lunes, 15 de septiembre de 2014

AL MAESTRO AGRADECIDOS

EDITORIAL


AL MAESTRO AGRADECIDOS


Por esas casualidades, al iniciar estas líneas y tras escribir el título, me doy cuenta de que  justo lo hago en el día del Maestro, siendo que “maestro” fue el título que orgullosamente ostentaba Carlos Campelo, el fundador del Programa Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano, de cuyo fallecimiento el día 15 de septiembre se cumplieron 17 años.

Queremos homenajearlo en estas líneas, lo que significa revivir  de manera agradecida el valioso legado de alguien que hoy no está con nosotros, pero que sentimos presente cada día. Carlos Campelo, aquel psicólogo de planta del hospital, usó la ley  y no la transgresión como “revolucionaria” manera de promover la salud, generando así una experiencia que sigue haciendo historia en nuestro país a la hora de hablar de Salud Mental y de comunidad.

Siempre a la hora de honrar su memoria es bueno tener presentes a quienes no lo conocieron. Muchos coordinadores y vecinos que hoy transitan los talleres de nuestro programa no conocieron a Campelo más que de mentas, o, (y ésta es la vía más valiosa) a través de su obra. Por eso, desde su fallecimiento hemos evitado sobrevalorar el hecho de haberlo conocido, siendo que lo esencial es valorar los principios que le dieron corazón a la experiencia comunitaria y de salud que él propuso y que hoy continúa viva. No apostamos tampoco al endiosamiento de su figura, y eso es algo que repetimos en toda ocasión ya que considero que marca la vitalidad actual de la red de grupos, dado que todos hemos asumido algo de la grandeza de nuestro fundador sin que el ideal compitiera con nuestra realidad.

En lo personal, esta manera de “entrañar” a Carlos Campelo me ayudó a no “acomplejarme” frente a su indudable genialidad y sabiduría que,  con  generosidad, Carlos desparramaba mientras paseaba por los pasillos del hospital, compartiendo palabras con tantos que se cruzaban por su camino, a quienes les daba siempre alguna frase llena de energía, nunca un lugar común o una idea prefabricada.

El programa, a instancias de Campelo, siempre utilizó la “metáfora del padre” a la hora de hablar de sus cosas. El lugar del coordinador, por ejemplo, sirvió muchas veces para que  pensáramos en lo que significa conducir con autoridad cualquier experiencia, ya que, por ejemplo, lo que  nos ocurre al animar un grupo tiene muchas e interesantes similitudes con lo que nos pasa en casa, con nuestros hijos.

Campelo es, en ese sentido, el padre del programa. Es un padre “entrañado” como él solía decir, es decir, un padre que se lleva dentro y forma parte de lo que somos, de nuestras acciones, de nuestros acontecimientos. Y tan entrañado está que, aun quienes no lo conocieron, sin casi saberlo están honrando su memoria al apelar a valores que él ayudó a sembrar y cosechar en un ámbito comunitario.

Uno quisiera que los propios hijos vivieran así nuestra partida: que nos entrañen, que les sirva lo que con ellos compartimos para ejercer su libertad, su creatividad, su coraje….
Suele ser grato para mí ver que, a la hora de escuchar los recuerdos de Campelo de boca de sus compañeros antiguos, los “nuevos” disfrutan. Me da la impresión de que eso indica que la evocación es viva, no melancólica ni parte de alguna ostentación por parte de quienes tuvimos la suerte de conocerlo y tenerlo cerca.

En esos momentos en los que emergen naturalmente los recuerdos, me doy cuenta que no nos vamos al pasado, sino que traemos al presente aquello vivido y lo hacemos válido en el hoy. Por eso los que no estuvieron allí suelen disfrutar y sentir que los relatos no son una galería de viejas fotos llenas de polvo y melancolía, sino que son  escenas de cosas que hoy valen mucho a modo de ejemplo, estímulo y referencia. 

Personalmente mi gratitud a Campelo es infinita y esencial. Fue quien me permitió percibir la unión entre la acción y la inteligencia cuando me decía que no siempre hay que “parar para pensar” sino que el hacer es, también, un pensar. Asimismo, al hablar de grupos, de comunidad, de salud como potencia y no como carencia, me sacó del exilio que muchas veces signa a quienes han abrazado una profesión y se quedan enredados en un lenguaje ajeno al de su comunidad y una mirada “tribunera” de la experiencia. Con Campelo aprendí que nada de lo humano me es ajeno, y que compartir esa humanidad es salud en estado puro.

Tantas cosas…los recuerdos aparecen de a muchos, demasiados para estas líneas. Y son todos recuerdos que ofrecen y dan, no que quitan y saquean el presente. Porque la vitalidad de Campelo contagiaba y aun contagia cuando lo evocamos. Sus ideas son claras, sus emociones transparentes, y lo que sabía él lo daba, con ganas de que entendiéramos, sin mezquindades ni  erudiciones narcisistas, con el arte de los buenos maestros.

Lo han llamado ególatra, tirano, autoritario, charlatán, violento…, palabras que, él diría,  “algo de razón tendrían”. Él compartía lo que era en el contexto de los grupos, que lo apasionaban. En ese compartir, como nos pasa a todos los humanos en los grupos que funcionan desde la generosidad, lo que parece malo se hace fecundo al transformarse en palabra y abrazo. No era un hombre pasteurizado ni siempre amable, no era de esos que pasan desapercibidos en las reuniones, no siempre era fácil, pero compartía todo, y con esa energía compartida y honesta movía un universo entero.

Siempre lo digo: al árbol se lo conoce por sus frutos. Y muchos creemos y sentimos que el fruto de lo que Campelo propuso se ve en unos lindos talleres que, de manera numerosa y potente, contagian salud por los pasillos y adyacencias del hospital Pirovano, y  más lejos también.

Campelo ya tiene plaza, tiene pos mortalidad (como él quería) y tiene el amor de quienes lo evocamos. Argentina parió un Campelo, se gestó entre nosotros, creció acá, con el mismo ADN que los que hoy estamos en este pago. Evocarlo y homenajearlo también es honrar lo que somos, sobre todo, cuando el agobio toca a la puerta y el descorazonamiento pide su tajada.

Agradecidos de tenerlo de referente y de espejo, seguiremos caminando, generando más de ese ADN anímico del bueno que nos anima. Acá estamos, contentos de vivir esta experiencia, con Campelo entrañado y sabiendo que sus virtudes despiertan a las nuestras, mientras seguimos el camino con ganas inagotables.


MIGUEL ESPECHE

Coordinador General

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