sábado, 7 de abril de 2018

LA FUENTE DE LOS DESEOS

EDITORIAL

LA FUENTE DE LOS DESEOS

No sé a ciencia cierta si Alicia por fin abrirá el taller “La fuente de los deseos”. Estamos ahí, dándole las vueltas del caso a su intuición, procurando, entre todos los integrantes del taller de coordinadores de los viernes a la mañana, ofrecerle miradas, reflexiones, espejos, que permitan que ella, compañera de sonrisa perpetua, defina qué es lo que quiere a la hora de abrir su nuevo taller. 

En su nonato taller ella quiere hablar del desear y, por lo que entiendo, del hacer a partir de ese desear. Vaya uno a saber para dónde despuntará la cosa pero, mientras va tomando forma, entre todos ensayamos pensamientos y sentimientos respecto de ese título (“la fuente de los deseos”), más allá de que, quizás, a la hora de las definiciones luego la cuestión vaya para otro lado. 

El camino originado en el chispazo inicial que nos ofreció Alicia es para mí maravilloso. La idea de fuente, de algo que surge desde el misterio de la tierra y nos transforma con esa fuerza a la que llamamos deseo es, quizás, una de las más poderosas con las que contamos en la vida y, en particular, en nuestro programa.

Me daba vueltas por la cabeza ese taller que todavía no existe y quizás no exista nunca, al menos, no así como lo estoy imaginando. Y pienso que, dado que en el Programa hablamos de ser motorizados por el deseo, y dado que entre todos, a la hora de abrir un nuevo taller, abrevamos en la fuente del deseo de aquel que emprende su camino como coordinador, el tema atraviesa a todos, y en particular, a quienes estamos por acá, haciendo cosas que queremos de verdad.

Creo que no hay mejor forma de entender que es aquello que realmente queremos que compartiendo ideas y acciones con otros para que, a partir de ese intercambio, se separe la paja del trigo. Es en el intercambio con otros que podemos discernir respecto de lo que es un genuino querer, diferenciándolo de aquello que es un espejismo o un imperativo infiltrado en la mente.

En los años compartidos en los talleres he visto con enorme gozo la transformación del rostro de tanto que se han acercado creyendo querer algo, pero que, en realidad, querían otra cosa y descubrían eso a través del compartir. Sin dudas he sido yo uno de esos. Allá por el año 1991 creía que quería aprender técnicas de manejos de grupos en el espacio público, y por eso me acerqué. Y el compartir me hizo ahondar en mi “fuente de los deseos”, para encontrar (y seguir encontrando) mis ganas y mi entusiasmo genuino, ese que, como la fuente de la vida, no se agota nunca y que tiene la forma del encuentro cotidiano y sencillo con el entusiasmo, compartido de manera comunitaria. 

No nos pondremos románticos diciendo que la fuente siempre es clara, límpida, visible y accesible. No es así, por cierto. A veces hay que desenredar madejas complejas, o desalojar ideas que “taponan” esa fuente. Cuando pensamos algo y lo hacemos dar vueltas por nuestra mente, no sentimos su sonido, su convicción, y, sobre todo, no tenemos en cuenta cuánto está el cuerpo dispuesto a moverse en función de eso que habita nuestros pensamientos. 

Cuando por fin lo ponemos sobre la mesa (y si hay algo que hacemos en el programa es poner las cosas sobre la mesa), hablamos con un determinado tono de voz, surge una suerte de musicalidad que puede estar más o menos afinada, y de ello nos damos cuenta solamente cuando lo hacemos salir a la luz, a la mirada de los otros. 

Me ha pasado tener ideas que parecían maravillosas pero que, al decirlas frente a los otros, transparentaban su fragilidad o zoncera. He visto personas que llegaban a los talleres creyendo que su deseo era asistir a los pobres de este mundo, cuando en realidad lo que querían era lograr algo de luz para sus vidas (y, quizás, desde allí, ayudar de verdad a los otros). Y eso lo percibían cuando se escuchaban a sí mismos al compartir esa primer idea y la voz les salía magra, rígida, vacía, mientras que quizás su voz lograba tono vital cuando se referían a sus miedos, su gusto por la literatura o por el hablar de los hijos, o a la hora de  vérselas con esa vieja piedra en el zapato que los tenía a maltraer desde siempre ( sus miedos, sus dolores, sus heridas viejas…). Lo habitual es que el grupo ayude al devolver en espejo un parecer respecto de la letra y la música del enunciado, una vía de validar si el mismo proviene de la “fuente” o viene de otro lado, como ocurre, por ejemplo, cuando se trata de un mandato disfrazado de “ganas”. 

Asimismo, una manera de descifrar si algo es o no un deseo genuino pasa por la acción. Decir que queremos algo es, también, un hacer, y ese hacer, entre nosotros (en particular entre los coordinadores) se plasma en guardar una mínima sintonía con la ética de la buena vecindad que acá se propone y, por supuesto, la puesta en práctica de ese deseo enunciado. Esa puesta en práctica se llama “taller”. Si decimos querer algo, y el cuerpo no acompaña, ese querer (suponemos) no es tan real.

Creo que el programa parte de la base de que todos tenemos nuestra fuente de los deseos. A ella arrojamos nuestra moneda (algo hay que dar, para poder recibir) para lograr que el agua de la surgente bañe nuestra acción y nos lleve por el camino más genuino y potente. Cada vecino que se acerca tiene su fuente, lo sepa o no y honre o no esa riqueza que lo habita. Es como si tuviéramos una nota musical que nos distingue, que nos nombra y ofrece lugar en el mundo, y la forma de escucharla es a través del poner en común nuestros primeros balbuceos hasta que salga afinada la cuestión. 

Siempre la primera agua sale barrosa. Tarda el agua clara en aparecer. Hay que soportar esos primeros tiempos. Para esos primeros momentos también está el grupo, la comunidad de aquellos que apuntan a llegar a la napa adecuada y que ayudan en el camino. 

Con Alicia estamos allí, ahondando en la fuente de un taller que va naciendo, pero que ya nos está alimentando y quitando la sed. Con ella vamos todos adentrándonos en lo que de verdad queremos, separando aquello que nos confunde o distrae, compartiendo las peripecias del ir viajando a lo que realmente queremos. De eso se trata, y si sale o no el taller la cuestión se torna secundaria al lado de la riqueza que nos permite la conversación que ella propuso.
Así son las cosas en el programa. Cada taller es un camino a la fuente de nuestros deseos y una oportunidad de tomar contacto con ella para regar nuestra vida con algo sencillo, pero significativo, como lo es un taller: un espacio para compartir y disfrutar de ser quienes somos, con luces, sombras, miserias y santidades. Todo esto en medio de un territorio que nos permite atisbar aquel “cachito de Utopía”, del que tantas veces antaño hablábamos al referirnos a nuestra experiencia comunitaria. 
                                                                                                Miguel Espeche
                                                                                       Coordinador General

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