lunes, 28 de marzo de 2016
lunes, 21 de marzo de 2016
miércoles, 2 de marzo de 2016
LA RED REAL
Editorial
Estábamos los dos en el mostrador, en la antesala del lugar en el cual nos haríamos la Resonancia Nuclear Magnética. El estaba antes que yo, pero nos dieron a ambos a la vez los formularios para el estudio, con preguntas varias sobre nuestra salud, motivo de consulta, etc.
El señor tendría unos setenta años, con pinta de haber sido medio atleta ya que se lo veía fornido y vital, una onda Hemingway bien llevada. Ibamos, uno al lado del otro, llenando los casilleros, hasta que llegamos casi a la vez al lugar en el que decía: ¿”es claustrofóbico?”.
“No se si soy claustrofóbico” dijo riéndose, “nunca me hice una de éstas y no lo sé”. Lo miré, le sonreí medio tristemente y le dije:”ya se va a enterar…por mi parte, lamentablemente ya se que lo soy, y la voy a “parir” ahí encerrado”.
Se lo dije riéndome, pero era verdad: el encierro que significa hacer una resonancia nuclear no es algo que disfrute, y tenía miedo, bastante, al ver que tenía que pasar por esa prueba otra vez, ya que anteriores veces ya había, a duras penas, pasado el trance.
Nos miramos, sonrientes, como dándonos ánimo, y el trámite siguió. Nos sentamos alejados en la sala de espera, yo al lado de mi mujer, él solo, allá a unos metros.
Pocos minutos después el hombre pasó y fue a hacerse lo suyo, mientras que yo, con el “julepe” encima, practicaba respiraciones profundas que haría mientras la máquina me tuviera allí, encerrado durante los minutos que me tocaran.
Fue un rato bastante largo. Yo estaba en modo “espera agonizante” mientras mi mujer acompañaba con paciencia y afecto, bancando mientras yo respiraba, meditaba y esas cosas que uno hace cuando tiene que sacar fuerzas para atravesar los temores nuevos que a veces aparecen cuando se llega a la “edad madura”.
De repente, se abrió la puerta del gabinete y salió el hombre. Lo miré, pero pensando más en “ahora me toca a mí” que en él y en cómo le había ido en su experiencia. Se fue acercando y, de repente, vi como su brazo me abrazaba media espalda, se acercaba a mi oído y me decía: “vos cerrá los ojos, no mires, y pensá que estás durmiendo la siesta….vas a ver que no pasa nada y se pasa volando”.
Me impactó lo repentino del hecho, su calidez inesperada y la generosidad de su decir. Me saludó y se fue, dejándome sus palabras y su compañía, que me llenó de una extraña vitalidad, algo que me puso contento…
Pasé entonces a la resonancia con esa “vibración”, me sumergí en esa suerte de extraño sarcófago, y… todo fue bien. Era como que tenía otro resto, sentía sobre mi hombro izquierdo a mi señora, y su compañía, y sobre el derecho me quedaba la sensación de lo concreto del afecto de ese tipo que supo decir algo tan sencillo, pero con presencia real, que me permitió afrontar mis fantasmas (porque dentro del aparato sólo estábamos yo y mis fantasmas) con una entereza diferente, permitiendo que mi mente navegara durante esos largos minutos, por imágenes de amplitud y afecto, ausentes de todo temor.
Pensé que algo similar vivimos siempre en nuestros talleres. Ocurre que hay otros allí que nos dicen cosas sencillas que nos acompañan y nos fortalecen a la hora de abordar nuestras vicisitudes. Es la presencia real de los otros en clave de buena onda y en sintonía de ayuda mutua, la que nos hace bien. Lo que sana es el acompañamiento, no la solución de un problema.
Es lindo saber que en el programa representamos esa red verdadera que habita entre nosotros, los que vivimos en este país del que tan mal se habla en ocasiones. El Programa de Salud Mental Barrial, como siempre he dicho y hoy corroboro con la gratitud que siento ante el gesto de este “Hemingway criollo”, está forjado con una red real y verdadera de solidaridad “silvestre” que constituye la esencia de nuestros vínculos de cada día.
Nuestro programa, sin dudas, ayuda a que esa solidaridad se de dentro de los talleres, pero sepamos que somos parte de algo que nos trasciende, y que en todos lados cobra formas de solidaridad cotidiana sencilla y “acompañadora”. Se da en forma similar a lo que viví en esa sala de espera o en tantas otras escenas que ojalá sepamos ver y valorar.
En cada taller ocurre esa suerte de iluminación sencilla pero rotunda cuando alguien, que está aislado y a la merced de sus dolores y pesadillas, de repente recibe la presencia de otro que le dice algo así como “estamos acá, no estás solo, va todo bien…”.
De esas moléculas de amor está hecha la experiencia humana. A veces sale mejor, otras peor, pero la propuesta es generar un territorio para que recordemos que la alternativa de ayudarnos con onda está lista para ser servida.
Así las cosas, los miedos se diluyen, respiramos distinto y sabemos que somos parte de la red de nobleza que permite que los humanos sigamos haciendo nuestro camino, con el mejor combustible para continuar nuestros pasos.
LA RED REAL
Estábamos los dos en el mostrador, en la antesala del lugar en el cual nos haríamos la Resonancia Nuclear Magnética. El estaba antes que yo, pero nos dieron a ambos a la vez los formularios para el estudio, con preguntas varias sobre nuestra salud, motivo de consulta, etc.
El señor tendría unos setenta años, con pinta de haber sido medio atleta ya que se lo veía fornido y vital, una onda Hemingway bien llevada. Ibamos, uno al lado del otro, llenando los casilleros, hasta que llegamos casi a la vez al lugar en el que decía: ¿”es claustrofóbico?”.
“No se si soy claustrofóbico” dijo riéndose, “nunca me hice una de éstas y no lo sé”. Lo miré, le sonreí medio tristemente y le dije:”ya se va a enterar…por mi parte, lamentablemente ya se que lo soy, y la voy a “parir” ahí encerrado”.
Se lo dije riéndome, pero era verdad: el encierro que significa hacer una resonancia nuclear no es algo que disfrute, y tenía miedo, bastante, al ver que tenía que pasar por esa prueba otra vez, ya que anteriores veces ya había, a duras penas, pasado el trance.
Nos miramos, sonrientes, como dándonos ánimo, y el trámite siguió. Nos sentamos alejados en la sala de espera, yo al lado de mi mujer, él solo, allá a unos metros.
Pocos minutos después el hombre pasó y fue a hacerse lo suyo, mientras que yo, con el “julepe” encima, practicaba respiraciones profundas que haría mientras la máquina me tuviera allí, encerrado durante los minutos que me tocaran.
Fue un rato bastante largo. Yo estaba en modo “espera agonizante” mientras mi mujer acompañaba con paciencia y afecto, bancando mientras yo respiraba, meditaba y esas cosas que uno hace cuando tiene que sacar fuerzas para atravesar los temores nuevos que a veces aparecen cuando se llega a la “edad madura”.
De repente, se abrió la puerta del gabinete y salió el hombre. Lo miré, pero pensando más en “ahora me toca a mí” que en él y en cómo le había ido en su experiencia. Se fue acercando y, de repente, vi como su brazo me abrazaba media espalda, se acercaba a mi oído y me decía: “vos cerrá los ojos, no mires, y pensá que estás durmiendo la siesta….vas a ver que no pasa nada y se pasa volando”.
Me impactó lo repentino del hecho, su calidez inesperada y la generosidad de su decir. Me saludó y se fue, dejándome sus palabras y su compañía, que me llenó de una extraña vitalidad, algo que me puso contento…
Pasé entonces a la resonancia con esa “vibración”, me sumergí en esa suerte de extraño sarcófago, y… todo fue bien. Era como que tenía otro resto, sentía sobre mi hombro izquierdo a mi señora, y su compañía, y sobre el derecho me quedaba la sensación de lo concreto del afecto de ese tipo que supo decir algo tan sencillo, pero con presencia real, que me permitió afrontar mis fantasmas (porque dentro del aparato sólo estábamos yo y mis fantasmas) con una entereza diferente, permitiendo que mi mente navegara durante esos largos minutos, por imágenes de amplitud y afecto, ausentes de todo temor.
Pensé que algo similar vivimos siempre en nuestros talleres. Ocurre que hay otros allí que nos dicen cosas sencillas que nos acompañan y nos fortalecen a la hora de abordar nuestras vicisitudes. Es la presencia real de los otros en clave de buena onda y en sintonía de ayuda mutua, la que nos hace bien. Lo que sana es el acompañamiento, no la solución de un problema.
Es lindo saber que en el programa representamos esa red verdadera que habita entre nosotros, los que vivimos en este país del que tan mal se habla en ocasiones. El Programa de Salud Mental Barrial, como siempre he dicho y hoy corroboro con la gratitud que siento ante el gesto de este “Hemingway criollo”, está forjado con una red real y verdadera de solidaridad “silvestre” que constituye la esencia de nuestros vínculos de cada día.
Nuestro programa, sin dudas, ayuda a que esa solidaridad se de dentro de los talleres, pero sepamos que somos parte de algo que nos trasciende, y que en todos lados cobra formas de solidaridad cotidiana sencilla y “acompañadora”. Se da en forma similar a lo que viví en esa sala de espera o en tantas otras escenas que ojalá sepamos ver y valorar.
En cada taller ocurre esa suerte de iluminación sencilla pero rotunda cuando alguien, que está aislado y a la merced de sus dolores y pesadillas, de repente recibe la presencia de otro que le dice algo así como “estamos acá, no estás solo, va todo bien…”.
De esas moléculas de amor está hecha la experiencia humana. A veces sale mejor, otras peor, pero la propuesta es generar un territorio para que recordemos que la alternativa de ayudarnos con onda está lista para ser servida.
Así las cosas, los miedos se diluyen, respiramos distinto y sabemos que somos parte de la red de nobleza que permite que los humanos sigamos haciendo nuestro camino, con el mejor combustible para continuar nuestros pasos.
MIGUEL ESPECHE
Coordinador General
Etiquetas:
Ciudad de Buenos Aires,
Editoriales del Coordinador General del PSMB,
Miguel Espeche,
PSMB institucional
lunes, 11 de enero de 2016
Nuevo Taller: ALIMENTANDO NUESTRO FUEGO INTERIOR
Los días jueves a las 17,15 hs. nos reunimos
en la Sala de Espera del Laboratorio del Hospital Pirovano para darle inicio a
un taller que nació con mucho entusiasmo.
Durante los primeros 15 minutos practicamos
Chi Kung, arte de hacer circular la energía, a fin de alinearnos física y
emocionalmente.
Es un trabajo corporal lento, al ritmo de la
respiración, con música suave .......cuya finalidad es lograr que la energía (CHI) sea
constante y la mente (YI) esté serena. Aprovecho para contarles que cada mañana
lo practico antes de desayunar, si es tempranito mejor. A medida que se lo
ejercita le vamos encontrando significados a cada movimiento, por ej. la
postura del árbol (que se mueve flexible, enraizado a la tierra, sin
quebrarse), remar la vida, poner límites, la lucha cotidiana, mirar el pasado y
soltarlo, el vuelo y el retorno, el agradecimiento. . . . . y podríamos seguir.
Al concluir ésta práctica nos encontramos
armonizados, dispuestos a reflexionar y observar la vida con una mirada
abarcativa, viendo lo externo y lo interno de nosotros, otorgándole importancia
al Ser frente al sólo hacer.
Compartimos experiencias y en ocasiones
comentamos "eso que nos pasa" o "que nos pasó" siempre que
podamos hacerlo sin queja, rescatando la riqueza del aprendizaje que nos deja
esa situación vivida (lámina).
Cuando me preguntan el porqué del “no a la queja durante el taller” digo
dos cosas que siento: una es que
generalmente en lo cotidiano le llamamos "problema" a situaciones que
debemos manejar o aceptar, y lo otro es que echaríamos a perder el equilibrio y
la serenidad que nos da el Chi Kung.
Trabajamos con ropa cómoda, de acuerdo a
nuestras posibilidades y limitaciones, vinculándonos con respeto, buena fe y
amor.
SUMATE: entre todos formamos un TODO.
¡¡¡ Los esperooo ….!!!!
Animadora: Marta Fazio
JUNTOS
EDITORIAL
JUNTOS
Hace unos días leí una de esas frases que envían por Internet que decía lo siguiente: “Estar juntos no es ser lo mismo”.
Como tantas frases que aparecen por ese medio, la dejé pasar sin más. Sin embargo, a los pocos días, en momentos en los que estábamos en un grupo, esas palabras me vinieron a la memoria cuando me di cuenta de que se parecían mucho a la frase que usamos en nuestro programa: “juntos, aunque no estemos de acuerdo”, si bien agrega, a la idea de “desacuerdo”, una noción de identidad diferenciada.
Es verdad que, como señala la frase de Internet, a veces creemos que para estar juntos debemos ser lo mismo, como si el hecho de ser similares nos garantizara la unión fraterna.
Cuando Campelo, allá en los orígenes del programa, nos ofreció la frase “juntos aunque no estemos de acuerdo”, nos dio una referencia ética y esencial para salir de los atascamientos grupales que suelen producirse cuando lo que se desea es imponer criterios y ganar en polémicas para “homogeneizar” las cosas. La importancia de esa premisa, con el tiempo, se nos fue haciendo cada vez más clara, así como mayor es la gratitud que sentimos ante la generosidad conceptual de nuestro Coordinador General Honoris Causa.
Tanto es así que a diario, cuando se “arma despelote” en los grupos, pronunciamos la frase, y, al hacerlo, solemos serenarnos, saliendo del campo de batalla para atisbar que hay un “ algo”, mayor que nosotros mismos, que “abraza” las aparentes o reales diferencias, generando un acompañamiento en el que no solamente “toleramos” al otro, sino que, en todo caso, lo valoramos como generador de una oportunidad de crecimiento, siendo que “crecer” sirve para pasarla mejor en la vida, más allá de las durezas de la misma.
No digo que siempre nos salga bien. A veces la cuestión nos excede, nos “vamos al pasto” y pagamos las consecuencias del caso, pero son muchas las veces en las que la palabra “juntos” nos viene a rescatar de la batalla, para recordarnos nuestra condición de vecinos. Estar juntos es nuestro destino, y es por eso que llevar al máximo las alternativas pacíficas y vecinales para acompañarnos recíprocamente ayuda a la salud social y nos ahorra la mala sangre que solemos hacernos, sobre todo, cuando no prima el deseo de concordia por sobre el deseo de tener razón… e imponerla.
“Juntos” es una palabra que, si la sabemos entender, nos permite oler, casi de manera sutil, un aroma de cercanía que se distingue por debajo de las perspectivas disímiles y las identidades diferenciadas.
Esa palabra, que da cuenta del deseo de acompañarnos, se hace eje de referencia, una suerte de “querencia” a la que volvemos cuando nos alejamos demasiado en discusiones en las que nos podemos perder, como aquel que nada mar adentro, sin darse cuenta de que se va demasiado lejos, corriendo el riesgo de que no le de el resto para retornar a la playa. Me hace recordar eso que suele decirse respecto de que hay frases de las que no se vuelve, lapidarias, imperdonables, absolutas…y el dolor que ese tipo de pronunciamientos suele producir, algo que, si recordamos a tiempo el “juntos”, quizás no debamos vivir porque sabremos parar a tiempo.
Estar juntos genera salud, aunque no sabríamos decir bien porqué. Es el misterio del acompañamiento, eso raro y maravilloso que ocurre cuando dos o más personas se unen para generar un estado de cercanía que involucra el deseo de hacerse bien recíprocamente. De hecho, siempre señalamos que al sentir la presencia de los otros nos fortalecemos, inclusive cuando no se nos solucionan los problemas de cada día. Eso, a mi gusto, se debe al hecho de que lo que más valoramos es estar con otros, inclusive, por sobre la posibilidad de “tener la vida solucionada” que para muchos sería sinónimo de felicidad, pero no, no lo es.
Por lo antedicho, estar juntos es la clave, porque lo que une es encontrarnos a nosotros mismos a través del compañero de ruta, aun cuando no sea lo mismo que yo. Bueno…sí, es lo mismo, por cuanto es humano y vecino, pero de allí en más, lo que agrega valor es el “ser” diferente, otro, porque eso de andar acompañados por nuestra propia imagen en el espejo es aburrido, salvo que nuestro ego sea de esos grandotes…muy grandotes.
Juntos entonces, con eso que nos une y que no siempre sabemos nombrar, pero que se parece al espíritu de buena vecindad de cada barrio, esa solidaridad que permitió la prosperidad de la especie, más allá de todo. Juntos, en acuerdo o no, diferentes y a mucha honra, para pasarla bien en comunidad. Para eso estamos, existimos y hacemos grupos. Y así seguiremos por mucho tiempo.
MIGUEL ESPECHE
Coordinador General
miércoles, 25 de noviembre de 2015
LA POLÍTICA EN “MODO TALLER”
LA POLÍTICA EN “MODO TALLER”
El presente de nuestro país aparece teñido por la situación política, en medio de un tiempo electoral bastante peculiar.
Los talleres se hacen eco de ésta circunstancia, resonando con las diferentes perspectivas que se presentan en el panorama, al que hoy se le suma la cuestión electoral.
Si bien alguna vez se rumoreó que en los talleres no se podía hablar de política o religión, eso no es así, y queda claro que los temas se abordan aunque, eso sí, no de cualquier manera, si es que queremos que los talleres sean eso: talleres, y no escenarios de tirantez competitiva.
Sabemos por experiencia que los talleres se debilitan cuando se los confunde con un foro de polémica, dado que nos hemos dado cuenta que la polémica (palabra que viene de polemos dios de la guerra) vacía anímicamente los grupos, impidiendo aquello que nos gusta tanto: compartir, agrandar la conciencia, empatizar, sentir en sintonía, aprender, fraternizar.
Siendo que los talleres no son un ámbito de proselitismo partidario, es obvio que no propiciamos que se use el escenario de los grupos para juntar votos o para convencer a nadie, pero eso no significa que el programa sea ascéptico y pasteurizado a la hora de tocar el tema político. No atravesamos con éxito las tormentas de la política en nuestro programa porque evitemos el tema, sino porque lo vivimos de una manera especial: lo vivimos (y compartimos) en “modo taller”.
De hecho, la historia de nuestro programa se enorgullece de un tremendo taller que hizo muchos años atrás su fundador, Carlos Campelo, que se llamaba “Habrá más penas y habrá más olvidos”, en donde compartían hijas de generales el Ejército, ex detenidos desaparecidos, miembros del equipo de Antropología Forense, mezclados con otros vecinos sensibles al tema. Fue en ese taller en donde vi por única vez llorar a Campelo, siendo la intensidad emocional de lo vivido fruto del hecho de agarrar al toro por las astas, y no por pasteurizar las vivencias o los discursos. Se compartió desde las entrañas, no desde los formatos ideológicos despojados de la subjetividad de las personas que a ellos suscribían. Y es así que el taller salió tan bien, aprendimos tanto de aquello, que aun hoy lo evocamos.
Asimismo, en el 2002 hicimos otro taller, “Salud y potencia ciudadana”, en plena crisis y con la sangre que nos hervía. Vinieron como 300 personas durante varias jornadas, en las que compartimos todo lo que experimentábamos ante el quebranto que el país vivía en ese entonces. Fue una experiencia extraordinaria, y recuerdo nuestra emoción al terminar cada reunión cantando nuestro Himno Nacional.
Por eso digo que nuestro programa no le hace feo a lo político, y que es el “modo taller” lo que permite que las cosas se encaminen, sintonizando con el otro desde el corazón, ahondando en lo que se siente a la hora de expresar una idea (priorizando ese sentir más que la idea), teniendo curiosidad por lo que el otro dice en vez de buscar la manera de
defenestrar sus dichos, buscando lo que Juan Pablo ll llamó la “semilla de verdad” que habita en cualquier perspectiva ideológica que circule por el mundo.
Es así que hemos logrado estar “juntos aunque no estemos de acuerdo” y, digámoslo, hemos logrado querernos más allá de que, a la hora de los votos o las ideologías, las cosas sean aparentemente muy distintas y hasta antagónicas.
Mi opinión es que la beligerancia ocurre cuando ninguneamos el existir del otro y, en tal sentido, defenestramos su decir. El formato de los talleres nos cuida, lo que permite que, sin miedo, desmenucemos los sentimientos que habitan tras los dichos, y nos encarguemos de, en cada taller, generar salud vecinal. No se trata de arreglar el Mundo, no se trata de generar un mapa del Universo, no se trata de tomar el Poder. Se trata de habitar una hora y media con vecinos, tripulantes de un mismo barco, espejo de una parte de lo que somos, compañeros de ruta y, por esa causa, merecedores de nuestra curiosidad. Sin miedo, protegidos por el “modo taller” que nos “obliga” a fraternizar, podemos ahondar en significados y olvidarnos de esa pesadilla que es el tener que “ganar” en pulseadas dialécticas que nos desangran y desgastan.
Así las cosas, la política se honra en una escala no competitiva y no polemizadora. Se honra sí en el contexto de las personas, las que, se sabe, son más importantes que las ideas, sobre todo, aquellas ideas pre diseñadas.
Como siempre decimos, la Verdad es grande, muy grande. Lo es a tal punto que es imposible que uno solo la abarque toda. Por eso, ponemos a la mesa del taller la parte que sí podemos percibir, y la compartimos con la parte que los otros ponen también desde su lugar. Así, armamos el rompecabezas, siendo que cada pieza es amiga de la otra, y no su competidora.
A veces cuesta, sobre todo, cuando no podemos creer que el otro piense lo que piensa, o cuando ese mismo compañero que minutos antes veíamos con afecto, dice cosas que encontramos aniquilantes o escandalosas, y nos dejamos tentar por el juego de las refutaciones seriales, que van escalando hasta que, de repente, vemos que estamos vacíos, enojados, con ganas de pelear para erradicar aquello que creemos nos produce tamaño enojo.
Ahí viene el “juntos aunque no estemos de acuerdo”, ahí aparece la ética vecinal de nuestro programa, ahí aparece el elemento anímico que nos rescata, el parar para respirar, lograr nueva perspectiva, y…convivir, aprendiendo lo más posible, en un marco en el que el objetivo no es ganar, sino compartir.
Y funciona…, y es lindo, y nos permite atravesar, con mucho menos desgaste y desazón que otras maneras más beligerantes de intercambio, los tiempos de intensidad política que, como éste que hoy nos toca a días del Ballotage, forman parte del Barrio, y nos permiten crecer, habitando con gozo nuestro “cachito de Utopía” de cada día, sin temerle a nada, porque estamos juntos.
Miguel Espeche
Coordinador General
domingo, 6 de septiembre de 2015
Carlos Campelo, ese solidario y transgresor
Tu solidaridad te permitió esbozar tu sueño, porque sólo
desde la solidaridad se puede pensar en
crear un programa como el PSMB.
Y tu capacidad
transgresora ayudó a que este sueño se transformara en realidad.
Cuando rescatamos la solidaridad de Carlos Campelo
estamos lejos de hablar de esa
solidaridad mimetizada con el asistencialismo, que con una mano da y con la
otra desvaloriza.
La solidaridad campeliana es la contribución diaria a la
potencia de los otros, a la integración, a la unión de las fuerza de los
vecinos a través de los talleres que integran el PSMB.
La solidaridad
campeliana es una solidaridad selectiva…..si no hay con qué hacerse cargo, sino hay deseos de
hacerse cargo….si no hay compromiso, no hay solidaridad.
Él era un transgresor, sí transgresor del aplastado orden burocrático, transgresor de
las costumbres que limitan y paralizan… y al mismo tiempo un gran respetuoso de
la ley, de las instituciones y del orden .
La trasgresión de Carlos Campelo era una trasgresión creativa, era de formas, como lo
expresa la frase clásica de nuestro programa….
El que busca la vida encuentra la forma
El que busca la forma encuentra la muerte…
Y había que ser transgresor para que desde un hospital se
generaran redes comunitarias entre vecinos, para que desde un simple cargo de
psicólogo de planta, como el que él
tenía, del Servicio de Psicopatología y Salud Mental del Hospital Pirovano se desplegara la solidaridad, día a día, construyendo lazos
en los bares y espacios que están en el barrio.
Carlos Campelo hizo realidad las palabras de Martin
Luther King, Premio Nobel de La Paz de1964:
Soñar
que tendré la fuerza,
la voluntad
y el coraje
para ayudar
a concretar mis sueños
en lugar de pedir por milagros
que no merecería.
que tendré la fuerza,
la voluntad
y el coraje
para ayudar
a concretar mis sueños
en lugar de pedir por milagros
que no merecería.
Soñar
que cuando llegue al final
podré decir
que viví soñando
que cuando llegue al final
podré decir
que viví soñando
y
que mi vida
fue un sueño soñado
en una larga
y plácida noche
de la eternidad
fue un sueño soñado
en una larga
y plácida noche
de la eternidad
Gracias al sueño de Carlos nosotros aprendimos que el
tiempo vale, que nuestra vida está viva y que solo nos queda lo que damos…..
Te entrañamos Carlos.
Coordinadora Elsa Rubbo
Carlos Campelo, sencillo homenaje.
Difícil escribir sobre el Maestro. Se me vienen tantos recuerdos. Se me vienen veinte y tantos años de sensaciones...
Llegué al Programa casi recién salidita del horno de la Facultad de Psicología y habiendo terminado un Curso donde el último día un compañero me cuenta sobre un tal Carlos Campelo que hacía grupos. Al viernes siguiente a las 17.30 hs llegué a la reunión que se hacía en el Primer piso de la "antigua " área de Salud Mental, ahora la nueva Guardia del Hospital. Participé en silencio, escuchando, observando, un poco asustada debo decir. No entendía nada. Al finalizar llegó el gran momento, me sorprendió un " por favor nos podría decir un comentario sobre la reunión" o algo así. Chan...No recuerdo qué contesté exactamente pero seguramente alguna "humilde interpretación" tirada de los pelos, a lo que Carlos respondió "Gracias, la esperamos el viernes próximo". Y me hizo un lugar. Yo ya tenía un lugar en la reunión. Y lo tomé, y volví, y sigo volviendo.
Él quiso, yo también.
Campelo tenía esa generosidad de hacerte lugar en su mesa. Un lugar, nada más ni nada menos! No cualquiera, uno con tu nombre y apellido en cada una de tus acciones. No fue fácil. En un principio lo sentí raro, ajeno, medio frío, hasta que se empezó a calentar porque lo fui queriendo, porque fui entendiendo que no era solo un espacio sino que se trataba de ir construyendo un nosotros. Fui descubriendo que más allá de mi nariz había otro (otros) con el que compartir, miradas, sensaciones, emociones, y que la salud estaba ahí. Recuerdo una vez que llegué a la reunión abrumada en silencio por una discusión que había tenido. Me senté y (como suele pasarme habitualmente) comencé a sentir que lo que se decía tenía tanto que ver con lo que me estaba pasando que me puse a llorar tratando de que no se note. Pero Campelo me vio me propuso contar lo que me pasaba. No quise. Respetó mi decisión y agregó que era un acto de generosidad compartir mis lágrimas. De la vergüenza pasé al alivio. Eso era salud.
Al Maestro lo vi amoroso como en este último gesto, enojado volcando su furia en algún compañero que desafiaba su autoridad (¡y agárrate!), asaltado por un llanto que me permitió ponerle la mano en su brazo sintetizando mi abrazo, y disfrutando como un niño el día que con Fernando Lamas y María Rosa Valle, dos compañeros, vestidos de payasos, haciendo payasadas, le festejamos su cumpleaños en el hall de ginecología del Hospital.
Sí, muchas facetas de un hombre con una sola esencia el amor por el ser humano.
Él me hizo lugar, yo le hice uno en mi corazón y allí vive.
Llegué al Programa casi recién salidita del horno de la Facultad de Psicología y habiendo terminado un Curso donde el último día un compañero me cuenta sobre un tal Carlos Campelo que hacía grupos. Al viernes siguiente a las 17.30 hs llegué a la reunión que se hacía en el Primer piso de la "antigua " área de Salud Mental, ahora la nueva Guardia del Hospital. Participé en silencio, escuchando, observando, un poco asustada debo decir. No entendía nada. Al finalizar llegó el gran momento, me sorprendió un " por favor nos podría decir un comentario sobre la reunión" o algo así. Chan...No recuerdo qué contesté exactamente pero seguramente alguna "humilde interpretación" tirada de los pelos, a lo que Carlos respondió "Gracias, la esperamos el viernes próximo". Y me hizo un lugar. Yo ya tenía un lugar en la reunión. Y lo tomé, y volví, y sigo volviendo.
Él quiso, yo también.
Campelo tenía esa generosidad de hacerte lugar en su mesa. Un lugar, nada más ni nada menos! No cualquiera, uno con tu nombre y apellido en cada una de tus acciones. No fue fácil. En un principio lo sentí raro, ajeno, medio frío, hasta que se empezó a calentar porque lo fui queriendo, porque fui entendiendo que no era solo un espacio sino que se trataba de ir construyendo un nosotros. Fui descubriendo que más allá de mi nariz había otro (otros) con el que compartir, miradas, sensaciones, emociones, y que la salud estaba ahí. Recuerdo una vez que llegué a la reunión abrumada en silencio por una discusión que había tenido. Me senté y (como suele pasarme habitualmente) comencé a sentir que lo que se decía tenía tanto que ver con lo que me estaba pasando que me puse a llorar tratando de que no se note. Pero Campelo me vio me propuso contar lo que me pasaba. No quise. Respetó mi decisión y agregó que era un acto de generosidad compartir mis lágrimas. De la vergüenza pasé al alivio. Eso era salud.
Al Maestro lo vi amoroso como en este último gesto, enojado volcando su furia en algún compañero que desafiaba su autoridad (¡y agárrate!), asaltado por un llanto que me permitió ponerle la mano en su brazo sintetizando mi abrazo, y disfrutando como un niño el día que con Fernando Lamas y María Rosa Valle, dos compañeros, vestidos de payasos, haciendo payasadas, le festejamos su cumpleaños en el hall de ginecología del Hospital.
Sí, muchas facetas de un hombre con una sola esencia el amor por el ser humano.
Él me hizo lugar, yo le hice uno en mi corazón y allí vive.
Coordinadora Mónica Fortuna
Taller de las Fotos
El que aspira a ser fotógrafo no debería subestimar jamás a fotógrafos con más corazón que plata.
La fotografía se hace con amor, pasión sentimiento, no con soberbia. Así lo creemos aquellos que hacemos el Taller de las Fotos.
La fotografía es mucho más que un pasatiempo o una profesión, es un medio para comunicarnos con los demás, para expresar que pensamos, que sentimos, que vimos reflejado en una persona que nos molestó o que nos alegró…
Poder reunir todo esto en una imagen no es fácil, no se logra comprando una buena cámara ni un gran teleobjetivo, se logra desarrollando nuestra sensibilidad y aprendiendo como volcarla en una imagen.
En el Taller de las Fotos nos reunimos los miércoles a las 17:30 hs en el Bar Palacio, Museo Fotográfico Simik, Av. F. Lacroze 3901 y Fraga, para compartir como transmitir lo que nos pasa a través de una foto.
La fotografía se hace con amor, pasión sentimiento, no con soberbia. Así lo creemos aquellos que hacemos el Taller de las Fotos.
La fotografía es mucho más que un pasatiempo o una profesión, es un medio para comunicarnos con los demás, para expresar que pensamos, que sentimos, que vimos reflejado en una persona que nos molestó o que nos alegró…
Poder reunir todo esto en una imagen no es fácil, no se logra comprando una buena cámara ni un gran teleobjetivo, se logra desarrollando nuestra sensibilidad y aprendiendo como volcarla en una imagen.
En el Taller de las Fotos nos reunimos los miércoles a las 17:30 hs en el Bar Palacio, Museo Fotográfico Simik, Av. F. Lacroze 3901 y Fraga, para compartir como transmitir lo que nos pasa a través de una foto.
Miguel Vella, Animador
YO DESEO LA LUNA
Hace un par de semanas el Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano me distinguió obsequiándome el libro TALLERES DEL PIROVANO de su fundador el Dr. Carlos Campelo. Quiero compartir aquí, algunos sentires que me surgen de su lectura atravesada por mi experiencia como Coordinador del Programa de Salud Mental Barrial de los talleres CARPINTERIA DE SUEÑOS: RECUPERANDO ANHELOS, ANHELOS Y DESEOS y 13 LUNAS.
Ya hace más de dos años que coordino mi taller “Carpintería de Sueños. Recuperando anhelos, esperanzas y deseos”, donde trabajamos los deseos. Y 8 Lunas que nos reunimos en el taller “13 LUNAS” a contemplar y compartir la salida de la Luna Llena sobre el Río de la Plata.
Y no puedo dejar de sorprenderme cuando percibo que aún hoy, hay participantes que todavía creen que hay algo mágico en saber cuándo, con precisión al minuto, y por dónde va a salir la Luna Llena.
Desde muy antiguo magos, sacerdotes, chamanes y astrólogos reconocieron patrones cíclicos en los cielos pasados. Con nuestra mayoría de edad como humanidad esto se convirtió en Ciencia y se formularon leyes universales que permitieron predicciones futuras verificables. Con este pasado y este futuro, la Luna siguió siendo objeto de nuestros sentires y deseos. Alzando nuestra mirada a los cielos desarrollamos una doble perspectiva al reconocer que somos parte de ese Cosmos que contemplamos. El Cosmos participa en nosotros y nosotros participamos en él.
Los aparatos del pensar, dice Campelo, han instalado en nuestra mente que el pasado condiciona y hasta determina los acontecimientos del presente. Así como la historia nos entrenó a pensar el pasado como condición y límite, es también posible creer que el futuro es factor, potencia, posibilidad o camino. No hay futuro pero nos comportamos como sí lo hubiera, como si existiera.
Existen futuros que llegan implacablemente, como la salida de la Luna Llena, aunque algunos todavía lo duden. Y futuros activamente convocados y créanme que este no es el caso de este coordinador con el momento preciso de la salida de la Lunas Llenas pero si en la realización del taller. Hay futuros como predestinación inerte y futuros como manifestación de la capacidad creativa de sus dueños. Pero todavía muchos no se han dado cuenta y transitan impensadamente estas dos perspectivas cósmicas.
De allí derivan cadenas de actos y significados que adquieren y dan sentido. Pasado y futuro, junto con los deseos, son fuentes de sentido. Para aquellos inclinados por el pasado la libertad humana será acotada y restringida. Para aquellos inclinados hacia el futuro, todo es posible, basta con desearlo. El antes será pues, la zona en que extendemos nuestras raíces, el después, el lugar hacia a donde crecen nuestras ramas, hacia a donde apuntan nuestras alas al decir de Campelo.
Desear nos remite al querer y al creer. Se cree en el ser siendo. Y se cree en el ser posible. Al creer, construyo la posibilidad de realización de ese ser que todavía no soy, de ese ser futuro. Lo deseado no es del orden del mero ser, pero tampoco del no ser. Lo que deseo están en el orden de lo que todavía no es pero que será. Y lo que será, será en parte lo que deseo. Y más será cuanto más lo deseo, cuanto más atento esté yo a mi propio deseo, más me lo afirme, más lo reconozca, más lo funde, más lo legitime, más lo haga acto.
Cuando ese creer acciona en el sujeto, eso es la esperanza. Cuando ese creer acciona en el otro, en los otros o en acontecimientos, eso es espera. La esperanza tiene más posibilidades de realización que la espera además de los beneficios derivados del esfuerzo orientado a lo que se desea. Un mundo de actos que instalan nuestro deseo en el proceso de constitución de lo real.
El entorno dentro del cual vivimos es, parcialmente, el resultado de nuestras decisiones y preferencias. La única manera de dar sentido a nuestras vidas empieza por definir un límite posible a nuestra experiencia donde nuestro propio deseo acciona. El deseo es un plus del sujeto. Nos moviliza y nos amplía. Nos afirma. Así crezco, multiplicando el mundo con la capacidad de acción prospectiva organizada sobre mi deseo. Sostenido por nuestro deseo va la posibilidad de sentido.
Yo deseo un mundo con sentido.
Yo deseo la Luna.
Jorge Crom
Coordinador de los talleres 13 LUNAS y CARPINTERIA DE SUEÑOS
Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano.
PD: Si querés ser ayudante de alguno de estos talleres asistí a ellos (Ver horarios y lugares en el boletín del Programa).
Ya hace más de dos años que coordino mi taller “Carpintería de Sueños. Recuperando anhelos, esperanzas y deseos”, donde trabajamos los deseos. Y 8 Lunas que nos reunimos en el taller “13 LUNAS” a contemplar y compartir la salida de la Luna Llena sobre el Río de la Plata.
Y no puedo dejar de sorprenderme cuando percibo que aún hoy, hay participantes que todavía creen que hay algo mágico en saber cuándo, con precisión al minuto, y por dónde va a salir la Luna Llena.
Desde muy antiguo magos, sacerdotes, chamanes y astrólogos reconocieron patrones cíclicos en los cielos pasados. Con nuestra mayoría de edad como humanidad esto se convirtió en Ciencia y se formularon leyes universales que permitieron predicciones futuras verificables. Con este pasado y este futuro, la Luna siguió siendo objeto de nuestros sentires y deseos. Alzando nuestra mirada a los cielos desarrollamos una doble perspectiva al reconocer que somos parte de ese Cosmos que contemplamos. El Cosmos participa en nosotros y nosotros participamos en él.
Los aparatos del pensar, dice Campelo, han instalado en nuestra mente que el pasado condiciona y hasta determina los acontecimientos del presente. Así como la historia nos entrenó a pensar el pasado como condición y límite, es también posible creer que el futuro es factor, potencia, posibilidad o camino. No hay futuro pero nos comportamos como sí lo hubiera, como si existiera.
Existen futuros que llegan implacablemente, como la salida de la Luna Llena, aunque algunos todavía lo duden. Y futuros activamente convocados y créanme que este no es el caso de este coordinador con el momento preciso de la salida de la Lunas Llenas pero si en la realización del taller. Hay futuros como predestinación inerte y futuros como manifestación de la capacidad creativa de sus dueños. Pero todavía muchos no se han dado cuenta y transitan impensadamente estas dos perspectivas cósmicas.
De allí derivan cadenas de actos y significados que adquieren y dan sentido. Pasado y futuro, junto con los deseos, son fuentes de sentido. Para aquellos inclinados por el pasado la libertad humana será acotada y restringida. Para aquellos inclinados hacia el futuro, todo es posible, basta con desearlo. El antes será pues, la zona en que extendemos nuestras raíces, el después, el lugar hacia a donde crecen nuestras ramas, hacia a donde apuntan nuestras alas al decir de Campelo.
Desear nos remite al querer y al creer. Se cree en el ser siendo. Y se cree en el ser posible. Al creer, construyo la posibilidad de realización de ese ser que todavía no soy, de ese ser futuro. Lo deseado no es del orden del mero ser, pero tampoco del no ser. Lo que deseo están en el orden de lo que todavía no es pero que será. Y lo que será, será en parte lo que deseo. Y más será cuanto más lo deseo, cuanto más atento esté yo a mi propio deseo, más me lo afirme, más lo reconozca, más lo funde, más lo legitime, más lo haga acto.
Cuando ese creer acciona en el sujeto, eso es la esperanza. Cuando ese creer acciona en el otro, en los otros o en acontecimientos, eso es espera. La esperanza tiene más posibilidades de realización que la espera además de los beneficios derivados del esfuerzo orientado a lo que se desea. Un mundo de actos que instalan nuestro deseo en el proceso de constitución de lo real.
El entorno dentro del cual vivimos es, parcialmente, el resultado de nuestras decisiones y preferencias. La única manera de dar sentido a nuestras vidas empieza por definir un límite posible a nuestra experiencia donde nuestro propio deseo acciona. El deseo es un plus del sujeto. Nos moviliza y nos amplía. Nos afirma. Así crezco, multiplicando el mundo con la capacidad de acción prospectiva organizada sobre mi deseo. Sostenido por nuestro deseo va la posibilidad de sentido.
Yo deseo un mundo con sentido.
Yo deseo la Luna.
Jorge Crom
Coordinador de los talleres 13 LUNAS y CARPINTERIA DE SUEÑOS
Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano.
PD: Si querés ser ayudante de alguno de estos talleres asistí a ellos (Ver horarios y lugares en el boletín del Programa).
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