martes, 3 de mayo de 2016

¿Cómo disfrutamos la vida mas allá de los achaques?

Transitando mi día a día al encuentro de mi ser

Muestra fotográfica del "Taller de las Fotos" inaugura 4 de mayo.



LA MUESTRA SE DESARROLLA EN BAR "SIMIK" AV. FEDERICO LACROCE 3901.

CIMARRONES

Editorial
CIMARRONES

Desde que emergió el Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano, allá por la mitad de la década del 80, existieron aquellos vecinos que, por su estilo, Carlos Campelo (fundador del programa) llamaba “cimarrones”.
Según el diccionario, el significado de “cimarrón” remite a lo no domesticado, o a los que, a pesar de haber conocido las reglas del juego, por diversas razones no las juegan, al menos, no en su medida total.

Es verdad que ninguna organización humana sobreviría si todos sus miembros fueran cimarrones. De hecho, no podría ni emerger un grupo de personas que solamente se rigieran por la idea de no regirse por norma alguna. Es por esa razón que suelen los cimarrones ser alejados de las organizaciones, o alejarse ellos mismos de los grupos.

En la historia del programa, sin embargo, quedamos marcados por una intuición generosa de Campelo, quien no solamente acuñó la palabra “cimarrón” dentro de nuestra red, sino que supo, con arte, y gracias a esa intuición,  interactuar con los cimarrones de modo tal que nos hizo crecer a todos. Tenía una gran paciencia y, a la vez, generosidad con los “raros”, los distintos, aquellos que se desbocaban y requerían guía, pero no siempre expulsión.

El tema es más difícil de lo que parece. En estas líneas pretendemos decir que los cimarrones son nocivos cuando se apropian de una organización o monopolizan sus energías, pero simultáneamente decimos que nos hace bien tener siempre cerca algún cimarrón que nos venga a mover la estantería, para no morirnos de perfeccionismo.

Siempre nos conviene recordar que la esencia del programa es generar acompañamiento, mas que arribar a alguna perfección organizativa. Si hubiésemos tenido en nuestro horizonte ser algo así como los “suizos” de la Salud Mental Comunitaria, aceitando mecanismos, generando pautas estandarizadas de interacción, homogeneizando el discurso “correcto” para poder generar una pertenencia discursiva a modo de la militancia política, por ejemplo, ya lo habríamos hecho hace rato, pero, creo, ya no existiríamos hoy como organización viva y palpitante de vecinos generando salud con ganas y entusiasmo.

Por eso, cuando todo parece estar genialmente organizado, aparece un cimarrón y nos complica la vida…..y habrá que agradecer que así sea.

Esa gratitud no significa otorgarle el poder, sino jugar el juego de la inclusión hasta su extremo, sin asustarnos demasiado por algún nivel de desorden que pueda, por ejemplo, significar que en un grupo alguien interrumpa, salga con un “martes 13”, venga sin bañarse, haga frente a la autoridad del grupo o tienda a pelearse con los otros, de una u otra forma.

Son ejemplo de ciertos estilos de cimarrones, quienes pueden interrumpir el fluir amable y amoroso de un grupo ya estructurado, planteando desafíos que, decimos, merecen abordarse con un espíritu de aprendizaje, no de expulsión automática o segregación inmediata.

Queda claro que la firmeza de un grupo está marcada por la profundidad de sintonía que tenga el coordinador con los valores que el programa propone. Esos valores, entre otros, son los de acompañar, ayudar de verdad sin asistencialismo, potenciar capacidades, verse como responsables de los propios actos, etc.

También queda claro que la firmeza de un grupo no está marcada por el blindaje que este tenga en su perímetro, a modo de fortaleza. Como dice el I Ching, el libro chino de sabiduría acerca del cual tenemos un lindo taller, la idea es ser firmes en el centro, para poder ser flexibles en la periferia.
Por eso los cimarrones son bienvenidos, para jugar el juego de la vitalidad que da lo que no está en el libreto. No es ser complacientes con ellos cuando son egoístas, violentos, ególatras o simplemente tontos, sino usar el viento de su presencia para navegar hacia aguas por las que no siempre podemos  adentrarnos cuando todos somos “buenos chicos” y no nos sacuden la estantería cada tanto.

Se trata de un juego paradojal. El cimarrón no es del todo salvaje, pero no está domesticado. Y su destino es andar por la periferia del programa, transitar diversos talleres, generando a veces conflictos reiterados en ellos. En ocasiones sabotean, pretenden arruinar la fiesta o, por el contrario, pretenden sumarse a ella pero sin tener en cuenta a los otros invitados.

El coordinador que recibe un cimarrón en su grupo verá qué hacer. Quizás pueda aprovechar sin asustarse de la experiencia y salir de la modorra, aunque, sabemos, si el cuidado del grupo indicara que algún vecino debe irse del mismo, se procede en tal sentido, y listo.

Pero sabiendo que el coordinar un grupo puede legítimamente ejercer el “derecho de admisión”, y con esa tranquilidad a cuestas, es interesante guardar el “ancho de espadas” para el final y extender el juego, aprendiendo, dejando de lado el “gatillo fácil” del enjuiciamiento o la expulsión para sacar el mayor provecho de la experiencia.

Vernos reflejados en aquel que viene y es “raro”, tantear los límites de nuestro enojo para que este no nos domine, entender algo de nuestra famosa “sombra”…., pero a la vez sabiendo que se tiene la capacidad de tomar las decisiones del caso de acuerdo al propio criterio.

El criterio del coordinador, sabemos,  siempre está bien y es el adecuado…si está dispuesto a revisarlo a posteriori en su grupo de animadores.

Volviendo al I Ching, recuerdo un “capítulo”(hexagrama, para los entendidos) que se llama “El Caldero” en el cual se hace referencia a lo que ocurre cuando se pone una olla al fuego. Para que la cuestión funcione hay que manejar bien la cuestión. Si se pone mucha agua, esta se derrama y apaga el fuego. Si se pone mucha leña, el fuego excesivo evapora el agua y daña la olla…., así las cosas, los cimarrones pueden ser agua o fuego, pero la clave está en cómo se relacionan dentro del grupo,  de manera tal que pueda su presencia ser algo útil para la comunidad. No se trata tanto de los elementos, sino de cómo  y en qué medida se vinculan estos entre si. Y allí está el arte de cada coordinador y su grupo para discernir.

Hemos tenido grandes y queridos cimarrones en el programa, que nos han llenado de vitalidad que, no por desbocada, dejó de hacernos bien. Es por eso que los  recordamos con gratitud y cariño. Tuvimos que marcarles la cancha, es verdad, pero ellos nos dieron (sobre todo aquellos de buen corazón) energía y vitalidad, permitiéndonos descubrir un área de nosotros mismos y de los otros que antes no conocíamos, y que hoy por la fortuna de haberlos encontrado en nuestro camino podemos conocer para no transformarnos en seres parapetados, confundiendo la salud con la costumbre nuestra de cada día. Nada hay contra la costumbre, pero un sacudón cada tanto, sabemos, no nos viene mal, y para ello están… los cimarrones.

                                                                                                       MIGUEL ESPECHE

                                                                         Coordinador General

miércoles, 2 de marzo de 2016

LA RED REAL

Editorial
LA RED REAL

Estábamos los dos en el mostrador, en la antesala del lugar en el cual nos haríamos la Resonancia Nuclear Magnética. El estaba antes que yo, pero nos dieron a ambos a la vez los formularios para el estudio, con preguntas varias sobre nuestra salud, motivo de consulta, etc.

El señor tendría unos setenta años, con pinta de haber sido medio atleta ya que se lo veía fornido y vital, una onda Hemingway bien llevada. Ibamos, uno al lado del otro, llenando los casilleros, hasta que llegamos casi a la vez al lugar en el que decía: ¿”es claustrofóbico?”.

“No se si soy claustrofóbico” dijo riéndose, “nunca me hice una de éstas y no lo sé”. Lo miré, le sonreí medio tristemente y le dije:”ya se va a enterar…por mi parte, lamentablemente ya se que lo soy, y la voy a “parir” ahí encerrado”.

Se lo dije riéndome, pero era verdad: el encierro que significa hacer una resonancia nuclear no es algo que disfrute, y tenía miedo, bastante, al ver que tenía que pasar por esa prueba otra vez, ya que anteriores veces ya había, a duras penas, pasado el trance.

Nos miramos, sonrientes, como dándonos ánimo, y el trámite siguió. Nos sentamos alejados en la sala de espera, yo al lado de mi mujer, él solo, allá a unos metros.

Pocos minutos  después el hombre pasó y fue a hacerse lo suyo, mientras que yo, con el “julepe” encima, practicaba respiraciones profundas que haría mientras la máquina me tuviera allí, encerrado durante los minutos que me tocaran.

Fue un rato bastante largo. Yo estaba en modo “espera agonizante” mientras mi mujer  acompañaba con paciencia y afecto, bancando mientras yo respiraba, meditaba y esas cosas que uno hace cuando tiene que sacar fuerzas para atravesar los temores nuevos que a veces aparecen cuando se llega a la “edad madura”.

De repente, se abrió la puerta del gabinete y salió el hombre.  Lo miré, pero pensando más en “ahora me toca a mí” que en él y  en cómo le había ido en su experiencia. Se fue acercando y, de repente, vi como su brazo me abrazaba media espalda, se acercaba a mi oído y me decía: “vos cerrá los ojos, no mires, y pensá que estás durmiendo la siesta….vas a ver que no pasa nada y se pasa volando”.

Me impactó lo repentino del hecho, su calidez inesperada y la generosidad de su decir. Me saludó y se fue, dejándome sus palabras y su compañía, que me llenó de una extraña vitalidad, algo que me puso contento…

Pasé entonces a la resonancia con esa “vibración”, me sumergí en esa suerte de extraño sarcófago, y… todo fue bien. Era como que tenía otro resto, sentía sobre mi hombro  izquierdo a mi señora, y su compañía, y sobre el derecho me quedaba la sensación de lo concreto del afecto de ese tipo que supo decir algo tan sencillo, pero con presencia real, que me permitió afrontar mis fantasmas (porque dentro del aparato sólo estábamos yo y mis fantasmas) con una entereza diferente, permitiendo que mi mente navegara durante esos largos minutos, por imágenes de amplitud y afecto, ausentes de todo temor.

Pensé que algo similar vivimos siempre en nuestros talleres. Ocurre que hay otros allí que nos dicen cosas sencillas que nos acompañan y nos fortalecen a la hora de abordar nuestras vicisitudes. Es la presencia real de los otros en clave de buena onda y en sintonía de ayuda mutua, la que nos hace bien.  Lo que sana es el acompañamiento, no la solución de un problema.

Es lindo saber que en el programa representamos esa red verdadera que habita entre nosotros, los que vivimos en este país del que tan mal se habla en ocasiones. El Programa de Salud Mental Barrial, como siempre he dicho y hoy corroboro con la gratitud que siento ante el gesto de este “Hemingway criollo”, está forjado con una red real y verdadera  de solidaridad “silvestre” que constituye la esencia de nuestros vínculos de cada día.

Nuestro programa, sin dudas, ayuda a que esa solidaridad se de dentro de los talleres, pero sepamos que somos parte de algo que nos trasciende,  y que en todos lados cobra formas de solidaridad cotidiana sencilla y “acompañadora”. Se da en forma similar a lo que viví en esa sala de espera o en tantas otras escenas que ojalá sepamos ver y valorar.

En cada taller ocurre esa suerte de iluminación sencilla pero rotunda cuando alguien, que está aislado y a la merced de sus dolores y pesadillas,  de repente recibe la presencia de otro que le dice algo así como “estamos acá, no estás solo, va todo bien…”.

De esas moléculas de amor está hecha la experiencia humana. A veces sale mejor, otras peor, pero la propuesta es generar un territorio para que recordemos que la alternativa de ayudarnos con onda está lista para ser servida.

Así las cosas, los miedos se diluyen, respiramos distinto y sabemos que somos parte de la red de nobleza que permite que los humanos sigamos haciendo nuestro camino, con el mejor combustible para continuar nuestros pasos.

MIGUEL ESPECHE
                                                                         Coordinador General