campo de batalla para atisbar que hay un “ algo”,  mayor que nosotros mismos, que “abraza” las aparentes o reales diferencias, generando un acompañamiento en el que no solamente “toleramos” al otro, sino que, en todo caso, lo valoramos como generador de una oportunidad de crecimiento, siendo que “crecer” sirve para pasarla mejor  en la vida, más allá de las durezas de la misma.

No digo que siempre nos salga bien. A veces la cuestión nos excede, nos “vamos al pasto” y pagamos las consecuencias del caso, pero son muchas las veces en las que la palabra “juntos” nos viene a rescatar de la batalla, para recordarnos nuestra condición de vecinos. Estar juntos es nuestro destino, y es por eso que llevar al máximo las alternativas pacíficas y vecinales para acompañarnos recíprocamente ayuda a la salud social y nos ahorra la mala sangre que solemos hacernos, sobre todo,  cuando  no prima el deseo de concordia por sobre el deseo de tener razón… e imponerla.

“Juntos” es una palabra que, si la sabemos entender, nos permite oler, casi de manera sutil, un aroma de cercanía que se distingue por debajo de las perspectivas disímiles y las identidades diferenciadas.
Esa palabra, que da cuenta del deseo de acompañarnos, se hace eje de referencia, una suerte de “querencia” a la que volvemos cuando nos alejamos demasiado en discusiones  en las que nos podemos perder, como aquel que nada mar adentro, sin darse cuenta de que se va demasiado lejos, corriendo el riesgo de que no le de el resto para retornar a la playa. Me hace recordar eso que suele decirse respecto de que hay frases de las que no se vuelve, lapidarias, imperdonables, absolutas…y el dolor que ese tipo de pronunciamientos suele producir, algo que, si recordamos a tiempo el “juntos”, quizás no debamos vivir porque sabremos parar a tiempo.

Estar juntos genera salud, aunque no sabríamos decir bien porqué. Es el misterio del acompañamiento, eso raro y maravilloso que ocurre cuando dos o más personas se unen para generar un estado de cercanía que involucra el deseo de hacerse bien recíprocamente.  De hecho, siempre señalamos que al sentir la presencia de los otros nos fortalecemos, inclusive cuando no se nos solucionan los problemas de cada día. Eso, a mi gusto, se debe al hecho de que lo que más valoramos es estar con otros, inclusive, por sobre la posibilidad de “tener la vida solucionada” que para muchos sería sinónimo de felicidad, pero no, no lo es.

Por lo antedicho, estar juntos es la clave, porque lo que une es encontrarnos a nosotros mismos a través del compañero de ruta, aun cuando no sea lo mismo que yo. Bueno…sí, es lo mismo, por cuanto es humano y vecino, pero de allí en más, lo que agrega valor es el “ser” diferente, otro, porque eso de andar acompañados por nuestra propia imagen en el espejo es aburrido, salvo que nuestro ego sea de esos grandotes…muy grandotes.

Juntos entonces, con eso que nos une y que no siempre sabemos nombrar, pero que se parece al espíritu de buena vecindad de cada barrio, esa solidaridad que permitió la prosperidad de la especie, más allá de todo. Juntos, en acuerdo o no, diferentes y a mucha honra, para pasarla bien en comunidad. Para eso estamos, existimos y hacemos grupos. Y así seguiremos por mucho tiempo.

MIGUEL ESPECHE
                                                                                 Coordinador General

miércoles, 25 de noviembre de 2015

LA POLÍTICA EN “MODO TALLER”

                                        LA POLÍTICA EN “MODO TALLER”

El presente de nuestro país aparece teñido por la situación política, en medio de un tiempo electoral bastante peculiar.

Los talleres se hacen eco de ésta circunstancia, resonando con las diferentes perspectivas que se presentan en el panorama, al que hoy se le suma la cuestión electoral.

Si bien alguna vez se rumoreó que en los talleres no se podía hablar de política o religión, eso no es así, y queda claro que los temas se abordan aunque, eso sí, no de cualquier manera, si es que queremos que los talleres sean eso: talleres, y no escenarios de tirantez competitiva.

Sabemos por experiencia que los talleres se debilitan cuando se los confunde con un foro de polémica, dado que nos hemos dado cuenta que la polémica (palabra que viene de polemos dios de la guerra) vacía anímicamente los grupos, impidiendo aquello que nos gusta tanto: compartir, agrandar la conciencia, empatizar, sentir en sintonía, aprender, fraternizar.

Siendo que los talleres no son un ámbito de proselitismo partidario, es obvio que no propiciamos que se use el escenario de los grupos para juntar votos o para convencer a nadie, pero eso no significa que el programa sea ascéptico y pasteurizado a la hora de tocar el tema político. No atravesamos con éxito las tormentas de la política en nuestro programa porque evitemos el tema, sino porque lo vivimos de una manera especial: lo vivimos (y compartimos) en “modo taller”.

De hecho, la historia de nuestro programa se enorgullece de un tremendo taller que hizo muchos años atrás su fundador, Carlos Campelo, que se llamaba “Habrá más penas y habrá más olvidos”, en donde compartían hijas de generales el Ejército, ex detenidos desaparecidos, miembros del equipo de Antropología Forense, mezclados con otros vecinos sensibles al tema. Fue en ese taller en donde vi por única vez llorar a Campelo, siendo la intensidad emocional de lo vivido fruto del hecho de agarrar al toro por las astas, y no por pasteurizar las vivencias o los discursos. Se compartió desde las entrañas, no desde los formatos ideológicos despojados de la subjetividad de las personas que a ellos suscribían. Y es así que el taller salió tan bien, aprendimos tanto de aquello, que aun hoy lo evocamos.

Asimismo, en el 2002 hicimos otro taller, “Salud y potencia ciudadana”, en plena crisis y con la sangre que nos hervía. Vinieron como 300 personas durante varias jornadas, en las que compartimos todo lo que experimentábamos ante el quebranto que el país vivía en ese entonces. Fue una experiencia extraordinaria, y recuerdo nuestra emoción al terminar cada reunión cantando nuestro Himno Nacional.

Por eso digo que nuestro programa no le hace feo a lo político, y que  es el “modo taller” lo que permite que las cosas se encaminen, sintonizando con el otro desde el corazón, ahondando en lo que se siente a la hora de expresar una idea (priorizando ese sentir más que la idea), teniendo curiosidad por lo que el otro dice en vez de buscar la manera de


defenestrar sus dichos, buscando lo que Juan Pablo ll llamó la “semilla de verdad” que habita en cualquier perspectiva ideológica que circule por el mundo.

Es así que hemos logrado estar “juntos aunque no estemos de acuerdo” y, digámoslo, hemos logrado querernos más allá de que, a la hora de los votos o las ideologías, las cosas sean aparentemente muy distintas y hasta antagónicas.

Mi opinión es que la beligerancia ocurre cuando ninguneamos el existir del otro y, en tal sentido, defenestramos su decir. El formato de los talleres nos cuida, lo que permite que, sin miedo, desmenucemos los sentimientos que habitan tras los dichos, y nos encarguemos de, en cada taller, generar salud vecinal. No se trata de arreglar el Mundo, no se trata de generar un mapa del Universo, no se trata de tomar el Poder. Se trata de habitar una hora y media con vecinos, tripulantes de un mismo barco, espejo de una parte de lo que somos, compañeros de ruta y, por esa causa, merecedores de nuestra curiosidad. Sin miedo, protegidos por el “modo taller” que nos “obliga” a fraternizar, podemos ahondar en significados y olvidarnos de esa pesadilla que es el tener que “ganar” en pulseadas dialécticas que nos desangran y desgastan.

Así las cosas, la política se honra en una escala no competitiva y no polemizadora. Se honra sí en el contexto de las personas, las que, se sabe, son más importantes que las ideas, sobre todo, aquellas ideas pre diseñadas.

Como siempre decimos, la Verdad es grande, muy grande. Lo es a tal punto que es imposible que uno solo la abarque toda. Por eso, ponemos a la mesa del taller la parte que sí podemos percibir, y la compartimos con la parte que los otros ponen también desde su lugar. Así, armamos el rompecabezas, siendo que cada pieza es amiga de la otra, y no su competidora.

A veces cuesta, sobre todo, cuando no podemos creer que el otro piense lo que piensa, o cuando  ese mismo compañero que minutos antes veíamos con afecto, dice cosas que encontramos aniquilantes o escandalosas, y nos dejamos tentar por el juego de las refutaciones seriales, que van escalando hasta que, de repente, vemos que estamos vacíos, enojados, con ganas de pelear para erradicar aquello que creemos nos produce tamaño enojo.

Ahí viene el “juntos aunque no estemos de acuerdo”, ahí aparece la ética vecinal de nuestro programa, ahí aparece el elemento anímico que nos rescata, el parar para respirar, lograr nueva perspectiva, y…convivir, aprendiendo lo más posible, en un marco en el que el objetivo no es ganar, sino compartir.

Y funciona…, y es lindo, y nos permite atravesar, con mucho menos desgaste y desazón que otras maneras más beligerantes de intercambio, los tiempos de intensidad política que, como éste que hoy nos toca a días del Ballotage, forman parte del Barrio, y nos permiten crecer,  habitando con gozo nuestro “cachito de Utopía” de cada día, sin temerle a nada, porque estamos juntos.

                                                                                                            Miguel Espeche
                                                                       Coordinador General

domingo, 6 de septiembre de 2015

CARLOS CAMPELO NOS SIGUE ACOMPAÑANDO

Editorial
CARLOS CAMPELO NOS SIGUE ACOMPAÑANDO

Otro año más ha pasado desde aquel 15 de septiembre de 1997, cuando nos dejaba Carlos Campelo.
Es extraño, parece que fue hace tanto, y a la vez son tan vívidos los recuerdos de la parte de su vida que  compartió con nosotros, allá por los tiempos iníciales del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano.  

Desde aquel día, hace ya 18 años,  muchísimas personas se integraron a nuestro programa sin saber quién era aquel hombre que se nombra tanto en los talleres  y cuyas frases reales, y a veces apócrifas, nos tutelan cada día generando esa sensación  que nos sigue acompañando tras tanto tiempo de fallecido.

En general hemos sido sobrios en el recuerdo de su persona. Es que creo que es un deber priorizar la vitalidad de su legado expresado en actos, por sobre la noción “bronce” de su personalidad. A Carlos le gustaba ser reconocido, pero más le gustaba saber que su legado era una red comunitaria sustentable, que marcó y sigue marcando época dentro de lo que es la Salud Mental Pública de nuestro país. Por eso creo que la más noble y genuina memoria de Carlos Campelo se expresa en el hecho de que la red que fundó sigue vigente y saludable, en sintonía con su ética, la que ve al ser humano como un ser potente y deseante, unido a los otros de manera esencial a través de la “buena vecindad”.

Todavía cuesta imaginar desde dónde pudo sacar Carlos las fuerzas para ser tan original en su enfoque y en la puesta en práctica del mismo, dentro del paisaje de las instituciones ligadas a la salud mental en la órbita comunitaria. Para quienes nos interesa el trabajo desde la potencia ciudadana en clave de salud mental, es apasionante entender que, en un medio en el que lo comunitario muchas veces se asocia a la victimización y a la carencia, Carlos Campelo propuso hablar de lo que se puede, de lo que se tiene y, sobre todo, de lo que se quiere, a la hora de describir a una población que, aunque con problemas, no deja de ser saludable. Menos lucha, más gestación, civismo, ética, ganas, presencia, ley, amor… con esas u otras palabras similares en espíritu, Campelo generó una red que navega aun hoy  en esos valores, acumulando décadas con  gran entusiasmo.

Campelo en aquellos tiempos se las tuvo que ver también con el paradigma privatista de la Salud Mental, que veía en toda acción comunitaria un potencial  “filón” para derivar pacientes hacia consultorios individuales y pagos, como si esos nichos fueran la única manera de lograr salud. Él fue de los que prestigió el trabajo grupal y vecinal, promoviendo la salud desde un enfoque mucho más integral y abarcativo que el meramente asistencialista y profesionalista.
Demoraron los profesionales en darse cuenta de que promover la salud a través de una gesta solidaria de acompañamiento y ayuda recíproca no atenta contra nada, simplemente sintoniza con la esencia de la red anímica de cualquier pueblo, y desde allí, si alguien quiere hacer terapia, pues la hará, sin que jamás su participación en un grupo lo impida.
A la vez, como digo arriba, Carlos  navegó sin ahogarse entre voces que clamaban por lo popular, pero viendo en este concepto una lucha desde la queja y la descripción minuciosa de la impotencia, más que una acción ciudadana de solidaridad y afecto que pone en el compartir anímico la esencia de la salud comunitaria.

Campelo habló siempre de “gente pudiente”, lo que lo hizo sospechoso en los medios habituados a la condescendencia y a la victimización como rasgo de identidad de todo lo popular. Descubría el poder de la gente, ese poder cotidiano, franco, íntimo, básico, rotundo, que se ve en los grupos, en las acciones y afectos compartidos, y en la capacidad de potenciar el deseo de todos, que es lo mismo que potenciar las ganas de vivir, de crecer, de amar y trabajar para desplegar el alma en acción.
Describir a una persona o a un pueblo no es describir sus impedimentos y flaquezas solamente, sino sus deseos y posibilidades,  aun en medio del más adverso de los escenarios. Por eso creo que Carlos Campelo está todavía en vías de ser descubierto en su real dimensión, y será valorado del todo cuando no solamente se lo conozca por aquel que hizo los “talleres del Pirovano” sino como alguien que fue y sigue siendo uno de los pocos que, décadas atrás y cuando nadie promovía ese tipo de miradas, salió del discurso inteligente pero agobiado de la impotencia, para descubrir, aun dentro del dolor y la dificultad,  la semilla de salud que nos constituye.
Los que no lo conocieron, ven su obra y en ella descubren su espíritu. Lo ven también en la red de talleres, y en la vida misma, cuando ésta es percibida con los ojos del optimismo, la solidaridad, la capacidad de autocritica y la buena fe, valores del compartir que nos permiten estar juntos con entusiasmo.

Los años transcurridos nos corroboran que en ese estar juntos encontramos el sentido profundo de todo, sentido que no es una idea, sino una experiencia llena de vitalidad, sencilla, honda, cotidiana, trascendente y….linda, como un taller,  creado para compartir, pasarla bien, y oxigenar el alma al salir de la soledad,  junto a nuestros vecinos.

 MIGUEL ESPECHE
 Coordinador General

lunes, 20 de julio de 2015

EL PROGRAMA COMO UN ENTRETEJIDO DE ESCENAS

EDITORIAL

EL PROGRAMA COMO UN ENTRETEJIDO DE ESCENAS

Ellas se reúnen en una sala de la parroquia, pero el otro día, por no recuerdo qué razón, tuvieron que cambiar a otro de los ambientes del lugar. Allí, en esa sala más pequeña en la que hay un piano, se sienten más cómodas. El lugar es frío, pero ellas, las asistentes al taller que coordina Laura allá en Padua,  se sienten bien allí, al punto que una de ellas decidió llevar un calentador de ambientes y otra un mantel para cubrir una mesa y allí poner las “cositas” que llevan para compartir a modo de alimento. Es verdad que hace unas semanas hubo un paro que decidió al párroco a cerrar la iglesia, pero ellas, a la hora exacta, se reunieron en la escalinata del templo y allí, a pesar de que estaba un poco fresco, se sentaron y departieron haciendo una linda jornada de taller. 

En otro lugar, una señora se suma a un taller de teatro, pero no quiere actuar. Está allí, mira, pero no hace nada. ¿Qué la llevará a ir cada semana a compartir un espacio al que va, pero no para hacer lo que se supone que hay que hacer en un lugar así? No sabemos. Mira, a veces con rostro crítico, pero no actúa…misterio total…¿sabremos alguna vez qué la lleva a estar allí?

En otro grupo, los integrantes se enojan porque su coordinador no viene más. No saben qué pasa realmente, tironeados por las diversas versiones acerca del por qué de su partida. Lo apreciaban y no entienden qué hacen allí en el grupo otros coordinadores que aparecen para reemplazar a aquel que, por conflictos en su grupo de coordinadores, decidió partir. Igualmente cantan, porque es un taller ligado a lo musical, pero parece que, razonablemente, están enojados y no se sabe qué harán en el futuro, más allá de que ese taller posiblemente siga allí con alguien diferente que lo anime, para que siga la música. 

Las escenas que describo son eso: escenas, de las miles que habitan desde mediados de los años 80 nuestra red de talleres. Son el ADN de nuestro programa, el entretejido esencial de eso que llamamos “talleres”, la trama a través de la cual circula lo vital que habita en todo grupo de personas. El PSMB ofrece el escenario, los vecinos lo llenan de contenido.

Pero no solamente las tramas de hechos y emociones se remiten al territorio de los talleres, sino también  a los ecos que generan en las vidas de sus participantes, por fuera de la geografía “pirovanense”. 

Ejemplos personales: En el andén de la estación Callao del subterráneo una señora me increpa por causa de un conflicto en los talleres ocurrido hace más de 10 años. En una importante institución, en una reunión que nada tenía que ver con el programa, otra señora me agradece porque su madre participó de los talleres a lo largo de sus últimos años de vida, siendo feliz en ese compartir. 

En el taller de la página web un vecino se acerca para ofrecer sus conocimientos y “hospeda” nuestra página en su empresa de Internet de manera gratuita, mientras que en el grupo de prensa otro vecino, compañero coordinador, enseña a otros de qué se trata Facebook y cómo usarlo de la mejor manera para potenciar nuestros talleres. 

Una mujer encuentra sosiego en un taller en la Biblioteca Nacional, otros vecinos van a los talleres, pero no le dan bolilla real a los grupos, porque lo único que quieren es encontrar pareja, pero, como se sabe, con esa actitud es más que difícil encontrar pareja. 

El Gran Barrio es un entretejido de escenas. Miles de ellas. Duras, amables, dulces, terribles. Son situaciones que tienen un eje en común: se viven en comunidad, se transitan junto a otros, quienes testimonian ese acontecer. Nosotros, en el Programa de Salud Mental Barrial, creemos que eso es bueno.

Los grupos son eso: grupos. Pero además de serlo, en nuestro programa son parte de un cuerpo, una suerte de aldea forjada alrededor de la ayuda mutua, la solidaridad, la salud y el deseo de potenciarnos desde lo que somos. Dentro de ese cuerpo, las escenas, de a miles, forjan el día a día de todos, agregándole condimento, aventura, valor, a una vida que sería desabrida sin escenas, sean éstas del tenor que sean, para que despleguemos nuestra humanidad con ganas, tejiendo entre todos la gran novela del mundo.


                                                                                               Miguel Espeche
                                                                                          Coordinador General

lunes, 20 de abril de 2015

SOMOS REFLEJO DE NUESTRA COMUNIDAD

Editorial
SOMOS REFLEJO DE NUESTRA COMUNIDAD

Alguna vez nos han dicho que el Programa de Salud Mental Barrial es único, que es un espacio de excepción dentro de un contexto social, dicen,  árido y poco gentil.
En realidad, prefiero pensar que nuestra red de talleres pirovanenses no es un espacio de excepción sino que es un espejo que nos permite ver y ejercer un montón de virtudes que son, también, patrimonio de nuestra comunidad.

Creernos diferentes o mejores que la comunidad en la cual vivimos no nos hace bien. Es lindo estar orgullosos de lo que somos y lo que hacemos, pero agradecidos por el hecho de que participamos de una sociedad en la cual, si lo sabemos ver, habitan esos mismos valores que nos permiten ser los que somos y hacer bien lo que hacemos.

Vale una linda experiencia que me tocó vivir hace unas semanas para graficar lo antedicho, dado que, en ella, se produjo una situación intensa y significativa,  que no se dio en un contexto “pirovanense” pero, al menos para mí, demostró que eso de juntarse a compartir, sea en el paisaje que sea, hace bien.

Estaba en un geriátrico de PAMI por un tema familiar, junto a mi hija Lucía. Debíamos esperar un buen rato por un trámite burocrático, así que, en el hall central del lugar, lleno de ancianos sentados en diferentes mesas,  nos sentamos en una en la que estaban varios hombres reunidos. Éstos eran algo más jóvenes que los demás habitantes del lugar, pero tenían algún tipo de discapacidad motriz por la cual debieron jubilarse y, vaya a saber por qué historias, fueron a vivir a ese hogar dentro del cual, en general, había gente mucho mayor que ellos.

Sentados alrededor de esa mesa, inmediatamente surgió la conversación. Ellos con buena onda, mi hija que ama conversar y yo con el perfil de tallerista en la sangre… el asunto es que en pocos minutos nos estábamos contando la historia de nuestras vidas.
Supervisor en empresas, maestro mayor de obras, bancario y….músico, todos los señores allí presentes tenían vidas intensas en su haber, relatos fuertes de hombres que honraban, al evocar su digno pasado,  aquello de que “la enfermedad no impide la salud”.

Uno de ellos, el músico, al que llamaré Eduardo, tenía unos cincuenta años y hablaba y movía con dificultad por un ACV.

Contó que conocía a rockeros  varios, que  él a su vez era conocido en el ambiente. Con dificultad contaba anécdotas, nombraba luminarias del rock y de la música en general, y una y otra vez se refería  a dos de sus ídolos: Paco de Lucía y  Al Di Meola dos sublimes guitarristas, ninguno de ellos estrictamente rockero, pero sí  dueños de dedos maravillosos que hacían magia con la guitarra.   Al hablarnos de ellos, a Eduardo se le iluminaba el rostro, mientras nos contaba que conocía personalmente a Di Meola y que, de hecho, en el día previo al recital de él en España, había sufrido su ACV.

Todos lo escuchábamos atentos y conmovidos. Inclusive los que ni idea tenían de los músicos nombrados. En derredor de la mesa nos sumergimos en la pasión de Eduardo, evocando las propias, lo que nos permitía saber de qué estaba hablando, más allá de la música.

Eduardo de repente detuvo su relato para suspirar y decir: “Lo que más lamento es que al venir acá al hogar, desapareció el DVD  que Al Di Meola me regaló con el recital que él y Paco  dieron juntos…una maravilla, era un tesoro que se me perdió…”. Ante sus palabras, repentinamente esa mesa extraña cobró forma de tristeza, con un silencio respetuoso dado que, sin dudas, todos los presentes sabíamos, por aquello de que “nada de lo humano me es ajeno”, qué significa perder tesoros que no volveremos a tener jamás.

Con la tristeza circulando en el grupo, Lucía y yo nos miramos…y nos entendimos. Ella sacó su teléfono y empezó a tocar el teclado con la rapidez que solamente los jóvenes pueden tener. Mientras tanto, la conversación seguía, con escenas entrecortadas de otros tiempos, con un clima de honda emocionalidad.

La tecnología funcionó bien. El video estaba en Youtube y así, de repente, Lucía puso en medio de la mesa su celular en el cual tocaban, con todo entusiasmo, Paco de Lucía y Al Di Meola en la pequeña pero nítida pantalla.

Eduardo, sorprendido y extasiado, se empezó a reír, mientras que nosotros, sus compañeros de mesa, lagrimeábamos…era un reencuentro sagrado, del que fuimos testigos en ese instante irrepetible…
Fue un rato. Un atisbo de fraternidad casi sacramental. Todos entendimos, aunque parecíamos de tan diferentes tribus. Es que la oscuridad ya no es tan oscura cuando sabemos que, aunque tan sólo  lo atisbemos, existe la luz  que se enciende en el compartir.

No sé si lo que vivimos sentados en derredor de esa mesa es fielmente transmitido a través de estas palabras. Pero ocurrió y va a seguir ocurriendo, porque la gente es gente, y a veces se acuerda de esa maravillosa condición, sobre todo, cuando se sienta a compartir a corazón abierto.
En los talleres, estas cosas pasan todo el tiempo. Esos momentos sacramentales se dan, sobre todo, cuando menos los esperamos. Pero se trata de un patrimonio humano, no monopolio de un grupo iluminado.

Son escenas que, para verlas,  es bueno entrenar la mirada ya que, convengamos, a veces llamamos “realidad” solamente a una versión desangelada de nuestra vida, aquella que describe solamente nuestras impotencias y mezquindades, como si fueran éstas todo lo que somos.

Eduardo sabe que su música no se perdió, aunque cambió su forma. Los presentes en ese momento tuvimos una escena para recordar, una situación inesperada vivida entre desconocidos,  que le dio color al día y movió energías frescas. Seguramente Eduardo tendrá de nuevo un DVD con el recital de sus músicos preferidos juntos. Pero, a la vez,  lo lindo es ver que a veces compartir genera recursos, inclusive cuando no pretendemos que eso ocurra.

Pasa en el mundo, y pasa en el Pirovano. Esa es la idea de compartir esta anécdota. Sea donde sea que ocurra, personas reunidas para compartir algo de sí mismas, que generan un chispazo de maravilla que nos hace recuperar las ganas…

MIGUEL ESPECHE
Coordinador General

miércoles, 18 de febrero de 2015

La última palabra

Cuando alguien ingresa a cualquiera de nuestros talleres, debe saber que en esa reunión el que tiene la última palabra es el coordinador.
Deberá saber que es algo muy bueno que eso así sea, porque sino todo sería un lío.

La autoridad del coordinador lo habilita, entre otras cosas,  a marcar rumbo de las temáticas del grupo, ejercer el derecho de admisión y vincularse con las autoridades del lugar con el fin de contribuir a que se guarde el buen orden dentro del grupo, el que, se sabe, es una representación de todo un programa esencialmente solidario y bastante grande e interesante, como lo es el Programa de Salud Mental Barrial.

En esa línea, la palabra del coordinador es la última. Y lo es en el sentido de que marca el punto desde el cual las cosas van a seguir dentro de la dinámica del grupo, priorizando algunos elementos por sobre otros, según el saber y su entender del que conduce la experiencia.

Nosotros en el Pirovano valoramos mucho el “saber y entender” de los coordinadores. El mismo es importantísimo, porque es la medida del éxito o fracaso (si es que el fracaso existe) de un taller. Sin un coordinador que sepa algo y entienda también algo, no iríamos a ningún lado y, si existiese un grupo con un coordinador que no se afirmara en su saber y entender para, desde allí, conectarse con la experiencia compartida, dicho grupo en breve quedaría diluído y estéril.

A veces ocurre que alguien (coordinador o participante de algún taller) confunde aquello de la última palabra con la única palabra. Cuando eso ocurre, se arma jaleo, en versión altisonante,  o versión calladita pero corrosiva.

En realidad, la última palabra es una palabra habitada, en cuyo ADN se percibe rastros inconfundibles de las palabras precedentes pronunciadas por los miembros del taller, incluyendo al coordinador mismo. Es decir: en la última palabra habita la penúltima, la antepenúltima, y así sucesivamente, en dosis y proporciones que son decididas por el coordinador.

En la única palabra, lo que se percibe en el ADN es que nada de lo que los otros han dicho habita en ella, por lo que es una palabra que suelen preferir los tiranos, los tontos y los malos, para jorobar a la gente y dominarla cual objetos que sean una extensión de sí mismos. Es que la única palabra es la palabra que no tiene prójimo, es una palabra desolada y vampírica que no tiene vecino, y es propia de aquellos que usan a los demás para tener una pared en blanco sobre la cual descargar sus pensamientos, los que se tornan estériles al no tener deseo de ser fecundados por lo que los otros tengan para decir.

La única palabra está vacía de toda curiosidad, solo quiere afirmarse a sí misma, por lo que suele ser insufrible o, en algunos casos, seductora cuando lo que se desea es que otro se haga cargo de las escenas para así evitar la propia responsabilidad de protagonía.

Por suerte, acá en el programa valoramos la última y no la única palabra. Cuando un coordinador apunta a tener la única palabra su taller se vacía de sentido y, generalmente, de gente. Cuando un participante apunta él a su vez a la única palabra, su participación es precaria, tensa y aburrida, cuando no violenta.

La última palabra,  bien pronunciada por el coordinador de un grupo, puede ser rotunda y cortar de cuajo alguna situación desmadrada. De hecho, cuando eso ocurre lo que sentimos es una sensación importante de paz, como cuando en una reunión de consorcio alguien, en uso de sus facultades, decide algo de una buena vez de manera nítida; o cuando vamos a un restaurante y vemos que un padre o madre en la mesa de al lado corta de cuajo algún llanto histérico de un hijo díscolo. En este terreno de lo metafórico, también podemos decir que la última palabra es como cuando por fin llueve, tras horas y más horas de calor, nubes y mortal humedad. Esa lluvia, generalmente precedida por un trueno de aquellos, alivia y ordena el mundo tanto como el “¡basta!” bien dicho de una madre a su alterada prole.

A no dudarlo, cuando alguien quiere licuar la autoridad de un coordinador, lo acusará de tirano. Pasa bastante. En general, los acusadores son personas que quieren tener ellos la última palabra (en realidad, la única), como cuando los hijos adolescentes nos quieren complicar la vida pero, a diferencia de éstos, que lo hacen para crecer poniéndonos a prueba, los que quieren adueñarse de la última palabra de un grupo sin ser los habilitados para ello, son los que en épocas de Campelo se llamaban “personas con problemas con la autoridad”.

Ni qué decir cuando en un grupo se arma una puja por imponer la única palabra....el clima se pone denso y dan ganas de irse: muchos argumentos en batalla silogística, pero nada de vínculo y común-unión, ausencia que, sabemos, mata el entusiasmo y las ganas de estar, y llena de bostezos las reuniones.

A los fines de ayudar a los coordinadores y, a su través, a los miembros de los grupos, lo que ocurre en el animador dentro de su grupo es revisado con sus compañeros animadores en las reuniones de coordinadores. Allí la última palabra de un taller de ayer, puede ser la palabra inicial del taller de mañana, fertilizada por el intermedio de los compañeros-pares de ese animador, quien retornará  la semana siguiente al taller que coordina nutrido por sus propias reflexiones y las de sus compañeros.
Es así que, si lo pensamos bien, la última palabra absoluta al fin de cuentas no existe, aunque podemos imaginar que en el final de los tiempos la encontraremos. Bueno, mientras esos tiempos finales van llegando (para lo cual en lo personal no tengo ningún apuro), las palabras circulan y circulan, en un juego fértil de intercambio.

En lo que a talleres respecta queda claro: la palabra final a ser dicha en ese espacio definido, es del coordinador, quien asume esa responsabilidad, ayudado por un programa que lo respalda y acompaña en su proceso.

Ordenados por esa premisa, todas las palabras tendrán su lugar correspondiente y, ¡maravilla! se abrirán las posibilidades de escuchar las palabras de otros, algo muy aconsejable por cierto, ya que no todo es decir en esta vida, sino también lo es escuchar el decir del otro que nos acompaña y nos nutre con el lenguaje de su vivencia.


                                                                            MIGUEL ESPECHE
                                                                            Coordinador General

Editorial del Coordinador General publicada en el Boletin del PSMB de Enero 2011